Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

“EL CATALÁN ES UN FUGITIVO Y, A VECES, UN COBARDE”

2 comentarios

Publicado en Levante de Castelló el 13 de diciembre de 2017

 

Somos nuestras adicciones. No todas tienen por qué ser perniciosas, algunas incluso enriquecen cuando se las cultiva en tierra fértil y se las peina con la saliva de mamá; otras, en cambio, alimentan ese lado turbio que creemos esconder a los demás, o no tanto. A quienes hemos sido militantes de El País, una adicción otrora saludable para que su mirada disyuntiva nos hiciera medio libres, una adicción diaria informativa que nos situó ya hace demasiados números, en la orilla de una supuesta diversidad, en ese otro rincón del ring desde el que se veía el mar, otro mar menos contaminado de pabellones de conveniencia, ahora nos repugna su lectura inercial, todavía residual de la adicción que fue.  Nos repugna observar su impudor editorial, su siembra indiscriminada e indisimulada de odio hacia lo que no es como manda el dios de Rajoy, el sentido común de Rajoy, el mensaje rancio de ese cura viejo que reside en Rajoy.

El periódico, tirado por los bueyes de su dependencia económica del poder bancario, ha focalizado su odio hacia lo catalán, sin el menor recato, trayéndolo caprichosamente a sus destacados cuando la actualidad no lo pone fácil, que no es el caso porque en estos tiempos de pretendida sutura social y territorial a través de unas elecciones, se promueve, y El País es el máximo exponente, seguir demonizando al mal catalán, al que propugna, desde sus habitaciones reflexivas y pacíficas, divorciarse de esa patria española que todo lo abraza.

A algunos, la reiteración de los dogmas nos produce un efecto propagandístico inverso al deseado por los promotores. A esos mismos algunos se nos adelgaza la fidelidad emocional hacia esta patria que pretenden hacernos pasar por madre (que se lo expliquen a los sudamericanos) y que ha demostrado ser madrastra por su desigualdad en el amor hacia sus vástagos territoriales.  Hoy, en El País, en la sección de destacados de su edición digital aparece la noticia, literal, Josep Pla: “El catalán es un fugitivo y, a veces, un cobarde”. Así, para incidir, para que no decaiga el bombardeo y que quienes lo sufren entiendan que los bíceps de la patria no se agotan por muchas repeticiones a las que los someta su disciplina vigoréxica y totalitaria.

La editorial Destino, en un alarde de oportunismo literario al hilo del predicamento que tiene la catalanofobia entre un elevado número de peninsulares y otro de “buenos catalanes”,  ha publicado Hacerse todas las ilusiones posibles y otras notas dispersas, de Josep Pla, un tipo apto para servir de inspiración al autor de aquel corrido que decía que era borracho, parrandero y jugador, una antítesis de coherencia personal que hizo de la equidistancia un mecanismo de supervivencia, algo parecido a Durán y Lleida, pero con una absorbente vocación por escribir y en ocasiones por escribir lúcido, aunque no deja de ser inherente de quienes escriben compulsivamente, contradecirse a lo largo de sus épocas.

La publicación, recopilatoria, un medio refrito de la ingente obra de Pla, no debiera, por carecer del sello de lo novedoso, sobresalir más allá de las páginas literarias de cualquier medio, pero he aquí que El País decide ascenderla y la sitúa en el frontispicio de sus noticias para que no decaiga la inquina hacia los del ala noreste del salón de España.

Sin embargo, esos impostados honores periodísticos que serían ya de por sí constitutivos de desprecio, no suponen lo más miserable del incidente porque lejos de conformarse con este estrellato inmerecido, el responsable de la edición digital, o quizá el propio redactor, domesticado ya en la dentellada certera a lo estelado, aumenta su índice de capciosidad y titula, repito, Josep Pla: “El catalán es un fugitivo y, a veces, un cobarde”, exhibiendo, por el entrecomillado, una literalidad de autor que no se corresponde con la verdad del texto tal y como se refleja, inconsciente, quizá apresuradamente, en el desarrollo de la noticia. Es decir, que Pla nunca escribió tal cita aunque se infiera de su obra.

Pero tanto el redactor jefe como el redactor subordinado conocen que solo un diez por ciento, quizá menos, de los lectores digitales de El País se molestará en profundizar en la noticia y, en consecuencia, hacen recaer toda su furia en el titular aunque sea falso, qué más da la verdad en tiempos de la posverdad, en esta época en la que lejos de penalizar a un tipo como Trump cuando miente y alardea se lo entroniza como presidente. Importa el seguir creando conciencia, consciencia, seguir empujando al elefante para que se despeñe en el precipicio de su propia insumisión; importa machacar el subconsciente, en entibar la fe con más fe, dejando el rigor para las minorías y para los frustrados.

Ese, eso es el actual El País, esa su deriva vergonzante, ese, el de la incitación gratuita al odio al mal catalán, el modus operandi que no es sino la exteriorización de un poder político y económico que trata de mantener inalterables las estructuras del mismo capital que abastece a los políticos cuando dejan de tener mando en BOE. Esa es la consigna de los medios, de la práctica totalidad, la de reformatear el disco duro del consciente colectivo a fuerza de repeticiones, el reforzar a la patria desde el odio hacia quienes pretenden emanciparse de ella.

El nauseabundo empleo argumentista de la palabra ley, la obsesión declarativa de hacerla cumplir, la recurrencia discursiva al Estado de derecho, a la separación de poderes, a la democracia no es sino un intento de hipnosis colectiva llevado a la práctica desde la colectivización ideológica por parte de ese mismo Estado de derecho instrumentalizada a través de unos medios de comunicación que han conseguido el milagro de que una mayoría del personal crea que el 155 es un artículo redactado con minuciosidad en una Constitución a la que esos poderes reaccionarios impiden reformar, cuando solo es una ambigüedad de 77 palabras que concede el privilegio de apisonar la rebeldía territorial a medida del prurito represor de un Gobierno y de un partido que se relamen en la represalia, en la mordaza, en el nepotismo y en encogerse de hombros cuando se les pregunta por lo que contenían esos ordenadores laminados a martillazos hasta cinco veces siete.

Me estoy dejando El País. Ya hace años que he reducido la dosis a mínimos, pero aún sostengo esa nostalgia adictiva a su consulta de cuando las canas solo eran algo que les ocurría a los mayores. Saldré de su influjo, de un influjo que ya no es tal. Ahora ha devenido a enervación, a latigazo que promueve mi aversión a quien trata de promover la mía. El caso es que no encuentro refugio en ningún otro de los llamados generalistas. ¿Alguien me aconseja?

 

 

2 pensamientos en ““EL CATALÁN ES UN FUGITIVO Y, A VECES, UN COBARDE”

  1. Suscribase al “ABC del PAÍS y el MUNDO”.

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