Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

PERROS Y PRESA

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Publicado en Levante de Castelló el 31 de enero de 2018

 

Asisto, consternado, pálido por el rubor, al bochorno nuestro de cada día. De un lado el Gobierno de esta nación dual, Puigdemont del otro. Un colectivo contra un hombre, el despliegue de la maquinaria, costosísima (la malversación, entendida como delito, siempre se proyecta en los demás), del poder para impedir que un solo hombre, por los cojones mancomunados de Rajoy, Zoido y la repelente niña Soraya, se inmiscuya en España o en Cataluña, que ya no monta tanto, tocado con una peluca sustitutiva de su pelo encastrado, emulando a Santiago Carrillo cuando todavía resoplaban en el ambiente los taconazos de la marcialidad en los cuarteles.

Año 1976, la misma España imperativa y vergonzante que la actual, con los hijos de aquellos tardofranquistas ejerciendo ahora el arte de la represalia, alardeando de un estado de derecho en el que la fiscalía solicita, para el asombro de quien entendemos que la actual justicia española es un agujero negro, porque así se lo aconsejan, el sobreseimiento del juicio al PP por la destrucción, 35 veces azarosa, de los ordenadores de Bárcenas que no eran de nadie. Lo de la actual fiscalía, como Institución judicial española, representa la más burda sumisión del poder judicial al legislativo desde los tiempos de Fernando VII, por hiperbolizar, seguramente no sea necesario remontarse tanto en la historia para toparse con tanta subsidiariedad con apariencia de legalidad. Si esa, la de la felación sostenida de la fiscalía hacia el Gobierno, es una evidencia del sistema, me declaro antisistema para no ser cómplice pasivo de semejante espectáculo erótico a plena luz del día.

En la otra esquina del cuadrilátero, Puigdemont, aspirante a mesías y a Houdini a la vez, empecinado en ser yo sobre todos los nombres, dispuesto a convertirse en mártir y en cruzado, en cura y campanero, absorbido por su propio personaje, desconozco si consciente o no de que su personalismo solo aviva el odio paranoide de un gobierno con un líder vodevilesco como Rajoy al que solo le queda el bastión de Cataluña para no despeñarse electoralmente, porfiando en conservar ese regusto franquistoide que ha conseguido que el español vibrante de secano aborrezca a lo catalán por cualquiera de sus poros.

Más allá del respeto democrático (inexistente) hacia el voto del ciudadano catalán por parte de un gobierno que destila iracundia, más allá de valorar una tregua dialogada, más allá de que quienes escribimos desde una silla aislada de lo áulico, influenciados por nuestras lecturas, nuestras escuchas y nuestro escoraje ideológico desconozcamos los entresijos de una realidad que se nos esconde, se advierte que el conflicto poco tiene que ver ya con la independencia de Cataluña porque se ha convertido en una pelea, desigual, de dos hipopótamos pugnando por la supremacía de su tramo de río, o de fango. La contienda se resolverá a favor de un Gobierno que tiene todo mi desprecio por ese mantenimiento de la persecución hacia esa mitad de Cataluña que piensa en catalán, como único recurso de su supuesta condición de garante del equilibrio de un país y sus territorios.

El hecho diferencial de Cataluña, con una población estadísticamente dividida entre lo propio y lo de todos, es innegable, por razones que han sido analizadas hasta la baba, pero lo que socava mis cimientos democráticos es la aversión del Gobierno a considerar el diálogo como una de las vías para aproximar posturas disyuntivas. Rajoy y sus mariachis, porque hay que ser muy mariachi para alinearse con un pterodáctilo como el pontevedrés, han optado, desde el primer aleteo de independencia (allá por la impugnación del Estatut) por disparar al pianista para que no siga interpretando cualquier partitura congraciada con la libertad de elección, apelando a esa Ley, en genérico, que no se privan de transgredir cuando se trata de hormonarse económicamente, bien por lucro personal, bien por lucro electoral. El que un partido como el PP invoque nauseabundamente a la Ley y que la opinión pública haya tragado con esa cantilena cuando en su histórico acumula unas reservas de delincuencia rayanas en lo escatológico, representa una perversión de ese sistema al que no quiero pertenecer si mantiene esas premisas.

Lunes por la tarde cuando escribo. Hubiera podido abordar docenas de temáticas, quizá alguno de mis recurrentes atmosféricos purgativos: las nevadas de Irán, o de Shanghái, los -50 de algunos observatorios chinos, la desolación de la España vacía, o la inminencia de la revolución del grafeno, incluso lo absorbido que me tiene -modo sarcasmo on- el niñerío de esta Operación Triunfo cuya cursilería ocupa más minutos de telediario que la corrupción del PP, pero también a mí me atenaza esa misma pancreatitis que a tu Gobierno y me rezuma la aversión hacia los que debiendo resultar ejemplarizantes solo exhiben la coartada de la ira para congraciarse con su ADN represor y con el cada vez, esperemos, menor reducto de sus votantes, y he acabado por gravitar hacia lo catalán y lo español, una semana más.

En estos momentos el presidenciable catalán, escogido en su condición de cabeza de lista de una formación que cuenta con los apoyos suficientes parlamentarios, un principio básico de la democracia que el TC se ha pasado por la fosa de las Marianas, urgido por un poder político despechado, debe andar urdiendo algún número circense que agrande su excentricidad, insostenible y perniciosa para Cataluña y su proyecto de país. No descarto un efectismo de última hora, ese giro inesperado que debe tener todo thriller  o novela que se precie, ese golpe de efecto descacharrante de un hombre atrapado por sus dudas y su ego y al que no pocos de quienes entienden Cataluña como país lo acusan de “haberse cagado las bragas”, o el tanga, para modernizar la expresión.

Para completar el elenco del sainete nos resta la niña Arrimadas, pija irredenta de tono aflautado que papagayea la lección aprendida y que cuando la sacan de su piscina de olas prefabricadas y chulis y la arrojan a otros mares con olas auténticas, zozobra en su condición de pava metida a política, ocupada de mutar al son de su líder y su partido. Y tartajea, e improvisa, y la oratoria le sale balbuciente y se agarra a la tabla del entredicho para sobrevivir.

La estrategia de cartón-piedra de Ciudadanos, un partido hecho de retales, de tránsfugas, de restos, de los decimales sobrantes de pi, no es sino la de posicionarse en el lado del espectro político que más desconchones presenta para atraer a esa masa que no entiende ni de vientos ni de rosas. Si Groucho Marx viviera, fuera español, no rezumara genialidad y estuviera tan borracho alguna noche como para adentrarse en política, el líder de Ciudadanos no sería Albert Rivera sino Groucho.

Hace ya algunos años escribí que Ciudadanos era humo. Pese a su proyección electoral estatal y tras su éxito en Cataluña sigo pronunciándome de igual modo, porque la metáfora de ese humo acomodaticio, casi invisible, que se dispersa entre los alveolos de un pueblo desconcertado ante la deriva de un PSOE desdibujado ideológicamente y la desvergüenza de un PP que jamás reconoce sus faltas y sus delitos (me sigo resistiendo a pensar, aunque cada vez menos, después de contemplar los 22 coches aparcados frente al palacio de  San Telmo, en la pantomima de la reconciliación entre Susana y Pedro, que, al menos a nivel orgánico son la misma cosa), se adecúa a su naturaleza de partido mutante que gira levógiro o dextrógiro, según convenga, según hemisferios.

Esa parece ser una fracción-facción electoral del porvenir, la de Ciudadanos y la pija niña Arrimadas jugando a las cocinitas con la política. Un alivio para quienes andamos perdidos en ese asunto tan sacro, dicen y yo me jacto de lo contrario, de nuestra delegación de voto: democracia representativa, lo suelen referir.

Puchi, sorpréndenos, estoy contigo pese a tu desaliño interior, porque quienes hacemos de la libertad personal algo innegociable no podemos estar del lado de estos alquimistas de salón que intentan transmutar su odio en democracia y no, el truco no les funciona conmigo.

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