Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

EFEMÉRIDES DEMASIADO INTERESADAS

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Publicado en Levante de Castelló  el 26 de julio de 2017

 

Prescritos los ecos de la macrofiesta de homenajes en torno a Miguel Ángel Blanco y para que no decaiga la campaña de sensibilización defensora de ese nacionalismo español que siga combatiendo a los felones catalanes que no parecen arredrarse con la escalada de cerco hacia su pretensión de contar afectos y desafectos a España, la estrategia de comunicación del PP ha entresacado de la chistera de su particular concepción de la democracia otra efeméride, la del cuarto de siglo de los Juegos Olímpicos de Barcelona, será por conmemoraciones.

La consigna amplificadora de aquel espíritu de concordia se ha hecho llegar a las redacciones de periódicos, televisiones y emisoras de radio para darle realce a la fecha. Un rugir de testimonios y algunos homenajes, si se quiere un poco idiotas, a la fecha, han rearmado no sólo el sentimiento de pertenencia a España sino el concepto de entente cordial catalano-española de aquellos tiempos felices donde Pujol señoreaba, con sus hijos aptos, por puros todavía, para aparecer en el Hola,  sin sombras de publicano en Cataluña y Felipe González todavía no parecía el cacique que acabaría siendo con los años.

La idea de la cordialidad, del juntos y casi revueltos de entonces de catalanes y españoles, a pesar de que la cesión (siempre interesada  de diputados, propia de los nacionalismos españoles) de Pujol sirvió al PSOE para mantener su estabilidad parlamentaria, se ha erigido como núcleo central en las arengas de los voceros y de los tertulianos actuales del Régimen. Y si alguien se resiste al argumento, se arroja como bomba de racimo final la generosidad económica del Estado español con la causa olímpica de una Barcelona reflotada y puesta en el top del turismo urbano mundial gracias a las aportaciones que desde Madrid se hicieron para que las Olimpiadas representaran una proyección planetaria de una ciudad, de una región, de un país, en ese orden, aducen apelando a la ingratitud actual de Cataluña.

¿España os roba? ¿Habláis de la misma España que os financió hace 25 años? parece ser el leitmotiv de los voceros amaestrados para sembrar el recelo y seguir amasando un hostigamiento emocional, económico, judicial y mediático hacia Cataluña y su pretensión pacifista de medir su fuerza independentista, siempre democrática, a la que no le quedan demasiadas vías alternativas a la unilateralidad para testarse. Un sofisma igual de torticero que pueda ser el de España nos roba, por mucho que el Estado, que asumió el compromiso de financiar la candidatura cuando Barcelona presentó su propuesta ante el COI. Un Estado, socialista por entonces, que debió creer que la celebración olímpica contribuiría a prestigiar internacionalmente a un país, España, que todavía necesitaba recorrer algunos trechos para instalarse como miembro de pleno derecho en la democracia occidental. Pero la pregunta interior que surge de inmediato es ¿hubiera ocurrido de igual modo la implicación presupuestaria del Estado con la causa olímpica de Barcelona caso de que el partido del Gobierno hubiera sido el PP, este PP de ahora?

Preguntar en voz alta a la Historia suele deparar como respuesta la gratuidad de la conjetura. De súbito, a tenor de las declaraciones de los múltiples portavoces Populares con derecho de micrófono, parece que hubiera sido este partido el promotor de aquel despegue de Barcelona a raíz de las Olimpiadas de 92. Y aunque el PSOE se muestra casi igual de intransigente que el PP, de cámaras para afuera, con el movimiento secesionista catalán, sus actuales dirigentes no han sabido, o querido, capitalizar el rédito de aquella supuesta generosidad, o interés, o dependencia, o incluso sumisión y ha sido el PP quien ha diseñado esta nueva campaña de imagen española en su propio beneficio.

Ocurre que los Juegos, a menudo, se acaban, salvo excepciones, convirtiendo en el escaparate de la ciudad sede, que la región, condado, departamento, provincia, o incluso el país mismo, quedan relegados a un segundo plano de proyección, primero informativa y después, cuando los juegos terminan, turística. En el caso de Barcelona, las Olimpiadas supusieron una transformación urbana que básicamente reconcilió a la ciudad con el mar y las ciudades amistadas con el mar siempre ofrecen un plus de amabilidad visual y conceptual al visitante. Los Juegos no fueron catalanes, ni españoles, ni siquiera de la comarca del Barcelonés, fueron de Barcelona y resisten de ese modo en el recuerdo por mucho que los dirigentes del PP quieran reconducir las emociones de la masa a que fue Cataluña la beneficiada, esa Cataluña traidora que así nos paga los amores pasados.

Y nos queda el Rey, un profesional de lo obvio, del discurso huero que sólo apunta y nunca dispara, el garante de una asepsia institucional que a algunos nos exaspera por su dicción monocorde, por esa manera tan reiterativa de leer, por esa neutralidad sentimental que igual le sirve para cantar las excelencias de la morcilla de Burgos que para afear, aunque poco, sin dar nombres jamás, insinuando siempre, por ejemplo, sobre la vida regalada de su cuñado Iñaki o la disoluta y corrupta de su padre.  El Rey declara sobre la necesidad de trabajar juntos y en la misma dirección, y bla bla bla, qué cansino, qué demoledor. Quizá a este rey sólo le salve el que sepa inglés y que no parezca demasiado español en el acento cuando se pone serio con el idioma de Hamilton.

Con seguridad, la cocina del PP tiene ya diseñado el próximo plato del menú de afirmación españolista de los habitantes que no ven TV3.  La próxima efeméride patria sucederá en agosto, para que o decaiga el espíritu legionario en los chiringuitos a pie de playa y de ese modo conseguir el vítor generalizado de un país si pese a todos los estrangulamientos amables hacia el reinado de Puigdemont, el gironí prosigue en su cruzada consultiva y vinculante y el Gobierno se ve obligado a recurrir al Tercio para sofocar las urnas a bayoneta calada.

Lamentar que algunos de los homenajes que organizan los demás que no son el PP no tengan el mismo eco que los que él mismo diseña. Sin ir más lejos este partido tan solidario con la Historia, se negó a asistir recientemente a la conmemoración del cuarto aniversario de las víctimas del accidente del Alvia, que ahora hay que celebrarlo todo, aunque sea por un interés revestido de honrar a la memoria.

 

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