Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

EMOCIONAR(SE)

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CONCURSO DE POESÍA EL CLUB DE LOS POETAS VIVOS

          Emocionar(se)

 

 

Como individuo propenso a lo complementario,

a lo rabiosamente opuesto a mis talentos,

leves como una neblina apenas disuasoria,

como hombre proclive a atender lo proveniente

de los meridianos oscuros de la luz,

me permito emocionarme todavía

cuando asoma lo imprevisto

con un hacha de ternura como logo,

para sustraerme de la hipnosis del vuelo cotidiano

de los buitres de la rutina

que patrullan más allá de la exosfera,

en su misión inmemorial

por hacer de mí y de lo mío,

un ser a criterio de sus controladores de vuelo.

 

Podré sonar marcial, incluso comunistoide,

si revelo que me enerva la piel y la laringe

escuchar el himno de la antigua URSS,

o que me arrebata el hematocrito

el “Qué no daría yo” de la Jurado,

o que me tronza la melancolía

el “Romance de Curro el Palmo”

pero en la versión de un Serrat con melena

con la voz astifina de los treinta años.

Me agiganto de luces cuando suena “Granada”,

o  “Don’t cry for me Argentina” cantada por cualquiera,

y “Memory”  y “Carmina Burana”

y el Miguel Bosé más intimista

cuando olvidaba los atavíos de crossdresser.

Me llegan al hipocentro de mis úlceras

Paco de Lucía y Manuel de Falla,

“Para Elisa” y los fandangos de Alosno,

algún bolero a dúo,

una docena o más de rancheras mexicanas,

y un centenar o tres de estelas musicales

que me reservo para alimentar otro poema.

 

Pero no sólo con notas

se almibaran mis ojos y mi lado tibio;

me crecen también otros embargos

en mi plantación de semillas proverbiales

que abarcan lo artístico y lo geológico,

lo atmosférico, lo  animal, lo cósmico,

y me irrigan mi yo más anecdótico,

esa percepción de ser ínfimo

para cualquier observador situado

en alguna ciudad china millonaria en chinos

y en pilas de botón.

 

Fugaz, minúsculo, prescindible, irrelevante,

pero pese a esta suma de mínimos, emocionable,

uno de los siete mil de millones largos

de primates venidos a más, supuestamente,

que bailan y trasiegan sobre la corteza terrestre

aguardando a que el siguiente terremoto

fracture más o menos donde siempre.

 

Me fibrila Caravaggio

porque sombrea la luz y sus viceversas

como nadie en la historia de los fotones;

me abruma Rafael cuando abusa del rojo.

Me aturden los sentidos

Benarés bajo la lluvia,

el crepúsculo en Asuán,

París tras la tormenta,

una estampida de búfalos cafre,

el corredor de los tornados,

la independencia de Silicon Valley,

las iglesias de Roma,

la cubrición de la Kaaba,

los sherpas descalzos en activo,

esos ríos ocho meses congelados,

un cervatillo en un arcén de las Rocosas,

y todas, indefectiblemente todas

las auroras boreales que no he visto

por estrictas razones de latitud.

 

Me minimiza como sujeto

que en la NASA,

existan otros más sujetos que yo,

seres casi anónimos de Manhattan hacia afuera,

tan insolentemente inteligentes

como para poner en órbita

cualquier vástago precoz del Hubble,

capaz de diagnosticar a simple lente un melanoma

desde cualquiera de los satélites de Urano.

 

Me apabulla el maquillaje de Central Park

cuando hace ocre y rojizo en cada octubre,

y Kamchatka en casi junio, cuando deshiela,

y las secuoyas pertinaces en su verticalidad,

y algunos besos de difícil acceso,

y las refriegas entre cocodrilos e hipopótamos,

y las treguas de arcoíris en Escocia

y un millar más o tres de ecosistemas feraces.

 

Pero Einstein me pone de rodillas

y Eratóstenes, y Kepler, y Curie,

y Bohr y Tesla y Severo Ochoa,

y Alfonso X el Sabio, y Hawking,

y tantos otros que no por innombrados

dejan de inundarme hasta lo cuántico

con sus sabidurías mancomunadas

puestas al servicio de mi longevidad.

 

Me conmueven algunos párrafos que he escrito

en un puñado de novelas con mi firma;

me congracian con los míos nombres como

Miguel, Federico, Luis, Pablo o Antonio,

poetas del santoral de lo terreno,

brazos armados de mi mar sereno,

adivinos de todas mis heridas,

archiveros de todos mis estados,

escribas de mis fobias y mis filias.

 

Me repara mi pulso irregular

el ordenar con desorden este extracto

de mis sentidos en modo antología,

inconclusa, desoladoramente exigua

por razones de espacio y desmemoria.

Me estimula poder emocionarme

y constatar que vivir es una orgía

de encontronazos agridulces

si se tienen las manos suficientes

para acariciar, conteniendo la eyaculación,

el mayor número de caras talladas

de este diamante inabarcable

que algún romano bautizara como vita.

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