Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

MONGOLIA A LO SUYO

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Publicado en Levante de Castelló el 20 de diciembre de 2017

 

Ayer no cayó un solo copo de nieve sobre Mongolia. Ni anteayer. Hace seis días que no precipita (solo nieve a estas alturas del invierno) en un país con una superficie que triplica la de España y que tiene un presidente, de nombre impronunciable para un vallisoletano, que probablemente diga menos sandeces que el tuyo (porque su selección no se ha clasificado para el mundial) y que, además maneja el inglés, como el nuestro. Ah, no, me comunican desde control que el nuestro no, que todavía no, pero que ya sabe decir gud mornin y se atreve alguna vez con afternún cuando alude al protector solar.  En aquel país están hechos a lo árido, a lo rudo y a lo inmenso y sus habitantes, me lo dijo Pérez, que estuvo en Mongolia, no simulan caídas o lesiones, ni protestan al árbitro cuando no les conviene su decisión. Si aquel país fuera un deporte, sería rugby; nosotros, España, obviamente seríamos, somos, fútbol, sin VAR, para que no cese la picaresca que nos estereotipa y con razón.

En España cada día de los últimos quince, cien, precipitan arengas, maquillajes, promesas, amenazas y baladronadas. Focalizadas sobre Cataluña porque nuestro reduccionismo patrio nos induce a creer que Ulan-Bator vive pendiente de si mañana ganará, en las autonómicas catalanas, el sí, el no, o el sin embargo y pese a todo del PSC de Iceta (que ahora ejerce de simpático y bailón cuando hasta no hace mucho era un hombre oscuro que depuraba a los irredentos en la era Montilla). Afirmaba Churchill, o se lo atribuyen, que nunca se miente tanto como antes de unas elecciones, durante una guerra y después de una cacería. La frase hubiera querido acuñarla yo, por lo certera, pero se me adelantó el inglés y en lo que concierne a la previa electoral, atinó como pocos.

Pese a que no comulgo demasiado con las campañas políticas, ni de otra índole porque uno no profesa inclinación a comprar a quien se vende de más, no vivo en una gruta y me llegan los ecos de ofertas, rebajas y el clásico pague tres y llévese dos, sí, en política el lema es así porque el restante es para la banca, en la doble acepción de la palabra. El lunes se sumó a la campaña ese párroco rancio que siempre habita en Rajoy con un anuncio de que su Colón lava más blanco. El compromiso pasaba por incrementar el salario mínimo en un 4% para 2018, titular que se han apresurado a porcentualizar en negrita la catarata de medios afines al Régimen (El País el primero) para evitar el sonrojo que hubiera provocado el cuantificarlo en esos 28 euros en el que quedaría o quedará si se aplica, ya se irá viendo. Sí, 28 euros, esa cantidad que despreciaría cualquiera de sus señorías si viniera de pico en la asignación por pertenecer a alguna comisión parlamentaria. Para el ujier, para su nieto, que se compre chuches.

Todavía recuerdo, que tiempos aquellos los de hace poco más de un año, cuando las familias del Bergadá se hablaban entre ellas, cuando los mossos y los guardiaciviles se hablaban también, cuando Albiol y los negros ya no se hablaban, esos ya no, el día en el que alunizó Rajoy en Cataluña, con los dólares chorreando por las perneras y prometió inversiones por más de cuatro mil millones de dólares en carreteras, puertos, aeropuertos, puentes y tabernas, quizá esto último no, pero allí predicaba él, con sus dientes carcomidos, creyéndose Midas, o Carlos Fabra, o José Luis Baltar. Cuando con el tiempo olisqueó que su generosidad (solo discursiva) no fue correspondida por los catalanes, se afanó en desdecirse o simplemente en no hacer, tal y como preveía, porque decir y no hacer es el lema de todos los partidos que combaten en cada campaña para instaurar a los suyos en los vértices de legislar. Mentir no penaliza, incumplir programas menos, salvo cuando a los independentistas les da por la rajatabla y proclaman nuevos estados con tintes románticos. A mí me conmueve el romanticismo en política y por eso admiro, desde la inocencia, a quienes siguen cazando dragones más allá de Sant Jordi.

Mañana, en Cataluña, ocurrirá lo previsto, la constatación de que la naturaleza humana se presenta disyuntiva, más, incluso antagónica, incomprensiblemente antagónica todavía después de los millares de guerras, de los centenares de millones de muertos en defensa de las ideas, o de los generales, de cualquiera de los bandos enfrentados que han tenido que acercarse, que arrodillarse cuando el vencedor ha hecho valer la mayoría de sangre derramada por su rival frente a la minoritaria de los suyos, pero de los piojosos, porque pocas veces la sangre corresponde a los negociadores.

El paradigma más desesperante de la estupidez humana lo constituyen las dos bombas nucleares arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki para poner fin a la resistencia japonesa en la II Guerra Mundial. Los norteamericanos necesitaban rentabilizar el proyecto Manhattan, mostrar el músculo tecnológico y militar al planeta para reivindicar su condición hegemónica; los japoneses se empecinaron, a sabiendas del potencial riesgo de sufrir la hecatombe sobre su territorio, en mantener, sin enmendar, su condición de pueblo con honor, “kamikacista” hasta el extremo del absurdo. La testarudez de mantener su leyenda de mártires de su emperador le costó a Japón más 200.000 muertos en tres días y decenas de miles más en los meses siguientes.

Ese es el hombre, un ser capaz de erigir el viaducto de Millau y de utilizar a niños como soldados sanguinarios tras desposeerles de su infancia y su bondad natural; la única especie capaz de levantar un rascacielos de 838 metros y de cobrarse sesenta millones de muertos para que un tipo como Hitler no se hiciera con el control del universo; una raza capaz de abatir caprichosamente a un elefante o a un gorila, pero de adoptar a un perro o aplicar quimioterapia a un gato.

Lo de negociar, lo de ceder, lo de acordar previamente a la contienda, previamente a disputarse un poder potencial, es algo que no hemos aprendido con las generaciones. Desconozco si en Mongolia tampoco se lleva. Aquí impera el engallarse, el publicitar la propia filosofía como la única posible para salvar del naufragio a los mismos a quienes esos salvadores les niegan una balsa si no izan el pabellón con sus siglas.

Mañana, en Cataluña, me retomo, depreciando a las gilipolleces demoscópicas que se utilizan más para crear tendencia que para constatarla, sin apoyarme en esos emporios que facturan millones de euros en cada convocatoria electoral y que yerran y yerran y vuelven a  errar, como en el villancico, pero en la próxima se les sigue solicitando sus servicios, pronostico que la mitad aproximada del electorado catalán escogerá lo suyo, lo allí enraizado, el elevar sus esencias histórico-culturales a un nuevo marco territorial, y la otra mitad aproximada elegirá el mantener lo heredado de este país de dinastías importadas: algunos por convicción, por comulgar con los valores de España, otros por miedo, otros por inercia.

La incógnita radica en la cuantificación de “aproximada” en lo que concierne a la mitad. Bastarán unas décimas de más sobre la simetría del recuento para que unos u otros se proclamen vencedores y comiencen a anular a ese casi otro hemisferio que ha sido derrotado por la estadística.

Pasado mañana, fueren cuales fueren los resultados, la disyuntiva incluso se amplificará. La falla albertina catalana entre los que hinchan el pecho cuando suena la Marcha Real y los que lo hacen cuando ambienta Els Segadors seguirá imparable, movida por la tectónica de unas masas antagónicas condenadas a convivir en paz pero enfrentadas hasta el próximo bombardeo de Barcelona.

Mientras un babiequismo sonrojante continúa condecorando a tu presidente cuando bracea sus ocurrencias, en Mongolia sigue sin nevar y eso también me preocupa.

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