Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

Para lo mismo responder mañana

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Publicado en Levante de Castelló el 6 de marzo de 2013

La fe nunca movió montañas sino ejércitos. Las montañas se han mantenido impertérritas, a lo suyo, atrayendo nieves, bosques, pirómanos y estaciones de esquí, sobreviviendo a la manía humana de cambiarlo todo de lugar. Para resarcirse de esa impotencia orográfica, al hombre, supuestamente al hombre civilizado, le dio por organizar ejércitos con un mosaico de finalidades entre las que se encontraba, en un lugar no demasiado preeminente, la de adoctrinar al infiel, dando matarile en el empeño a quien se interpusiera. Por Dios, por la patria, por el Rey murieron nuestros padres, decía la copla, pero Dios estaba el primero de la terna.

En nombre del Cristianismo, de hacer prevalecer una confesión sobre otra, se libraron algunas de las carnicerías más cruentas de la Historia, apelando para ocasionar tanta muerte a la voluntad de Dios y a sus acólitos, un Dios que no ha dado ni una sola muestra consistente de que existe más allá de la consciencia humana.

La circunstancia de que Apolo, Hermes, Zoroastro, Amón, Ra, Zeus, Marduk y otros centenares de dioses que un día fueron alguien en el escalafón de las divinidades, desaparecieran del culto para pasar a ocupar un espacio, breve, en los tratados de Historia y de Mitología, me lleva a cuestionarme el porqué debo creer ahora en el Dios de los cristianos, el mismo que adora a diario el ministro de Interior español, opusiano confeso, sin demasiadas estrecheces económicas, convertido al cristianismo más ultraortodoxo tras un viaje a La Vegas, a las de USA, Jorge Fernández Díaz. ¿Por qué debo anteponer ese dios de Jorge a Apolo si un día fue la divinidad más poderosa de las urbis y del orbe? Sólo acudiendo a la palabra moda obtengo una respuesta convincente.

Una de las múltiples paradojas de este militarismo religioso la constituyó el hecho de que los Estados Pontificios dispusieron de ejércitos prestigiosos en número y dotación y que tuvieron a muchos Papas como capitanes generales belicosos para con aquellos que se interponían entre el cielo y su esplendor. Papas como el que vendrá, Papas que debieron ser pacifistas por su condición de representantes de Jesucristo en la Tierra y que se mostraron tan crueles como un ballenero.

El Papa, ese líder vacante ahora, tan comprensivo por naturaleza, por infalibilidad, que no ha sido capaz de permitir el uso del condón para que los africanos, negros todos ellos en contraposición al albinismo de su túnica, no murieran de SIDA. Ese mismo Papa en ciernes al que una RTVE que apesta a incienso desde los desayunos hasta el cierre, se ocupa de poner de manifiesto su condición de semidios, detrayendo, ya puestos, minutos informativos a los muchos dramas que ha guionizado la crisis nuestra de cada día, mucho más arraigada ya que el pan en nuestra cotidianidad.

Quizá una de las tareas del nuevo Papa debiera consistir en promulgar una versión del Padrenuestro para aquellos países cuya crisis está gestionada por próceres cristianos que aborrecen a los homosexuales y temen por la continuidad de la especie.

En un primer brainstorming me ha salido un primer borrador que le adjuntaré al nuevo Pontifex Maximus para que la considere y la traduzca a las lenguas de los PIIGS.

Crisis nuestra que estás en los suelos

santificados sean los sobres

venga a nosotros el miedo

de que se haga la voluntad

de quien gobierna desde sus cielos.

Quitadnos hoy

vuestro pan de cada día…

 Pero lo que realmente motiva a un buen gobernante conservador, hijo de militar franquista, como Jorge, es reprimir, coartar, atenazar, ejercer de mastín de los Pirineos y devolver al personal al cercado del que nunca debió salir, porque las libertades cuando más valladas menos deseadas. Y más valoradas cuando el dirigente abre su mano para dejar salir a la grey a pastar en fingida libertad durante quince minutos.

Igualar al diferente ha constituido uno de los mantras más recurrentes y orgásmicos al que se han abrazado por igual Luis XIV, el general Mola, Fidel Castro, Cristóbal Colón y un Mariano Rajoy que seleccionó a media docena de sus ministros del equipo del Opus Dei para dulcificar a tanto rojo que había señoreado a sus anchas durante siete años, uno de ellos el encargado de salvaguardar el orden callejero, nuestro Jorge hoy protagonista.

Ya se le vio el pelaje al pucelano en la primavera valenciana, cuando justificó los porrazos de los madelmans policías a los estudiantes. Como la revueltilla debió pillar en misa, o rezando el rosario, que este santón supedita su agenda, al parecer, a sus practicas de buen católico, se debió limitar a consignarle al jefe de los lecheros de Valencia que a Dios rogando y con la porra dando, que el refranero es más español que Santa Teresa y las hostias purifican.

Pero a Jorge le debió parecer poca Inquisición lo de reprimir duro y tras un ejercicio de contención acabó por estallar en Roma hará tres días y, sin que viniera a catecismo, arremetió contra la figura legal del matrimonio homosexual aduciendo que no debería gozar de una protección de los poderes públicos similar al natural por, no garantizar, entre otros malajes que debió callar, la perpetuidad de la especie.

Pero tampoco la garantiza el celibato y eso lo calló, como calló sobre la abrumadora proliferación de curas y obispos pederastas, como calló que cualquier intento de anulación de los aspectos primordiales del individualismo humano, uno de ellos la sexualidad, produce monstruos de peor reputación que los que le provocaban a Goya, a Dalí y a Ripollés el sueño de sus respectivas razones.

Sólo que esta vez, dogos de su mismo partido, seguro cansados de cabecear hacia el sí ante cualquier barbaridad firmada por alguno de los suyos, le han saltado al crucifijo de Jorge para imprecarle por su mala pirueta verbal, para aconsejarle que deje la fe para sus misas y que gobierne con la Constitución y bajo el amparo del Constitucional y no asperjando con agua bendita los reales decretos.

Que no, que no nos representa, se han apresurado a corear voces de su mismo orfeón político en un primer resquebrajamiento público de un corporativismo ideológico que convierte a todo el PP en semejante a los ojos de Dios y las encuestas.

El 20N del 2011 dio comienzo la IV Inquisición, la Inquisición de los progres, como la califican algunos. La sutileza de sus métodos ha derribado en menos de un año los principios de igualdad educativa, sanitaria, social y laboral. La igualdad para los ñúes, pero no para las personas, podría ser el eslogan.

Un presidente que seleccionó a media docena de sus ministros procedentes del equipo del Opus Dei, una secta ultracatólica que defiende, bajo el tótem del creacionismo, que la Tierra tiene 10.000 años de antigüedad, no difiere en demasía de Tomás de Torquemada, sólo que Rajoy se ha inclinado, en lugar de la horca o el garrote, por ejecutar lentamente, de hambre, de inanición o de desánimo a los débiles (o instigándolos al suicidio) para que sólo sobrevivan los fuertes, estudien en universidades privadas y continúen la estirpe de los nacidos para reprimir.

Cuando algún periodista viscoso de La Sexta le quiso clarificar que eso era precisamente lo contrario al creacionismo, es decir, evolucionismo, Rajoy se encogió de hombros, alegó no saber nada de corrientes científicas ni tampoco de ciencia, y se ratificó en que Constantina seguía siendo un pueblo de Cádiz, como ya dijera en uno de los debates televisivos, cuando dejó de entender su propia letra.

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2 pensamientos en “Para lo mismo responder mañana

  1. Brillante… sobre esos infiernos humanos qué vibran de hipocresías. Gracias.

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