Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

SÍ, YO TAMBIÉN

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Publicado en Levante de Castelló el 27 de diciembre de 2017

 

Cuando escribo es Navidad, 25 de diciembre, el día, por antonomasia. Descendientes como país, como civilización, de la más nívea tradición judeocristiana, el mito de la Navidad, importado sin rubor desde otros cultos, desde otras cosmogonías, transportada su génesis al cristianismo por los fabricantes de leyendas de los inicios del primer milenio, no solo resiste sino que adquiere, reforzado por el consumismo de un mundo capitalista hasta los capilares más finos, una pujanza que eleva esta festividad sobre cualquiera de las restantes en el calendario y en el planeta.

Días de tregua, incluso las peores guerras se han declarado un respiro bélico por Navidad pese a que alguno de los bandos pudiera no celebrarla; días de parecerse a ese a quien se aspira a ser y no se consigue más allá de la pretensión evanescente; días de dejarse mecer por la nostalgia, de permitir el acoso de la pastosidad de esos mensajes enlatados que nos llegan al móvil y que elevan el  amor a universal, la concordia a dogma, los propósitos benignos de futuro a religión efímera que se disolverá, bien en la próxima sobremesa familiar forzada, bien cuando nos quedemos a solas con nuestra persona y nos despojemos del personaje del que nos hacemos acompañar durante estas fechas para fingir con más solvencia sobre nuestra fragilidad y muscular emocionalmente nuestras flaquezas como individuos.

Días paradójicos de abrazos y silencios, de exaltación y de intimidad, de imitación y de culto a los ausentes, de reencuentros y de hipocresía, representada esta, en su versión más castiza, más institucional, por el discurso del rey, algo tan prefabricado como Brasilia, tan casposo como el especial de Raphael (una muestra, una más, del sesgo de la televisión pública, con el prime time de Nochebuena protagonizado por una momia del antiguo Régimen que ha perdido la voz y ha ganado una dentadura), tan cínico como Óscar Wilde porque encerraba una suma/sarta de generalidades estudiadas conjuntamente por la Casa Real y por el aparato de comunicación del gobierno hasta la penúltima palabra, para hacer parecer al monarca, incapaz de construirse por sí mismo una aproximación del texto, como ese oráculo de la mesura al que se ensalza desde un periodismo ovejuno por su ponderación, por su arrojo o por lo convincente de su buena locución y puesta en escena.

Y si escribo “hasta la penúltima” se debe a que advierto que el negro que pasa a limpio las ideas o las frustraciones de los ideólogos máximos de la patria y la monarquía ha descuidado la pulcritud, quizá por las prisas, tan cercana la resolución electoral catalana, y no le dado esa última leída que acaba de abrillantar todo discurso, “…la firmeza del Estado de Derecho, y la eficacia de la cooperación internacional, podremos vencerlo y derrotarlo”, como si “vencerlo y derrotarlo” no fuera lo mismo, sin que el segundo de los verbos aporte ninguna connotación diferente al primero, redundancia que lejos de ser considerada como estilo se puede calificar como cagada oratoria. Pero al monarca, más juglar que poeta, más de leer que de pensar, no le ha debido parecer repetitivo y lo ha recitado desde su inopia, claro que esta, la de su condición de pasmarote, por Borbón, no deja de ser una impresión personal que no es compartida por una mayoría que respeta a una Corona que restauró caprichosamente un dictador hace más de cuarenta años, pero que refrendó, eso sí, una Constitución impuesta por las circunstancias y se nos blande con una insistencia radioactiva que ha prendido en el un pueblo que ha enarbolado las banderas en las barandillas.

Un Estado de Derecho, por cierto, que no ha tratado a los suyos, a su hermana, a su cuñado y a docenas de próceres de manos largas y paladares refinados con la misma agilidad penitenciaria que a los supuestos cabecillas de una revolución secesionista que han cometido la ristra de delitos que les han querido adjudicar desde el libre albedrío de la interpretación de las leyes, en un ejercicio de macartismo al que tratan de disfrazar con la alusión nauseabunda, por reiterada, por coercitiva, en todos los ámbitos, de la palabra Ley.

No voy a entrar en más valoraciones sobre el contenido del mensaje, son tantas las lagunas, los silencios, tan fragrante la transposición del ideario del PP, tantas las diferencias que me separan de tu rey que rebosarían el espacio. El desliz estilístico descrito puede considerarse una minucia que no deslegitima (ningún medio lo ha mencionado) la lectura laudatoria generalizada del oficialismo del discurso por tocar, desde la terca hipocresía de la palabra vacía, un rosario de asuntos que focalizan la actualidad y que el ciudadano Felipe hace como que se sensibiliza con ellos, al menos durante los diez minutos que duró su actuación.

Su victoria es que lo vi y que lo escuché, que incluso lo asimilé, que no pude sobreseerlo, que no desprecié con mi indiferencia el rol de figurón de un rey al que le atribuyen, desde lo alto, para irradiarlo hacia lo bajo, aquello que no es capaz de hacer por sí mismo. Es esa colectivización de la hipnosis sumisa en lo que concierne a su mensaje, a su equidad, a su moderación, a su figura basculante en definitiva, la que me frustra por insalvable, por instaurada en una mayoría aquiescente, por comprobar cómo tras centenares de años de reyes inoperantes, depravados, opulentos y crueles con un populacho galeote, no hayamos sido capaces, como país, como Estado, de sacudirnos el yugo histórico de una dinastía repleta de perfidia, elitismo e ineficacia. No es que la república vaya a modificar sustancialmente nuestro ratio de renta o de justicia, ni nuestras disyuntivas internas territoriales seculares, pero sí al menos constituiría un modelo de país ajustado a la evolución, sin el peso de la mugre de la historia.

Es Navidad y me advierto igual de colérico que cuando no transcurre en algunos de mis alegatos inmemoriales, el rechazo a la monarquía entre ellos, pero también la mención persuasiva de las leyes como sometimiento inexpugnable, leyes promulgadas por hombres, derogables por tanto por hombres también, para perpetuar el inmovilismo que tan bien sienta a las élites para continuar siéndolo sin sobresaltos, y con ellas, con su látigo interpretativo, sofocar cualquier intentona de subvertir el orden actual sin asomo algún de diálogo. O debe ser que no me sienta bien la época, que soy uno de esos que la padecen más que la gozan. O debo atribuir también mi desafección hacia el sometimiento a que, aunque la conciencia de mi fragilidad me reblandezca en alguno de los lapsos de estas fechas y me adobe con una ñoñez desalentada, mis convicciones no se dejan rebozar por el bombardeo de lo pastueño, por los buenos deseos de prosperidad que me circunvalan y que de nada servirán si no me afano en procurármela yo mismo cuando termine la Navidad y España se ponga a régimen.

Sin embargo, por tantas Navidades, y tan dispares, la mayoría adornadas con el emoticono de lo entrañable sedimentadas en mi pinacoteca de recuerdos, por esa reminiscencia de la inocencia que todavía resiste en algunos recovecos de mi yo crítico, desde esta tribuna mantenida con regularidad desde hace una década, miércoles a miércoles, teñida con la libertad de un azul de tramontana, os deseo, lectores comunes y no comunes elevados al mayor exponente, ese clásico Feliz Navidad que ni cesa ni se agota.

 

 

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