Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

TRUENA CUANDO ESCRIBO

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Publicado en Levante de Castelló el 30 de agosto de 2017

 

Se extingue agosto. Tanto los elefantes del Serengueti como las leonas de Cabárceno no le prestan demasiada atención a la efeméride que repuebla laboralmente España, ni siquiera han formulado propuesta alguna de renovación para septiembre, ajenos como transcurren al calendario. Mientras, la humanidad, la cercana, anda disyuntiva, una porción maldiciendo la nubosidad que impide redondear su bronceado vacacional y la otra que suspira ante los primeros síntomas otoñales en forma de tormentas y ese frescor que amansa las sudoríparas.

Después de un periodo de pereza estival me retomo como analista de mi propio cosmos, con la intención de no prestar demasiada atención a los grilletes ideológicos de tertulianos y articulistas que pareciendo doctos sólo están domesticados por el medio de comunicación que les da de comer y éste, a su vez, por el banco que les exime, a diario, de ejecutarles la deuda con el consiguiente añadido de servidumbre hacia las fuerzas opacas que sostienen el poder bancario, que en este país y los aledaños occidentales tiene un mayor peso que el legislativo, el ejecutivo y el judicial.

Debiera iniciarme, para ser consecuente con mi ideario, con un alegato de la libertad sobreesdrújula que los pueblos pacíficos tienen para decidir su propio itinerario transnacional, máxime cuando la intención ha dejado de serlo, por sostenida en el tiempo, y se ha convertido en fijación (me refiero a esa parte incierta, numéricamente, de catalanes que no soportan formar parte de una España que los repudia y pese a ello se vanagloria en retenerlos). Pero a estas alturas del proyecto cada uno ya tiene sus posiciones tan fijadas como inamovibles en el asunto catalán y pocos dan su impresión a torcer por muy sólido que argumente la otra parte. Y es que cualquier ideología, cualquier trayectoria, cualquier acción es defendible con la palabra, hablada o escrita; incluso el nazismo, con toda su carga de horror, fue, y sigue siendo, defendido con fervor y con hipótesis y tesis por quienes lo consideran beneficioso para un nuevo orden político y social. Desde este prisma de impermeabilidad de los individuos que suelen, en su mayoría, tener ya las certezas propias prefijadas ante cualquier asunto y que por muchos datos, pruebas y explicaciones irrefutables que aporte el aspirante a convincente, prefiero no arrojar más lodo o luz, según el juez que me lea, sobre el aconsejable (por salir de esa duda cuantitativa de contabilizar secesionistas) referéndum catalán y dejarme mecer por la trayectoria de la Tierra alrededor del Sol y constatar cómo se van repitiendo los ciclos, invariablemente, sin que ni uno sólo de los terráqueos pueda experimentar sobre su propia epidermis, más allá de lo adquirido y lo contaminado, un solo indicio de cambio, perceptible, climático en modo calentamiento.

Sucede cada año y cada año lo recojo, confío en que la memoria del lector no retenga alguna de mis columnas preotoñales y se contagie de mi melancolía benigna por olerle a recién cortada. A finales de agosto el hemisferio norte comienza a enfriarse de una manera paulatina. Sucede a partir del 20 y con asombro uno, en su condición de meteofriqui, va constatando como comienzan a menudear las heladas en Siberia, en el Norte de Canadá, y este año, tempranas, también en Escandinavia. Las primeras nevadas preotoñales también han aparecido este año en latitudes siberianas todavía mil kilómetros al sur de Círculo Polar. No bastarán para cubrir el suelo hasta avanzada la primavera, porque eso suele suceder a finales de septiembre, pero ya advierten que se acabó la manga corta continuada, que aunque los nativos resistan hasta -50º en enero, cuando merodean los cero grados las bermudas no son aptas para salir a la calle aunque el populacho tenga a los rusos, máxime a los siberianos, como inmunes al frío moderado.

La luz solar ha menguado a ojos vista desde el solsticio y los crepúsculos sobrevienen con más de una hora de adelanto respecto a finales de junio. La vendimia toma fuerza pese a que los viticultores juran (en falso) que cada año se adelanta más. Y sucede como en todo, años que sí, años que no. Las almendras también se abren como vaginas en flor solicitando su vareado o esa sacudida postrera mecanizada que las subsuma en su condición de frutos secos muertos pero nutritivos. Concluida la siega en las mesetas, los bosques se abren de esporas para acoger la lluvia, reponer su clorofila y tonificar el regolito con el nitrógeno de los rayos para reforzar su verde y acoger esas criaturas que laten en el inframundo y que pugnan por aflorar en forma de setas recolectables por una horda creciente de urbanitas jugando a bosquimanos que entienden que tienen derechos sobre un bosque del que desconocen que sigue siendo privado en España en una proporción de ocho sobre diez, un bosque que aumenta su extensión año tras año pese a la canallada de los incendios provocados, los otros son una constante, necesaria, de la Naturaleza.

Atrás quedan los calores diurnos persistentes, casi arábigos; las noches pierden ese componente toledano que las vuelve insomnes y pese a que todavía restan salpicaduras de calor que harán pronunciar a los simples la frase de todos los veranos: “qué calor hace” (o cualquiera de sus variantes), el verano, el canicular, ya es pasado. No en vano, pese a que los medios apenas lo mencionan, el verano meteorológico termina el 31 de agosto y da comienzo el otoño que comprende los meses naturales de septiembre, octubre y noviembre, demostrándose más razonable esta división estacional que la astronómica.

No restan tampoco muchos días (sucede, de media, sobre el diez de septiembre aunque quizá este año sobrevenga antes) para que el Ártico inicie su proceso de recongelación. Y un año más la realidad se obstina en sobreponerse a las predicciones y tampoco este verano el océano más septentrional ha quedado libre de hielo porque la extensión mínima final de superficie helada se situará en torno a los 4.600.000 km2 (unas “nueve Españas”, con Cataluña incluida). Tipos que todavía pasan por ilustres en la ciencia han venido pronosticando que el Ártico quedaría libre de hielo estival en 2010, en 2020 y los últimos pronósticos lo sitúan en 2050. Cualquiera es adivino alargando los plazos hasta que se dé lo predicho o muera el predictor. Lo curioso es que a esos tipos que yerran y yerran y vuelven a beber, les siguen subvencionando los estudios siempre que alimenten el dogma de un Calentamiento Global que sigue inmerso en lo que se da en llamar “La Pausa” y que evidencia, empíricamente, con datos, que la gráfica de temperaturas se mantiene plana desde 1998, tras dos décadas, eso es innegable, de incremento de la temperatura media de la Tierra. Sin embargo, la ciencia, la oficial, la misma que tildaba de loco a Galileo, la misma que execraba a Georges Lemaître cuando propuso la teoría del Big Bang en 1930, no quiere escuchar a quien minimiza no ya el calentamiento global sino la injerencia del hombre en él.

En lo político, nada nuevo, el curso comienza como terminó, con Rajoy haciéndose el memo sobre la corrupción, esta vez en sede parlamentaria, recurriendo a retruécanos y retranca para arremeter contra nuestra inteligencia y mantenerse en el yo no fui, yo no sabía, mirusté, porque el pasado no importa, se reitera hasta la náusea, sin asomo de contrición, con arrogancia discursiva, incrementando el número de indepes en cada intervención.

Truena cuando escribo y no es una metáfora. Agosto se despide con estruendo, el aire huele a recién inventariado y como no aspiro a broncearme, una serenidad atmosférica coloniza el final de esa primera columna del casi otoño que comienza el viernes, meteorológico, recuerda.

 

 

 

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