Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

RADICALIZACIÓN DEMOCRÁTICA

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Publicado en Levante de Castelló el 6 de septiembre de 2017

 

Un aroma de balas figuradas, biunívocas, cargadas de fobia recíproca se ha adueñado de la atmósfera de esta España que pese a lo mucho que la pretenden una los constitucionalistas, esos fabricantes incesantes de Super Glue patrio, sigue siendo dos, o diecisiete, o cuarenta y seis millones de Españas, una por morador.

Si a Machado, a don Antonio, le fuera concedido el don de la resucitación temporal se sorprendería ante la nueva disyuntiva de un país que, habiendo perdido parte de aquella fe en Frascuelos y en Marías, sigue conservando una radiación de fondo de panderetas y charangas que nos siguen granjeando fama de festivaleros entre los países que envían sus manadas a visitarnos atraídos por el sol, por las pipas y por contar con un patrimonio histórico y biodiverso que rezuma grandiosidad y del que uno se siente, sino orgulloso, porque el orgullo es un sentimiento que reservo para lo propio y para los míos, sí cuando menos convencido de que merece un trono de menos y unos gobernantes de más fuste, con menos soberbia y con un sentido de la proximidad con el pueblo que ahora no poseen salvo cuando sintonizan con esa cima social que gestiona el capital con muchos ceros a la redonda.

La nueva división, las dos nuevas Españas surgidas en el último lustro se vertebran en la que aborrece a España, radicada en Cataluña, y la que abomina de Cataluña y que reside fuera de ella. Un ébola imparable de catalanofobia y de hispanofobia se ha apoderado mayoritariamente de los diálogos, de las secciones de comentarios de los periódicos, de las hemerotecas recientes, de las homilías y de los grupos de whatsapp, de las rencillas y de los arsenales. No cabe la neutralidad cuando se trata de posicionarse sobre el nauseabundamente llamado desafío por las televisiones, de todas salvo TV3, cada vez que aluden a la, de momento intentona, secesión catalana, en una demostración tanto de que la reiteración de los dogmas consigue moldear las ideologías y que los medios de comunicación están sujetos a las directrices de quienes gobernando en minoría, actúan como si tuvieran un respaldo mayoritario tras las últimas elecciones.

Yo simpatizo con otra España distinta a la que vitorean esos millones de intransigentes que execran a Cataluña y a su decisión de escindirse. Yo simpatizo con la España de la idea y no de la rabia, con la España de la eutanasia y no la de los toros, con la España que regula el aborto y no con la de las pilas bautismales, con la España de los aerogeneradores y no la de las procesiones, con la España de la creatividad, incluso de la picaresca, pero no con la de la emigración forzosa de licenciados en algo más que en formar parte de unas listas electorales.

Me subleva esa España que solo ha esgrimido la ley, cansinamente, a tenazón, como decía Suárez, para contrarrestar el prurito independentista catalán. Pobreza argumental, nulidad en la capacidad para revertir ese descontento progresivo en la sociedad catalana sin otra arma que la coerción, que la amenaza, que el insuflar miedo, que seguir golpeando en el hemisferio de la disconformidad que ha provocado que en apenas cinco años, el número de independentistas haya evolucionado de ese veinte por ciento histórico a un nosesabecuantos, porque una ley cómoda, temerosa de adecuarse a las transformaciones sociales, recela de que haya un número mayoritario de catalanes que no comulguen con esta España que dista mucho de parecerse a esa que tampoco me motiva del todo a mí y no per se, sino por quienes la regentan en los últimos tiempos desde una dinámica tendente a favorecer los intereses de las élites económicas.

No soy independentista en lo que a mí respecta, pero reivindico que lo puedan ser los catalanes más allá del capricho porque lo han venido sosteniendo en el tiempo, en los tiempos últimos, dejando al margen una Historia que siempre es interpretable por espuria, por estar redactada por los vencedores. La Historia no ofrece soluciones, acudir a ella para mantener y defender una posición resulta tan pobre como improductivo. Los mapas se transforman y refugiarse en lo ocurrido hace quinientos, novecientos años no deja de ser un ejercicio de infantilismo nostálgico carente de otro fundamento que el emocional.

Proliferan entre quienes carecen de recursos analíticos propios, los ejemplos demagógicos, un poco bobalicones, advirtiendo sobre una epidemia de referéndums caprichosos para contrarrestar el catalán: que si los del octavo A quieren emanciparse de la finca, que si los del norte de Cuenca no quieren ser manchegos, que los niños del comedor escolar que no quieren manzanas de postre podrían rebelarse y exigir naranjas. Pero esas evidencias las aportan quienes desconocen la deriva del último lustro catalán, la radicalización democrática que supone la exigencia de unas urnas que simplemente contabilicen cuantos catalanes no comparten la idea de España que la propia España tiene de sí misma. ¿Ese es su pecado? ¿querer contarse a sí mismos si son suficientes para iniciar una travesía por el desierto o si por el contrario son más quienes deciden permanecer como hasta ahora, inmóviles, esperando a que la avioneta con los suministros de todos los días les arroje agua y alimentos?

No hay nadie capaz de predecir sin otros apoyos que el “yo creo” el futuro de la causa catalana. Sólo es discernible que ocurra lo que ocurra será traumático para las partes. La cerrazón de unos y de otros a aproximarse las ha vuelto irreconciliables. Si finalmente las urnas no se hacen efectivas, no es difícil avizorar una campaña de desobediencia civil que pueda desbordar la capacidad represora del Estado. Pero si los soberanistas catalanes consiguen recontarse y se consideran suficientes para emprender el éxodo, el boicot y la “vida imposible” por parte de la España dejada, están servidos.

Suena paradójica tanta ira ideológica desplegada contra alguien, un pueblo en este caso, que sólo exige las urnas para modificar social y democráticamente unos vínculos geográfico-jurídicos que quienes manipulan las leyes se niegan a revisar. Debe ser que cualquier radicalización, incluso la electoral, es perseguible por los caballeros templarios de esta democracia que no siempre permite la libertad.

Expectantes por ver lo que sucede cuando una fuerza imparable colisiona contra un objeto inamovible. Y la expectación no tiene un componente de morbo sino de inquietud. Hemos asistido a demasiadas confrontaciones teñidas por el odio entre los bandos, con víctimas de toda condición, y seguimos sin aprender a ceder. Puta condición humana y política…

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