Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

CÓMO NO SE VAN A DERRETIR LOS POLOS

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Publicado en Levante de Castelló el 29 de noviembre de 2017

 

Inminente la apertura de las puertas del 5G, pese a que inmediatez parece un término pobre para aludir a la velocidad con la que nos impacta la información, en ninguna otra época de la civilización humana hemos creído, como individuos, saber tanto y en realidad tener tan poco calado de casi nada, transidos de esa superficialidad que nos llega, inoculada desde la sobreabundancia de unos medios de comunicación que se preocupan solo de llegar primero, con la voz más tronante, con independencia de si lo que nos alcanza responde a la verdad o siquiera a su aproximación. Tiempos de posverdad, del predominio de lo simple hecho dogma, de esgrimir, larvadamente, el eslogan de que quien reitera vence, tiempos de una urgencia imperativa que siempre suele ser antagónica con la solidez argumental.

Percibo a mi alrededor, con el peligro que entraña el categorizar sobre la anécdota, el extraer conclusiones estadísticas apelando a una población reducida, una repetición sin apenas reflexión propia de los contenidos que le llegan a cada uno a través de los medios que escoge en virtud de su inclinación ideológica o de su inercia informativa. Percibo como predomina el “yo creo”, el “yo opino”, el “yo pienso” de una mayoría (insisto en el concepto de mayoría, para que no se molesten los diferentes) que solo cree y opina pero no piensa, ni lee más allá de su muro de Facebook, ni contrasta, ni prospecta otras fuentes que las que le vienen, y que conforman un entramado de contenidos con ánimo instrumentalizador de voluntades,  moldeados a gusto del patrón y que  hace de los taxistas los tipos más informados del país.

Percibo esa simplicidad expositiva de demasiados con los que converso a pie de calle, por ejemplo, en un asunto del que la mayoría del personal cree estar muy bien informado: el presunto calentamiento global, un asunto por el que siento una especial inclinación y sobre el que he invertido miles, porque son miles, de horas de lectura y consumo de información desde un abanico de fuentes tan variopintas que me ha concedido, cuando menos, la autoridad de no reproducir únicamente lo que cuenta El País, la SER, la COPE o la pestilente televisión pública española.

Los polos se derriten, suele ser uno de los latiguillos con los que irrumpen los pretendidos versados para contrarrestar mi escepticismo en asuntos atmosféricos, como si los polos fueran uno solo y hubieran experimentado el mismo comportamiento los dos. Y es cierto, claro que lo es -no se trata de ser negacionistas per se-, que el Ártico ha perdido casi un 40% de hielo estival desde la década de los 80, pero quienes reproducen ese mantra, solo lo hacen desde el influjo de los medios, empecinados en alarmar, en catastrofizar, en deshelar, en aplicar el fuego del apocalipsis a unos registros que no se calientan tan rápido como los predictores pronosticaron y que han obligado al IPCC a corregir, por quinta vez, sus predicciones de calentamiento a la baja desde el año 1990 (si han fallado, con estrépito, en los cuatro anteriores, ¿por qué debemos creer que este está en lo cierto?). Estos voceros del fin anticipado de los tiempos solo se preocupan de exhibir el Ártico como una franquicia futura del infierno y cuando citan al Antártico solo lo hacen para advertir que se ha desgajado (siempre por unos motivos dinámicos que ocultan), un pedazo de alguna de las plataformas de hielo que rodean a la Antártida continental.

  • Ah, entonces ¿la Antártida tiene tierra firme y el Ártico no? ¿Banquisa, dices? ¿Qué es la banquisa?

Y uno, no sé si por inocente, idiota o frustrado intenta explicarle al cuñado callejero de turno que hay un pedazo de mar que se hiela alrededor del continente más al sur del planeta, también cubierto de hielo, y que a eso se le llama banquisa y que lejos de debilitarse, hace solo cinco años, en 2012, cuando el hielo estival ártico presentó su mínimo estival de superficie desde que se tienen registros satelitales, por tanto homogéneos y comparables, la banquisa antártica presentó máximos de superficie desde ese 1979.

Pero lejos de convencer a mi interlocutor, este me suele mirar con cara de pez gato mientras interioriza, pero qué me estas contando, listo, los polos se derriten, que lo dicen todos y en todos lados. Y de nada le sirve que le especifique millones de kilómetros cuadrados, las fechas en las que se suelen dar los máximos y los mínimos ni siquiera que hubo un tiempo a mediados de la década de los 40 que el hielo estival del Polo Norte presentaba parecidos índices que los actuales y que no murió nadie por esa razón.

Y si además le añado que los osos polares han incrementado notablemente su número en la última década pese a lo que diga Al Gore en sus documentales y que la mayor amenaza les llega de los cupos de caza que los gobiernos de Groenlandia y Canadá conceden a sus poblaciones autóctonas, el tipo, el cuñao me mira los ojillos lastimeros mientras interioriza algo parecido a lo equivocado que está el gilipollas este, cómo no se van a extinguir los osos polares con las veces que lo repiten unos y otros.

Y entonces es cuando desisto de explicarle que no todos los glaciares  se contraen, que hay muchos que primero han detenido su retroceso (lógico desde el fin de la Pequeña Edad del Hielo, dada científicamente por finalizada en 1850) y han comenzado a ganar en superficie, como el Athabasca, el glaciar más visitado de América del Norte, o como los del Karakorum (¿dónde está eso?), o incluso los noruegos. Pero desisto de mi condición de ser pedagógico y argumentativo porque el sujeto ya no me atiende, decidido a quedarse con su propio entramado de información, que no conocimiento (menos sabiduría), forjado por la televisión y por los periódicos generalistas en su condición de receptor pasivo de información convenientemente enlatada y envuelta en el papel chillón de la verdad incuestionable.

Esa domesticación de la credulidad del individuo sin hurgar más allá, esa finalidad de forjar una masa maleable, sujeta a los vaivenes del interés de las élites políticas y económicas constituye el principal motor de los gobiernos, de los estados,  para obtener el control ideológico-financiero de la práctica totalidad de medios no catalanes salvo algunas excepciones entre las que cabe señalar a Levante de Castelló, un periódico que jamás le ha marcado a este opinador de mercadillo temática alguna para expresar su opinión sin poner una sola sordina a su opinión, de cualquier materia, de ordinario no alineada con la que emite la práctica totalidad de esos rotativos y también de ordinario opuesta a los manejos de los dos grandes partidos de la escena política española y al forúnculo arribista y coloidal que ha supuesto Ciudadanos.

En lo que a mi concierne, existen un millón o tres de temas de los que no tengo otra información que la que me llega y no me da tiempo a contrastar en otras fuentes, pero procuro, no siempre lo consigo, no actuar en modo loro y no repetirlo como si partiera de mí. Conocer la propia insignificancia nos hace más sabios.

Pero, a pesar de lo anterior, cómo no se van a derretir los polos si lo dicen por la tele cada día.

 

 

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