Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

“LA PRENSA DEBE SERVIR A LOS GOBERNADOS, NO A LOS GOBERNANTES”

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Publicado en Levante de Castelló el 24 de enero de 2018

 

Mirar al mar, pese a la costumbre, cuando la fijeza es introspectiva y analítica, proporciona un sentimiento de insignificancia que, lejos de ser dañino para mi naturaleza de hombre ametrallado por las dudas y tendente a la libertad como máxima aspiración de este tránsito biológico al que llamamos vida, legitima el espíritu y ahuyenta algunos dramatismos íntimos que resultan no ser tales, o risibles cuando se aplica la lente comparativa adecuada. De hecho, durante el tiempo que me ocupa la escritura de este artículo, se habrán sucedido no menos de cinco avalanchas de nieve en unos Alpes sobrecargados y tres descamisados, dos asiáticos y una africana habrán fallecido como consecuencia de una picadura de serpiente.

Acabo de recrearme en el mar, acontece una de esas mañanas esplendorosas con las que el Mediterráneo suele obsequiarnos en la práctica totalidad de los eneros y las máximas se enfilan por encima de los 20 grados (donde vivo y en lo que va de siglo, todos a excepción de 2017) aunque los milenaristas traten de inocularte que esta benignidad inusual no es sino la avanzadilla del apocalipsis atmosférico. La percepción de ese sentido de lo nimio frente a la enormidad solo la obtengo frente al mar en las horas diurnas y cuando me encaro con el cosmos en el descuido de alguna noche. Y lo consigo incluso si el mar, como es el caso, no luce la musculatura de los océanos y abarca una extensión discreta como la de este Mare Nostrum gestante de culturas y ciudades casi estado. Durante la última hora, un norteamericano, un abisinio y dos chinos se habrán dejado morir por atragantamiento.

Sobrecoge meditar que tras la línea del horizonte marítimo solo hay otra línea desconsoladora del horizonte y así hasta que irrumpen las Baleares si descartamos la modestia rocosa de las Columbretes. Esa percepción sostenida de lo ingente, insondable en el Pacífico, no se da en tierra puesto que los horizontes conservan la finitud de la geografía y truncan esa aproximación a lo infinito. Algún hipopótamo acabara con la vida, durante el día de hoy, de un africano poco precavido.

Mientras contemplo la ausencia pacificadora de oleaje, Rajoy y sus prosélitos, entre los que no atino si incluir o no a Ximo Puig, un mesías de la supervivencia política, deben de estar próximos a Castellón a bordo de una nueva extensión del AVE. Se han montado en el tren sin rubor alguno a pesar de la tardanza en la ejecución de las obras, de los conflictos horarios causados a los usuarios del servicio de cercanías durante años, y pese a que la velocidad del trayecto Valencia-Castellón será más propia de guepardos que de trenes presuntuosos, pero aun así persisten en su idiotez fotográfica y se han vinculado con las hemerotecas con un posado entre vergonzante y ridículo. Ocho desahuciados por la fortuna han naufragado para siempre en algún mar del planeta en los últimos sesenta minutos, sus nombres no importan.

Rajoy parece una reproducción barata de Pinocho, por una sensibilidad para con los problemas que no afectan a su supervivencia cercana a la de la madera, por su proverbial y contumaz inclinación a la mentira y por su naturaleza de marioneta puesta de manifiesto cuando bracea con ese artificio de polichinela envejecido, movido por esos hilos intangibles de asesores con mando en su mente y su ideario y por banqueros con mando en deuda. Y si establezco esta comparativa se debe a que mi asombro se desborda cuando se presta a realizar un trayecto que solo le debiera conceder un honor efímero fotográfico y que pudiera derivar en la continuidad de ese transfuguismo electoral de quienes se han ido convenciendo que la versión 2.0 del PP se llama Ciudadanos y mantiene el mismo espíritu represor hacia el diferente. Un anciano se suicidará en su España hoy asfixiado por su propia soledad terminal sin paliativos del sistema.

Soy un encarnizado, o encabronado, defensor de las causas perdidas y confieso que al margen de la pobre credibilidad política que me pueda procurar Puigdemont, me divierte y hasta me admira la astucia huidiza de un catalán del que repiten su nombre en las emisoras de radio y las televisiones, siempre con ánimo de zaherirle, con una frecuencia superior a la de las muertes que la malaria causa a los niños en África.

El Gobierno, enfurecido, también encabronado porque el presidenciable ha escapado a todas sus persecuciones, insiste en instigar a la parte que controla de la Justicia para que curse esa orden de detención extramuros patrios, y a través de unos medios de comunicación vomitivos en su mayoría (este en el que publico es una excepción porque permite que una columna como esta, contundente de ordinario contra aquello y aquellos que tratan de domesticar voluntades, conciencias e ideologías haya cumplido ya diez años),  mantiene una campaña de desprestigio, de creación de reputación de apestado y redunda y ruge a cada intervención con el concepto de transgresor legal, retorciendo el término “ilegal” hasta acomodarlo en la hipnosis colectiva de una sociedad construida por los medios. Una reiteración que provoca el desprecio de este medio columnista hacia una manada de fundamentalistas de la patria suya que descontenta con el anterior sistema de libertades ciudadanas, promulgó (porque antes era ilegal) una nueva Ley de Seguridad Ciudadana a la que popularmente se alude como Ley Mordaza. Así es la ley que manejan quienes la blanden, antojadiza, maleable, mudable, propagandística y sobre todo interpretable por quienes timonean los órganos de su interpretación.  No se me olvida relativizar que durante este párrafo no se ha extinguido oso polar alguno.

Celebro que Puigdemont, por encima de su deriva personalista y mesiánica, despierte la mordedura de un Gobierno nada acostumbrado a dialogar; la de otro partido, Ciudadanos, que saliva por ser el protagonista del próximo Gobierno y la de un PSOE que anda itinerando en círculos por un Teneré extrañamente repleto de tréboles deshojados por tanto uso previo, confundiendo a los suyos por la transgresión de lo que un día plantearon como indeclinable, pero que el tiempo y el cálculo político han acabado pervirtiendo en lo originario y los noes furibundos han acabado derivando en quizás y los quizás en síes. Una bendita manada de lobos acaba de despedazar un alce en Yellowstone, lo trófico encadenándose para la conservación.

No quiero despedirme sin citar a Spielberg y a sus Archivos del Pentágono. Y no traigo a escena la película por sus calidades cinematográficas, que podría, sino por una única frase que me dejó noqueado y avergonzado “La prensa debe servir a los gobernados, no a los gobernantes”. Y se me fue el santo al infierno de El País, al de la Cope, TV1, Antena 3, y al de tantos otros lamedores mediáticos de sus deudas que se rebozan en el fango sumiso de la subsistencia despreciando a quienes acampamos al otro lado de su doctrina burda, desprovista ya, con el peso de la dependencia, de cualquier sutileza desinformativa, servil a amos y a voces.

Desconozco si el periodismo de élite norteamericano gozará del descrédito del español, pero el de aquí no puede ser más fraudulento con la verdad que desprende una calaña política de barrio alto, que miente incluso más que obvia sin que las urnas les cobren el rédito de sus mentiras. Es cierto que algún brasileño con ambición maderera talará hoy un gajo más de Amazonía, pero no lo es menos que en Siberia la taiga crece y crece y compensa otras erosiones de la biomasa.

El mar asiente, contingente, amistoso siempre, sicólogo y preclaro en su absolución hacia mis cuitas. Y relativiza sabedor que todo empieza y termina en él.

 

 

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