Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

A DOS MIL KILÓMETROS

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Para el concurso,”Un mar de historias”

 

Vivía adosado a la rutina. El tedio era el meteoro más insobornable en Sama Gaon, una aldea situada en uno de los incontables corazones habitados del Himalaya, al pie del ochomil menos deseado de la Tierra: el Manaslu.

Populosa para lo que se estilaban allí, los cuatrocientos vecinos de Xenxi, subsistían de portear para expediciones y trekkings y de la escasa autarquía agrícola-ganadera que permitía el vivir a 3500 metros sobre el nivel del mar a 30 N.

Los catorce años de Xenxi no le habían impedido iniciarse ya como mula para occidentales, pero lo esporádico de la ocupación le dejaba un excedente de ocio que cubría con un cuchillo tibetano entre las manos, intentando extraer de los pedazos de madera de los rododendros que crecían hasta mil metros más abajo, barcos. Casi siempre embarcaciones que había visto en esa televisión menuda pero paradójicamente voluminosa, pixelada de imágenes y que se convirtió, desde sólo tres años atrás, en el agujero de gusano que lo vinculaba con ese otro planeta en el que no comenzaba a nevar a primeros de noviembre.

Mayo le mejoraba el humor. La recuperación del desfile de europeos y japoneses, con la incursión de algunos norteamericanos, vestidos con los tejidos coloristas del progreso le concedía una nueva ventana desde la que prospectar ese mundo que anhelaba. Su radio de acción no había sobrepasado los cincuenta kilómetros a la redonda de su aldea y siempre con sus piernas como elemento de tracción.

Xenxi consumía aquel crepúsculo de luz poseída por el semidiós de las tonalidades irreproducibles, con una de sus artesanías navegables a medio entresacar. Se sabía diestro con el cuchillo pero le faltaban referentes en tres dimensiones para que los barcos le salieran objetivos, proporcionados, incluso flotantes.

 

Aquella supone la segunda tarde de Richi en Sama Gaon. Su tendencia a la introspección, su condición extática permanente en su primera expedición al Himalaya le hace propender a la soledad y vuelve a recorrer las callejuelas, o su aproximación, de la aldea. Durante el paseo vespertino de ayer no se atrevió a aproximarse a Xenxi pese a verlo sentado sobre la misma pared que sirve como flanco a una de aquellas callejuelas, con las piernas colgando, pugnando con un pedazo de madera de un árbol inidentificable y en cualquier caso foráneo: no hay árboles ya en aquellas altitudes.

Pero en la de hoy decide acercarse hasta su mantenida posición, como si formara parte del paisaje. Aunque sólo sea para intercambiar mímicas. Saluda en inglés, por si acaso. Y el acaso surge, el muchacho que se presenta como Xenxi, chapotea un inglés comestible.

Richi le explica que él, que España, que sus compañeros de expedición, que la belleza sublime de tus montañas, que si refresca impensable en contraste con la pegada del sol en su cénit, en un inglés exento de literatura, esencial. Pero al poco, cuando es consciente de que en aquellas alturas, la cháchara occidental interesa lo justo, le conmina a que le trasvase sus sueños.

Y Xenxi, descuidando por un momento la actividad de su cuchillo tibetano, le espeta que sólo aspira a ver el mar antes de cumplir los dieciocho. Y en su inglés eficazmente precario le pregunta si desde su casa se ve ese mar que él quiere comprobar que es todavía más amplio que el Himalaya, o eso dicen los que visten como tú.

Richi niega con la cabeza, saca de su plumas un billete de veinte dólares y le medio insinúa que es a cambio de aquel proyecto de barco.

Xenxi se queja de que lo suyo no tiene forma de nada todavía, que carece de valor.

Pese a la resistencia del adolescente de facciones tibetanas, Richi lo insta a tomar esos veinte dólares que suponen el porteo de seis días.

–I return tomorrow. At this time –añade el español como despedida.

Mañana por la mañana la expedición tiene previsto abandonar Sama Gaon camino de Samdo.  Xenxi ya lo sabe, pero lo calla. Y huele en las entrañas de aquel ¿español dijo?, del que acaba de olvidar el nombre, el aliento solidario que emiten las gentes que aman a los barcos de madera sin tripulación.

Se dedican un Namaste respetuoso y Richi confía en que la suma de los blancos generosos sensibles con sus manos de astillero, le conceda a aquel chico del que jamás olvidará su nombre, Xenxi, el salvoconducto económico que le acerque a ese mar cuya playa más cercana dista dos mil kilómetros en línea recta.

Hace frío, un frío impredecible este mediodía. Alguien dijo que no es extraño que nieve algunas noches de primeros de mayo. Apenas queda luz.

 

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