Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

MATAR AL TESORERO

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Publicado en Levante de Castelló el 17 de enero de 2018

 

En la tabla de elementos de las declaraciones de cada día, el padrenuestro de la Justicia se sitúa entre los más pesados. Satura tanto como sonroja escuchar de las bocas de cualquier político con presencia en cámara o en tertulia, con alguna portavocía de lo demagógico a su cargo -bocas que se pretenden igual de puras que las que exhibían sus antecesores-, aquello de que recaiga sobre los delincuentes, sean corruptos del partido de enfrente (rara vez del nuestro) o bandoleros de nuevo cuño, todo el peso de la Justicia. Suelo rebuznar un amen íntimo cada vez que resuena la expresión y últimamente lo hace con una frecuencia preocupante para mi ateísmo.

Tener razón a destiempo a menudo presenta más inconvenientes que no tenerla, incluso que la causa quede en el limbo de lo incierto. Trece años después, cronología que dice bien poco en favor de una Justicia a la que los respectivos gobiernos no modernizan ni dotan ni desanquilosan si el verbo existiera, precisamente para favorecer esa lentitud tradicional, trece años después, insisto, el caso Palau ha sido padre y la sentencia ha condenado a los pringaos de turno, incluido un tesorero, cuando ya las estadísticas de vida les conceden poco crédito. Casi lastima comprobar la senectud de unos señores convictos a los que la judicialización de su vida les ha musculado la vejez.

Por encima del choriceo extorsionador de la derechona tradicional catalana que ahora parece, por esa rolada independentista, colega de borrachera de la CUP, se evidencia que el cacareado por todos peso de la Justicia solo salpica a los colaterales, a los mamporreros, a quienes sirven de instrumentos a los que verdaderamente manejan el índice y el pulgar para señalar, deponer, manipular, enriquecerse o cualquier otra acción que implique tan solo mover un dedo. Asombra poco y sonroja más el que ninguno de los políticos de la antigua Convergencia haya sido ya no solo condenado sino siquiera encausado. Trece años conceden la holgura temporal suficiente para disolver en la historia la radioactividad, el partido y para que la diáspora resultante de corruptos y corrompedores prescriba, sedimente, se volatilice y les pille a todos los que un día presumían de seny y de sí mismos con los hombros encogidos por la inopia adoptada como doctrina y como testimonio.

Trece años más viejo también es aquel Jordi Pujol (y su camada) que ha perdido los galones de héroe y envejece entre los escupitajos de los incrédulos que un día fueron sus incondicionales, pero con la garantía de que la muerte le sobrevendrá, a sus años, antes que la cárcel; un Jordi Pujol que, habiendo sido el padrino plenipotenciario del partido convergente, ha tenido la suficiente información confidencial para no dejarse sentar en el banquillo y proteger a su ahijado Artur.

No, no crea el lector habituado a mi defensa de la voluntad de un pueblo, el catalán, incluso de su derecho a cuestionar, desde la añadidura del pacifismo y de la mayoría (si se produce), las leyes, por muy leyes que sean si las considera inadecuadas, obsoletas u opresivas, que ahora me he vuelto rana a la espera de príncipe españolista que me desencante, no. Lo ocurrido con Convergencia no afecta al maremágnum catalán más allá de la pirotecnia de momento, la sentencia solo reafirma la exteriorización de la condición humana, en todas las épocas, en todos lo regímenes, de cualquier naturaleza ideológica que ha detentado el poder durante el tiempo suficiente para hacer sentir a sus ejercientes como invulnerables y creer merecer más de lo que las leyes retributivas establecen para los servidores de lo público.

Sonroja, y abuso del verbo, la cacería que los medios cautivos de lo castizo y español han hecho de la noticia, su preeminencia, el superávit de tiempo dedicado en los telediarios y los latiguillos zaheridores que han dedicado a la sentencia los pitbulls entrenados en el mordisco opositor.  ¿Sucederá lo mismo y con la misma saña cuando el juez condene a Álvaro Correa y sus chamarileros a enésimos años de prisión? Tengo la urticaria de que cuando esto ocurra se aludirá por parte de los portavoces del mañana a que estos señores nunca han sido militantes del PP y que los otrora dirigentes del PP valenciano, por precisar caso de resultar condenados también -aunque más levemente por ser vos quien fuiste-, ya no viven con nosotros, se mudaron hace tiempo de nuestra cúpula de cristal a la jurisdicción del anonimato y si un día fueron poderosos ¿quién se acuerda? Y aun así, el máximo artífice del conglomerado, el que señalaba, en los tiempos de navieros y constructores dorados, el que deponía o encumbraba, aquel San Francisco Camps que devino en perturbado si es que no lo estuvo desde sus comienzos, solo comparece en la causa del Gürtel valenciano, al igual que Mariano en las suyas, como testigo, mientras su tesis doctoral que a nadie se le escapa fue elaborada por un negro, permanece bajo llave por un privilegio inconcebible ¿constitucional? Me permito unas carcajadas como adorno retórico.

¿El peso? ¿La Justicia? ¿Recaer? El sonrojo ha dejado paso a la tristeza y esta a la indefensión, y esta a su vez a la frustración resultante de la pretensión institucional de hacerme comulgar con ruedas de democracia y que solo disponga de un voto para apedrearla. Y no, no es que pretenda acaparar más de uno, solo que el voto no es sino una herramienta de división, incluso de ninguneo que convierte al ciudadano en mercancía, al hombre en objeto de conversión continuada a la causa de los predicadores que hacen de la repetición, arte o ciencia, según escuelas.

Las causas masivas todavía abiertas por corrupción, ocho, diez, trece años después de que sucedieran los desfalcos, las razzias más propiamente, en Madrid, en Cataluña, en Andalucía, en Baleares, en Valencia, se saldarán con la condena a los intermediarios y a los tesoreros para dar sensación de gravidez judicial. Lejos de ser condenados por su indispensable liderazgo en los hechos juzgados, los Rajoy, Aznar, Chaves, Griñán y docenas y docenas de políticos en activo que paradójicamente, como sucede con los dos primeros, se permiten dar lecciones diarias de ética, señalarán a sus tesoreros de antaño como los inductores, los artífices y los organizadores de las respectivas tramas y harán como que depuran la corrupción, como que legislan contra la corrupción, como que alancean a la corrupción, mientras idean nuevas fórmulas de compensación personal todavía no identificadas que completen lo que la oficialidad de la retribución, parca para sostener un determinado nivel de vida, no concede.

Con la sentencia del caso Palau y con la venideras queda demostrado que la de tesorero es una profesión de riesgo y que matar a algunos se ha convertido en deporte expiatorio de quienes entienden que si pueden manipular el nombramiento de jueces y fiscales, cómo va a recaer sobre ellos ese peso justiciero que declaran con esa levedad que sobrecoge a quienes nos sabemos frágiles, subversivos pero frágiles a la postre.

Matar al tesorero, y dejar caer a algunos, pocos, de los suyos, iconos del alarde (Fabra, Matas y escasos más, todos segundones) ha sido la opción escogida por los mecenas de la corrupción para escapar no solo airosos de la pira sino incluso ejemplarizantes.

 

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