Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

PROTESTAS DE PELUCHE

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Publicado en Levante de Castelló el 7 de febrero de 2018

Llegó un momento en que nos hicieron creer que para sumar nuestra solidaridad a la de las causas que considerábamos injustas bastaba con clicar la comodidad de un “me gusta” en algún muro denunciador de las redes sociales mientras veíamos, y lo continuamos haciendo, OT, Sálvame, Netflix o insultamos a Piqué por ser bocazas o catalán, la mayoría por ambos complementos y provocados por el continuum informativo al que un vergonzante periodismo deportivo escorado a la dependencia financiera someten al futbolista del Barça.

Seguimos igual. Las redes sociales, su proliferación, pese a parecer lo contrario, pese a semejar un foro omnisciente de igualdad en el que verter nuestros reproches cotidianos, nuestros vómitos y nuestras naderias, nos han hecho acomodarnos en la trinchera de nuestros dispositivos tecnológicos y solo los más incendiarios se atreven a traspasar la frontera acomodaticia del “like” y comentan, sin sordina precautoria algunos, aquellos aspectos que les provocan arcadas ideológicas, intelectuales, judiciales, periodísticas, deportivas, conductuales y viceversas. Esa es la máxima barricada al alcance de nuestro confort, el mayor activismo de una mayoría social medio amortajada que pese a estar desencantada de unos y de otros, continuará votando a otros y a unos porque entiende, instigada por los receptores de ese voto, que su otra palanca de transformar sociedades se cimienta en la inserción de su papeleta en una urna diseñada por esos otros que no son tú, ni yo, ni siquiera las mayorías resultantes, desoirán antes incluso de que toque fondo, nuestros anhelos implícitos en esa papela y los elegidos jugarán a pactar con quienes puedan garantizar su propia hegemonía, siquiera su supervivencia, ajenos a programas, a coherencia, a compromiso, excretando aforismos, eslóganes, convicciones e intenciones a los que ridiculiza la hemeroteca al poco, sin que ese descrédito del a posteriori produzca ni dimisiones ni siquiera rubor en los cazados en sus propias mentiras.

Los políticos, los de la primera esfera, esa en la que se confunden y se entremezclan la energía, los decretos dirigistas, la represalia al díscolo, los magistrados, el rey, los himnos, los negocios y la Guardia Civil, han acabado por aceptar que las redes sociales constituyen la mejor de las anestesias sociales para que el pueblo, el populacho como lo deben referir ellos tras la tercera copa de Macallan con cargo a presupuestos, se desfogue sin mayores activismos y vocifere y se desgaste  en discusiones bizantinas mientras ellos siguen troceando y devorando el mismo pastel exclusivo de todos los siglos que este país acientífico del que uno se avergüenza demasiadas veces de que exhiba su unidad histórica como máximo valor para su defensa per se.

Le basta al ejecutivo con poner a husmear a docenas de espías a sueldo camuflados de tuiteros o instagramers para, de tanto en vez, escoger uno, de trayectoria progresista rayana en la anarquía, con miles de seguidores, y escarmentarlo pública y judicialmente en virtud de esa ley Mordaza que todo lo absorbe y lo interpreta a conveniencia del legislador.

Suele el señalado, en no pocas ocasiones, haber vilipendiado explícitamente a esa Corona vergonzante que come la sopa en un plato servido por mucama y flanqueado por la cortesía de dos platos más en un ejercicio impúdico de propaganda visual que incluso lleva a henchir el pecho a los monárquicos de a pie, obnubilados por lo monas que son las niñas y por lo modosas (y atildadas) que se comportan en una escena “cotidiana”.

Desoyen los jueces, y más todavía los fiscales, que a menudo exhiben el pin del PP en la solapa, los argumentos defensivos del finalmente encausado y de poco le sirven para evitar multa y condena (y antecedentes) las alusiones a la pobreza de tantos, al parasitismo de la monarquía como institución restaurada por un dictador y a la corrupción y a la vida licenciosa sostenida del anterior rey que siempre se nos trató de presentar por esos políticos de la primera esfera con el ariete de los medios de comunicación a su servicio, como poco menos que el alter ego de San Francisco de Asís o cualquiera de los cientos de santos y beatos a los que tanto les rezan quienes detentan los mazos y los BOES.

Pero al margen de estas incursiones en la virtualidad, siempre con ánimo sancionador, nunca pedagógico, del Gobierno, y con la anuencia silenciosa de una oposición que aspira un día a ser ese Gobierno y poder controlar igualmente a sus vasallos, para que el personal no se crezca del todo en las redes sociales, han entendido que su expansión es saludable para que las protestas por cualquier desajuste, por grave que pierdan el fuelle apenas exteriorizadas en redes, que el tumulto que ocasionan ni siquiera se proyecte en los bares, menos en manifestaciones y mucho menos todavía en campañas de resistencia activa y epidérmica.

Por si no bastara con ese activismo pasivo, hace un tiempo, no demasiado, se introdujo lo del lazo, multicolor, según causas, bien en muro, bien en solapa. No deja de ser el símbolo una extensión de esa pasividad solidaria, trufada si se quiere con un ápice de física, por lo tangible del lazo, que ni provoca alteración alguna en los semblantes de los gobernadores y que sí, que declaran también sus compromisos verbales con las causas defendidas (salvo la que viene coloreada de amarillo), pero que no sustancian sus palabras con diálogo, acuerdo, leyes y financiación. Aguardar aguantando.

Nuevas versiones iconográficas de la simbología de la reivindicación: los vestidos negros, los abanicos rojos y otros objetos de merchandising social se abren paso en un ejercicio continuado de creatividad diferenciadora, vistosa, estéril ya a medio plazo, propia para publicistas y periodistas de lo rosa, pero que nace desarticulada apenas iniciada por la propia naturaleza humana y por el poder omnímodo que detentan los gobernantes frente a un populacho domesticado por el cansancio que produce mantener activa la lucha armada de la razón.

Pero a lo que realmente temen los gobiernos es a las tiendas de campaña sostenidas, a los embriones de revoluciones venideras, a que los súbditos obtengan información desde fuera de los circuitos bajo su control, a la extensión a las calles de las redes sociales, a los medios extranjeros dando fe de esa verdad que se camufla en los españoles y que disiente de las versiones oficiales, de ordinario trufadas de interés; a las barricadas, a los tumultos, a las protestas de toda la vida, con embozos, piedras, palos y cócteles. Y a pesar de esos recelos prevalece el ADN histórico gubernamental de enviar a la Guardia Civil a repartir mandobles a quienes intentan fabricarse otro país, por encima de esas leyes eternas que los acorazan y por las que los españolitos de adoquín son capaces de clamar “a por ellos, oe, oe, oe”.

Mientras las movilizaciones las conciten los niñatos de OT, las celebraciones de un ascenso a segunda del club de la ciudad, o la visita del Papa, el Gobierno, los gobiernos sucesivos se complacerán al observar cómo los muros de Facebook se llenan de indignados de salón, en pantuflas, con la voz airada de los apredreadores de peluche.

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