Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

Galería de anónimos

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Publicado en Levante de Castellón

No hay mejor cura para rebajar la egolatría que sumergirse en el metro de Shanghái en horario prime time. O en el de Sao Paulo, o en el de Yakarta, incluso en el de Barcelona. Cualquier aglomeración sirve para recordarle al individuo su propia condición de ser único, prescindible, frágil y efímero.

Desayuno con esa reflexión de precariedad existencial, con la seguridad de que ningún dios cortado a medida del ser humano es capaz de preocuparse por uno solo de los millones de ocupantes que atestan los dieciséis vagones de las decenas de convoyes que reptan por las entrañas de cualquier megalópolis obesa. Los dioses contemporáneos, como la clase política, se han impuesto como principal misión la de no prescribir en el imaginario colectivo. Apolo, Zeus y los demás no gestionaron bien sus departamentos de publicidad y así acabaron, olvidados, convertidos en ruinas de templos masificados en agosto.

Mojo estos pensamientos en el café del primer noticiario matinal y la mezcla resultante me lleva a la irracionalidad de las arrogancias, las verbales y las de facto, de aquellos que han sido designados por nosotros mismos para representar y administrar nuestros intereses como entes individuales que viven socializados. Delegamos, plenipotenciarios por un día, nuestras funciones en quienes al día siguiente ya se han convertido en nuestros enemigos gracias a la unilateralidad de aplicar una ideología que deviene en interés, el suyo. Interés ávido por hacer el bien a quien más tiene y no a quien más lo necesita.

Consciente a la vez tanto de mi singularidad como de mi vulgaridad, necesitado de un paréntesis que enfríe mi arco de arrojar pesimismos contra quienes nos han desgarrado el optimismo social, que no el personal; convencido de los beneficios emocionales de no consignar en esta entrega ni un sólo nombre propio conocido, decido tomarme un artículo sabático. Para ello me calo la mochila de la admiración hacia lo anónimo y me dispongo a dar un garbeo desordenado por esos ángulos muertos del mundo a los que ni siquiera llegan los nómadas de la tranquilidad, como pudiera haber escrito Battiato en una de sus letras.

Viajo de entrada al Gran Norte, donde la aurora boreal tiene abierta franquicia permanente. Mihail, un desempleado de Norilsk, la ciudad más poblada al norte del paralelo 68, con más de 200.000 pobladores, trata de horadar los sesenta centímetros de hielo grisáceo de un lago cercano para echar el anzuelo de la pobreza y que pique un pez enriquecido con mercurio. En Norilsk los días actuales sólo disponen de 45 minutos de luz solar y -34º en el casillero del frío. A primeros de diciembre y hasta finales de enero, les sobrevendrá la oscuridad permanente. Son 200,000 y tú sólo uno. Si a Mihail no le mata el consumo del pez lo hará el hastío y si no la estadística que establece en 46 los años de esperanza de vida de los norilksianos.

Sin abandonar ese Gran Norte recalo en Nuuk, capital de Groenlandia, con un clima menos avieso que el de la ciudad rusa pero donde el hielo y la nieve son también una constante de noviembre a abril. Sialuk, un nativo de diez años, se ha calzado esta mañana las raquetas para salvar los setecientos metros que dista su casa de su colegio. Aunque conoce a Cristiano Ronaldo no muestra ni un sólo síntoma de admiración hacia su corte de pelo. Sus ídolos deportivos son esquiadores de fondo escandinavos y sus héroes cotidianos pescan bacalao en aguas a menudo revueltas, entre ellos su padre.

En un laboratorio de la periferia de San Luis, Misuri, Ron Cheming, físico instrumentista cuántico está desarrollando un prototipo de pantalla de grafeno para smartphones de generaciones por venir. Es el líder de un equipo de nueve. La pretende desplegable en la medida de la necesidades visuales del usuario. A pesar de su alto grado de especialización que le permite diseñar por nosotros, goza de comer una Bacon Letucce Burger en un McDonald’s con vistas al Missisipi. No tiene cuenta de Twitter, se mordisquea las uñas y es obeso.

En un pub sin lustre del barrio portuario de Dublin, Scot O’Mara, exboxeador amateur y excamionero de lácteos se dispone a consumir la segunda pinta de cerveza de la mañana. Por la condición de laborable del día no sobrepasará las siete unidades. El banco se llevó su casa, el vecino a su mujer y la mala coyuntura sus decorados felices. Ni siquiera se plantea emigrar a Nueva York para corregir su futuro. Con siete no se acabará de emborrachar.

Me traslado a Gorkha, una ciudad insana de Nepal. Aditeya, una adolescente de dieciséis años se dispone a hibernar sin otra ocupación que aguardar la próxima primavera con la aspiración de volver a portear para alguna expedición occidental de himalayistas con destino al Manaslu y con los cinco dólares al día, seguir ahorrando para poder establecerse como modista en Katmandú. En la última se enamoró de un austriaco de barba entrecana con los ojos como lagos recién deshelados aunque él sólo le dedicara un par de Namastés encontradizos. Suspira por aprender inglés pero la lengua le embarranca cuando pronuncia tomeitou.

Más cercano, en Sevilla, Manolo el de la Bordera conmemora hoy treinta y seis años poniendo cañas y pescaíto en el mismo bar de Triana. El tiempo y la postura le han vuelto panzón, ojeroso y encorvado. Aunque no juegue ya a la Primitiva, sigue manteniendo intacta la decoración de su sonrisa y el gracejo de sus eses.

Como un espejismo de otros tiempos, en el Chad, en una tierra casi sin nombre, Yasmina guarda la cola suya de cada día para acceder a la ración de comida que le permite sobrevivir desde que hace siete años abandonara su aldea para alunizar en Darfur, el mayor campo de refugiados del planeta. Sólo le resisten dos de sus nueve hijos. Ha desaprendido a soñar y sabe que jamás verá nevar.

Hao Park es uno de los once millones de habitantes de Seul. Ergonómicamente flaco para caber mejor en el Metro, emplea cuatro horas de su tiempo diario en desplazarse de su casa a su trabajo y viceversa. Vive de alquiler en un apartamento de veintidós metros cuadrados. Con una novia triste que lava cabezas y un gato anaranjado. Recientemente ha guardado una cola de nueve horas para adquirir el nuevo IPhone 5S. Nunca reza.

Terminan las noticias y compruebo que ni uno sólo de estos individuos ha sido mencionado. Nunca sabré pues si el pescador de Norilsk sobrepasará los 46, ni si Scot O’Mara encontrará una novia pelirroja en el doble fondo de su jarra o si la muchacha nepalí regresará a Sama Gaon en primavera. Apago la televisión y enciendo el mundo. Además del día, hoy he salido bueno yo. Quién necesita de la actividad de extesoreros malditos o de yernos caricaturescos para sentirse actualizado.

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