Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

LISTOS, PERO DE LOS LISTOS

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Publicado en Levante de Castelló el 3 de enero de 2018

 

Año nuevo…nada cambia. La mera intersección de nuestras vidas por una fecha concreta no debiera llevarnos a ser otros distintos de quienes somos pese a los propósitos de regeneración, de reforma, de modificar algunos matices de nuestra personalidad o de nuestro físico con los que no convergemos cuando acudimos a la reflexión introspectiva. Tras una determinada edad, variable en función de los individuos, estamos abocados a ser nosotros mismos, con nuestras imperfecciones, con nuestras malarias íntimas, y solo cabe su suavización y aun así con el fatigoso aditivo de la constancia.

2018 se parecerá a 2017 del mismo modo que este no varió demasiado de 2016. Llegará febrero, incluso todavía medrará enero, y la práctica totalidad de quienes juraron cambiar, reconducirse, adelgazar, perder egoísmo (o ganar), sacudirse adicciones o dedicar más tiempo a sus cercanos, habrán vuelto a sí mismos, a su personalidad y a su deriva vital, al menos hasta septiembre, cuando el final del verano conceda el otro pico anual de voluntad de cambio.

A la postre, el año nuevo no deja de ser un hito caprichoso, más religioso incluso que astronómico, instaurado por Julio César, que quiso reforzar con el cambio de calendario su idolatría por Jano, y refrendado para la cristiandad por un papa, Gregorio XIII, que instauró el calendario que adquirió su nombre y aún perdura. A esas reordenaciones de la cronología y el consiguiente oportunismo de los promotores de tradiciones se deben las celebraciones de la Nochevieja y del año nuevo. La nuestra, la de las uvas, a la que una buena parte de la población cree universal (solo se festeja en algunos países de Sudamérica y Centroamérica), incluso eterna, apenas si tiene poco más de un siglo de vigencia. Comerse las uvas e invocar a la suerte no deja de ser una de las múltiples supersticiones a las que nos aboca la condición humana para protegernos de la fragilidad. No en vano, saltamos las olas por San Juan, echamos monedas a pozos, perseguimos estrellas fugaces, incluso rezamos para solicitar deseos y más deseos confiando al azar o a las deidades lo que debiera ser fruto de nosotros mismos, solo que el esfuerzo, la reiteración del mismo, agota y mejor confiar en lo ajeno, en lo divino, en lo totémico para mejorar nuestro confort existencial.

No tomé las uvas, no importa demasiado la razón de esta vulneración de la costumbre. He alternado años de ingerirlas con otros de no hacerlo y no he notado beneficio o pérdida en función de esa alternancia en la tradición. No creo en las supersticiones, sí en la astronomía como la ciencia que determina la duración de la órbita terrestre en relación con el Sol y el resto de variables que nos permiten conocer nuestra exigua posición en el universo. Algunos de mis ídolos son astrónomos. Los hay de la antigüedad. Sobremanera, por la precariedad de sus medios y por el exceso de ingenio que derrocharon.

Hay que ser listo, pero listo de cojones, como lo fue Hiparco de Nicea para calcular algo tan complejo como la precesión de los equinoccios ya en el año 127 a. C.. Un concepto del que la mayoría constitucionalista de este país apenas si ha oído hablar, y menos explicarlo. Descubrir que los equinoccios no son fijos, que el eje de la Tierra también tiene su propio movimiento, calcular, además con precisión, la distancia de la Tierra a la Luna y dividir el planeta en meridianos y paralelos y alguna que otra nimiedad más como la invención de la trigonometría, elevan al personaje a mis altares y hacen que sonría con estrépito cuando los medios, o ls votantes, alardean de la astucia del presidente, o de lo cultivado que está el rey (continúo, en este 2018, con parecidas fijaciones que el año anterior, solo que, para mi defensa, yo no he formulado propósito de suprimirlas, siquiera de diluirlas)

Otro listo, pero listo más allá del cum laude, fue Aristarco de Samos, ejerciente tres siglos antes del inicio de la era cristiana, quien contraviniendo la…lógica imperante entrevió que el Sol era el centro y la Tierra no, que esta tributaba en su órbita al astro rey y no ocupaba una posición esencial en el entonces llamado éter. Además, esbozó la distancia entre nuestro planeta y el Sol, su tamaño, valiéndose solo de la observación. Cuestionar lo establecido, lo que la teoría geocéntrica postulaba le granjeó severas críticas y desafecciones de sus contemporáneos, del mismo modo que nos ocurre a quienes entendemos que la recurrencia a la ley para condenar cualquier oposición activa a esta constituye un refugio para quienes siguen afirmando, no sé si metafóricamente, que la Tierra es plana, que España deberá ser una y solo una por los eones de los eones. Y que cumplir la ley, una ley acomodaticia y polvorienta emanada de la necesidad de un tiempo prescrito como es la actual Constitución española, representa el único destino en lo universal y todo cuanto la subvierta, incluso razonadamente, arderá en la pira del continuismo y sus contraventores colgados del palo mayor del derecho.

Otro de mis listos favoritos precristianos fue y es Eratóstenes, un sabio inconcebible para su época por ser capaz de calcular, con tan solo un uno por ciento de error, la circunferencia terrestre, magnitud que resulta desconocida para el común de los listos de tertulia de cada día que nos dan lecciones de unidad, civismo y sumisión hacia la parte contratante. Además, aquel griego nacido en la Cirenaica (actual Libia) mejoró y mucho la apreciación de la distancia Tierra-Sol y otras heroicidades menores que de darse hoy valdrían un premio Nobel cada una de ellas, máxime valiéndose de una precariedad instrumental que abarcaba poco más que sus ojos.

En el presente existen seres tan listos como aquellos pioneros del saber, humanos que hacen evolucionar a las civilizaciones con conjuros cercanos a la magia que nos interconecta en apenas un parpadeo sostenido, pero pocos gozan de un espacio en nuestros imaginarios y apenas conocemos sus nombres, sus teorías, la singularidad de sus córtex frontales. Sin embargo, en este mundo que no ha perdido su etiqueta de perverso, conocemos, hasta la náusea, cualquier acción, cualquier declaración insulsa de quienes están al mando de los hilos que nos mueven. El que el tu presidente del gobierno inauguré un puente con su estilo de tontaina aderezado con la lectura de un discurso elaborado por otro, goce de unos minutos inmerecidos en cualquier telediario mientras se omiten los nombres del equipo de ingenieros supone un ejemplo incontestable, o no, de la argumentación que aborrece los protagonismos aduladores. En la tradicional placa figurará el nombre de Mariano Rajoy como el inaugurador y poco más. Y por esa paradoja de lo propagandístico, por esa sublimación de lo mediocre, por esa intrusión de la política en mis digestiones es por lo que me estoy quitando de los telediarios, de las opiniones ajenas y me cobijo en los clásicos, y en los contemporáneos, que me maravillan con su capacidad para hacer de lo imposible lo cotidiano.

Por encima de digresiones, buen año a esos congéneres que me mejoran la vida y, sobre todo, buen año a quien lo necesite.

 

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