Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

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Publicado en Levante de Castelló el 18 de octubre de 2017

 

Ustedes, habitantes eximios y legislativos del asteroide del PP, se enjuagan la boca con el listerine de la ley, de esa ley acomodaticia que soporta su pingüe manutención y su poder (emanado del pueblo, alegarán en su defensa), cada vez que declaran sobre el estado de derecho, sobre la democracia y sobre la constitucionalidad del reino de España.

También ustedes, los empadronados en la nube de polvo de Ciudadanos pretenden que creamos que, con semejante líder, tan ávido de la sangre coagulada de quienes no se envuelven con la bandera patria para secarse el sarpullido secesionista, son de fiar, siquiera de escuchar. De Rivera, tan profundo mi rechazo hacia su discurso, ya no me seduce ni su afeitado.

Y no me olvido de ustedes, funambulistas líderes del PSOE, han acabado por desmentirse a sí mismos y mantienen ese Sí es Sí a Rajoy a pesar de lo lenguaraz de un triste líder, Sánchez, que aún anda buscando en su etiqueta de fábrica su propia composición. Y es que, históricamente, tampoco ustedes, prebostes socialistas, están muy alejados, cuando gobiernan, de las oligofrenias liberales que de ordinario han sumido a España en la pobreza y que mantienen, aún hoy, a España como primer país de Europa en pobreza infantil y a sus señorías en la opulencia comisionista y medradora (sí, también el tres por ciento me asquea).

A la historia de España me remito para entibar lo apuntado; húrgala, lector, pero una versión que no esté intoxicada por la parcialidad de los redactores (tampoco de catalanismo) y juzga por ti mismo, pero lee, no te dejes invadir para creer que sabes solo por telediarios y periódicos.

Podemos, como nueva irrupción política fruto del descontento popular, mantiene su rol de ventilador desde una coherencia ideológica disyuntiva que enerva a quienes ven amenazada su supremacía política, esa que con tanto ahínco han tratado de mantener unos y otros, otros y unos, en una alternancia que ya se ocupó de continuar la santificada Constitución en su articulado partitocrático.

Me resta el rey, Felipe, un señorón regio, hijo, nieto, biznieto y tataranieto de degenerados, de incapaces intelectuales y de promiscuos con un sentido de España y de sus súbditos muy inferior al deseable y con el de sus entrepiernas muy superior al conveniente. No hay excepciones a las características descritas en los reyes y reinas de la historia de España más o menos contemporánea. De Felipe VI no ha trascendido, todavía, esa faceta (la de su padre, ahora emérito y adscrito igualmente a los Presupuestos Generales del Estado, se mantuvo oculta para el vulgo durante demasiados años de su reinado), por eso sería injusto atribuírsela por prejuicios históricos y por probabilidad genética, pero no olvido que es un Borbón más. Un Borbón hijo de quien fuera impuesto, por ley, no conviene olvidarlo en estos tiempos tan adictos a ella, un dictador, del mismo modo que la anterior restauración de la monarquía, allá por 1876 y que entronizó a Alfonso XII, se produjo tras el golpe de estado del general Martínez Campos.

No son halagüeños los antecedentes de un estamento monárquico que ha supuesto un cáncer sistematizado en la España de ayer, de hoy y esperemos que no de mañana. ¿Dónde está el rey? Se le supone en el vértice de la pirámide del poder, que su figura debiera potenciar la concordia y la interrelación entre los pueblos de España y su única comparecencia la emite TVE y se limita a e leer un discurso (jamás le he visto improvisar, de ahí que dude sobre lo de “preparao”) incendiario que le confeccionaron los validos de Soraya, que parece ser que se ha puesto definitivamente los pantalones del Estado y le ha ordenado a Rajoy que se limite a balbucir casposidades obvias ante las cámaras, que es lo que mejor le sale,  y a repetir lo que ya saben todos los que tienen mando en plaza, en micro y en cámara de los suyos, que no improvise, y que no se canse de apelar a la ley como único mantra, que la reputación y la verdad se obtienen a fuerza de repeticiones, poco importa si lo reiterado es cierto, justo o consecuente.

El rey, pese a una presunta preparación que mitigase sus genes depauperados de Borbón, ha acabado por ser un títere más, alguien tutelado por un Gobierno que pese a contar, insisto una vez más, solo con el 22% de los votos potenciales del electorado, gestiona el país con aires plenipotenciarios.  Ese monarca al que se adivinaba, al menos en pose, tratando de limar arrecifes para formar gobierno en los sucesivos y todavía recientes embates electorales, se ha apartado con descaro de los focos y se ha refugiado en esa nube inútil y vitoreada interesadamente sobre la que se sustenta la monarquía.

No quiero ahondar en el encarcelamiento de los Jordis, a los que unos les atribuyen la condición de presos políticos y otros se la niegan por transgresores de esa ley que, por encima de la evolución, se ha convertido en el único asidero de los constitucionalistas, pero sí referirme, con brevedad, a la inmundicia de una Justicia más patria que nunca, politizada hasta la náusea, connivente con el aparato del Gobierno, dependiente de él, nombrada por él en sus puestos claves y pese a presumir de una independencia  constitucional que sonroja cuando demasiados la ponen de manifiesto, exhibe un músculo represor e inmediato que echa de menos hasta Erdogan.

Y aunque suene a demagógico, Urdangarín de running por Ginebra y los Jordis, a la primera de cambio, en la cárcel. Por sedición, nada menos que por sedición, que parece un término franquista, carlista y aún más lejano en la retrospectiva de la historia, asociado a la guerra y a la violencia. Sorprende que un trincón de primer nivel como el exduque tenga un trato preferencial y estos dos agitadores si se quiere, pacifistas no obstante, que sólo ansían que les dejen contarse para ver si constituyen mayoría, hayan ocupado incondicionalmente, como aquellos titiriteros, una celda por orden judicial. Si esas actuaciones, que no lo dudo, están permitidas penitenciariamente por la la misma Ley a la que se aferran populares, falangitos (no acierto a calificar a los de Ciudadanos de otro modo) y socialistas, permítanme que no crea demasiado en ella y que me cause la grima de lo que se reitera en exceso para generar opinión.

Y nos resta el periodismo y su mugre servil. Qué tiempos aquellos en los que uno decía que para estar informado leía “El País” y “El Mundo”, o escuchaba la “SER” y la “COPE”. Abolidas las diferencias, con demasiados periodistas elaborando las noticias con la nariz tapada, espero, preocupados más por su hipoteca que por la asepsia, el periodismo, en todas sus vertientes, salvo escasas excepciones, ha degenerado en ese narcótico que adormece suavemente el pensamiento crítico y lo convierte en único.

Esta España ostentosa y orgullosa de sus libertades y glorias pretéritas para periodistas, tertulianos y políticos, no goza de igual reputación entre quienes han optado por abandonarla por su mal olor institucional y ahora se desenvuelven fuera de unas fronteras que pretenden inmutables quienes las defienden así solo por no pasar a los anales como aquellos que consintieron que lo de las dos Españas dejara de ser una metáfora y se convirtiera en geografía.

El párrafo que abrocha la columna de hoy es un extracto de un muro anónimo de Face de alguien que no ha cumplido los 25 años y que ejerce de lo suyo por esas europas. No añado nada más que su propia literalidad. Piensa en él cuando adores de más a tu bandera.

“Y a diario la gente me pregunta “¿Por qué te fuiste de tu país?, ¿lo echas de menos?”. Y aquí sigo, dándole vueltas a una respuesta que sería muy injusta con mis raíces.

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