Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo


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LA ELECCIÓN DEL DESTINO

Cualquier observador neutral al que le hubiese descrito las características de mi destino vacacional lo hubiera envidiado sin disimulo. Lo obtuve de modo inesperado, por sorteo, uno de esos en los que una no participaba expresamente y cuyo premio me fue comunicado por cauces oficiales merecedores de crédito.

La habitación se orienta en lo visual a una sierra prelitoral que, aunque familiar para mis retinas, ofrece desde mi actual perspectiva un skyline desconocido. Principia agosto, y aunque la primavera se delató lluviosa, favorecedora para la profusión de la vegetación, el verdor de las laderas pierde clorofila a amaneceres vista.

Pese al calor exterior, en este hábitat selecto la temperatura se revela óptima. La comida, en contra de lo que preví al no haber escogido personalmente el destino, si no exquisita, sí convincente al paladar.

La compañía inmejorable porque mi novio accedió a acompañarme en el disfrute de mi recompensa todos y cada uno de los días. Las camas saludables para la espalda; el servicio de habitaciones más que profesional; la limpieza escrupulosa.

Sin embargo, a pesar del despliegue de cordialidad generalizada para que mi estancia resulte inolvidable, se me presentan episodios de insatisfacción desasosegantes que pugnan por derivar a lágrimas, pero que procuro contener en lo íntimo para no exteriorizarme desagradecida con quienes se esfuerzan para que este agosto se eleve como el más particular de mis treinta y uno anteriores.

No obstante, si algún día evidencio cualquier síntoma de fastidio, si pese a la conjunción de comodidades me produzco huraña, incluso con mi acompañante sentimental, nadie, ni siquiera él, me lo recrimina. También la paciencia ajena parece estar integrada en el premio.

Ayuda a la tolerancia colectiva el que me saben aquejada de un cáncer con pronóstico incierto con el que he sido agraciada sin haber comprado boletos bañados de ginebra, nicotina, grasas saturadas, carajillos de ron, cocaína o alguna sustancia incluso más agresiva para organismos con apenas tres décadas de antigüedad sobre la tierra.

Mis visitantes hospitalarios se quejan de que afuera, agosto se produce con la musculatura sudorosa de todos los años.  Jugueteo con ellos y les propongo cambiar el rol, su percepción epidérmica del bochorno por mi malformación celular; la mayoría enmudece.

Al menos, no sudo.


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EL SUEÑO DE LOS CIEN

Calle cuatro. Donde medran los favoritos.

Busco el acoplamiento posicional idóneo en los tacos de salida.

Nada perturba mi concentración. Nada enturbia mi nirvana de tartán. No siento presión alguna; solos mi ergonomía, yo y mis aspiraciones. Las corvas anguladas con precisión eyectora, las yemas sitas en los lindes de la descalificación, las rodillas expectantes, los hombros tensos, como pianos acabados de afinar, las plantas de los pies como ventosas.

Fijo mi mirada de bisonte inminente cien metros más allá, justo cuando finaliza la estrechez atmosférica de un pasillo imaginario al que solo delimitan las dos líneas horizontales de las calles adyacentes, blancas, muros aislantes de los velocistas de magnitud cinco en la escala de los cuádriceps.  Ellas son mis únicos límites en estos Juegos confusos de Tokio. Simetría a disposición de los suelos y los sueños.

Un silencio oriental, muy propio de mi país, respeta mi liturgia para la consumación de ese delirio olímpico que desde siempre significaron los cien metros lisos en el podio de mis utopías.

–Vamos, Daichi…

Daichi soy yo y la voz exhortativa asoma de la laringe de Naoki, jefe de la brigada de limpieza de la pista de atletismo, que resuena con eufonía en la recta de los cien. El estadio se ofrece vacío recién debutado el sol. Abandono mi posición de velocista frustrado por el sobrepeso y me incorporo con dificultad acompañado de una banda sonora de meniscos crepitantes de cuarenta y nueve años de antigüedad y retomo la aspiradora que descansa en la calle cinco con el objetivo de absorber cualquier impureza de la pista para que lo liso tienda a lo impoluto.

Tenemos que apresurarnos, las clasificatorias comienzan a las diez.


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MALDITA INTERSECCIÓN

MALDITA INTERSECCIÓN

El sotobosque va absorbiendo mis excedentes acuosos y salinos en forma de un sudor que tributará al Mediterráneo. Asciendo, a pasos quedos, como queda es la brisa que me pacifica la epidermis de nitrógeno mayoritario.

Asciendo en solitario, debería precisar que en soledad.

El terreno se vuelve oblicuo, casi escaleno en las proximidades de la cima. Una mar sibilante y conífera reboza de clorofila mis oídos, verdes de tímpanos hacia adentro.

Asciendo más, olímpicamente; más alto, más callado, más sobrio.

El horizonte gana en claridad en la medida que los árboles ralean. Jadea mi organismo, desacostumbrado a la malaria del sobreesfuerzo. Nadie, ni excursionistas, ni extraterrestres, ni dioses; viajo solo, desacompañado de progreso, paleolítico, solo agua y sudor por toda cohorte nutritiva. Mi acuífero de pureza espiritual se va recargando en proporción inversa al vacío demográfico del interior montañoso de Teruel.

Diez metros, seis, dos. Cumbre del Tamborero, 1766 m, un pico anónimo alejado de rutas de navegación senderistas, un éxtasis de naturaleza tan muerta como viva.

Pip, piip, piiip, piiiip y pip.

El sonido de un claxon festivalero se sincroniza con mi llegada pedestre. Y mi virginidad en cimas de segundo anonimato se enturbia primero y se asombra después al comprobar que por otra de las vertientes del montañón trepa una pista forestal apta para el consumo de coches sin siquiera ruedas musculadas.

Ni siquiera saludo cuando ellos lo intentan. Rezo una ecuación, compongo un soliloquio insonoro con los residuos de un soneto de rima roma, admiro la ternura noble del argón atmosférico y estrangulo imaginariamente, con unas garras crecidas de lo súbito, uno por uno, a aquellos homicidas de las catarsis en flor.

No tan imaginariamente…

Saturado de desolación medioambiental, desciendo sin entretenerme de más, pero ya sin mí; solo viaja la carcasa; ese al que tendía durante la subida ha quedado varado en la cima salobre en forma de estatua.

Ni siquiera me flanquean las mariposas.


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OTRA RESURRECCIÓN

Había comenzado a toser. Sin embargo, y pese a que percibía que su temperatura corporal no era la acostumbrada, completó su ritual matutino y se dispuso a salvar a lomos de su infatigable Passat, con más de medio millón de kilómetros en su histórico de revoluciones, los cincuenta y siete kilómetros que separaban su apartamento frente al mar, de su farmacia a mil cien metros de altitud sobre él; en un pueblo con más genealogía que padrón, diseminados sus hábitats para más inri, y que pese a la creatividad de sus munícipes para fijar demografía no pasaban de quinientos y menguando.

La alternativa a dejarse condicionar por aquellos síntomas que bien pudieran obedecer a un resfriado común, de los atávicos, erradicados también por el cobicho del imaginario presente de enfermedades, pasaba por cerrar la farmacia y dejar sin el oxígeno de la química dosificada a una población envejecida que necesitaba de lo farmacológico para extremar lo supervivencial. Y no, no iba a apostar por una primera pusilanimidad disuasoria para emborronar una hoja de servicios de veintidós años de atención ininterrumpida, incluso a domicilio, incluso en vértices remotos de un término municipal sin boutiques ni almirantes.

Marzo había demostrado escasa empatía con la piel y a esas altitudes se había hecho acompañar de la nieve cinco días. Incluso Santi, avezado a las estadísticas climáticas, había perdido la cuenta de los de lluvia; el viento una constante en los árboles cercanos. Aquellos comienzos de abril tampoco habían obsequiado con un solo día de delicadeza epidérmica. Quizá fuera eso, una suma de intemperies incompatibles con el bienestar lo que maltraía sus entresijos con alguna tiritona esporádica.

Pese a no haber computado caso alguno de neopeste en el pueblo, el tráfico de usuarios de la botica se había incrementado sin otro motivo que el de la propia sobreprotección inconsciente, y esa añadidura de afluencia le hizo extremar las medidas de distanciamiento, por un bien biunívoco.

Pero esta mañana de flemas sobrevenidas, apenas abierto, antes de la llegada del primer cliente y aun a riesgo de que el vecindario propagara su súbito avinagramiento de carácter, habilitó una urna doméstica en el zaguán para que los vecinos dejasen receta y tarjeta en su interior y se hicieran a un lado.

Pese a que lo silenciaban, los usuarios interiorizaban que no era necesario tanto ceremonial, que el pueblo estaba limpio. A quienes tuvieron la confianza de trasladárselo, Santi les mintió justificándose en que cumplía órdenes de su Colegio, mientras aceleraba la transacción para que le diera tiempo a toser en el baño a salvo de pulmones netos y oídos chismosos.

A la degradación emocional del confinamiento tenía que añadir el malestar fisiológico y la incertidumbre sobre su condición o no de infectado. Si proseguía su pequeña hecatombe patológica se vería obligado a exteriorizar, coincidentemente ante ese Colegio, su situación clínica y requerir la sentencia probatoria del test.

Solo aspiraba a permanecer anónimo; no precisaba de aplausos ni de reconocimientos populares, no necesitaba catalogación de heroicidad alguna, ni siquiera menor, porque solo cumplía con su determinismo laboral de atender a quienes financiaban todo el año su consumo de queso curado y su jamón de bellota, placeres gastronómicos que unidos a la lectura y a compartir cervezas con los afines, constituían su podio lúdico.

–Esta tarde no regresaré a casa –comunicó a su mujer.

Y le abundó que no solo le había debutado la tos y entrometido un (no tan) leve malestar, sino que se habían acentuado ambos en el transcurso de la mañana. Y que debía preservar a la unidad familiar de potenciales contagios si el nanointruso había anidado en él; que aguardaría dos, tres días agazapado en el zulo para cambiar de pantalla diagnóstica si síntomas persistían o si era algo común, si pudiera ser el resfriado de todos los años.

–Tomaré algo para tratar revertirlo, lo tengo a mano.

Y dejó escuchar una medio carcajada que no sonó lo desparasitadora que pretendía a oídos de Marta.

Se atrincheró en su pequeño refugio de las guardias, pertrechado de Netflix y de la última y voluminosa de romanos de Santiago Posteguillo. Y con el vehículo oculto en la cochera, ningún vecino adivinó que su boticario no había descendido a su costa de cada día sin que mediara retén.

Poca conversación, algún escalofrío disimulado, pero soportando en vertical el horario de atención. No parecía el mismo a ojos de los que sabían de su afabilidad.

Amanecía el domingo de Pascua. Husmeó por entre el postigo para no delatar su presencia y apreció que el ramaje de las acacias de la acera contraria guardaba una casi olvidada inmovilidad. Y pese a que el suelo presentaba trazas de llovizna nocturna, una timidez azul pugnaba por colonizar lo de arriba. Comprobó que su sudario estaba empapado de sudor, que la tos había rolado a cascajosa, que sus articulaciones no demandaban sustitución y que lo turbio había casi desaparecido de su organismo y concluyó que no podía ser el maldito si mejoraba tan abrupto.

Pese a su descreimiento en supersticiones religiosas, evocó la figura de Jesús y entendió la fe del ejército de fieles que no celebraría esta edición de la Pascua más allá de lo interior.

–Volveré mañana. Yo también he resucitado a mi manera.

Y Marta, destinataria telefónica de aquel optimismo y que sí militaba en el escuadrón de los fervorosos, calló que rezaría alguna improvisación agradecida a su Mesías mientras confiaba en que esa tos mimética y quizá sicosomática que también le debutara casi al tiempo que la de Santi, se extinguiera con la buena noticia.

 

 

 


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NUEVOS AIRES

Al principio prospecté Venus, después revisé la oportunidad de asentarme en Mercurio; desestimadas ambas localizaciones por inhóspitas, quise probar en Marte, pero cuando descubrí la hospitalidad de la Tierra, la amabilidad de sus ecosistemas decidí fundar allí mi imperio, crear una civilización, dotarla de vida, escoger a los humanos como sus rectores y me erigí en su único Dios, aun consintiendo múltiples recreaciones de mi personalidad.

Sin embargo, desde hace unos años, la espesura creciente de los gases de la atmósfera me impide moverme con agilidad entre ellos, su densidad me fatiga de más.

Sí, soy Dios, pero mis criaturas, con sus malos hábitos ambientales, han conseguido crisparme y ya he decidido mudarme de sistema solar, a una supertierra virgen de vida.

Antes de marcharme, como castigo, les reduciré un poco, solo un poco, la presión atmosférica, para que se fatiguen al respirar, como yo.

Quizá, si me echan de menos, si detectan que les he abandonado, decida regresar algún eón.