Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

CUANDO EL HIMNO SUENA, PATRIA LLEVA

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Publicado en Levante de Castelló el 21 de febrero de 2018

Hay que ser muy español, transcurrir muy necesitado de patria, ansioso por ampliar el vuelo y el revuelo de las banderas rojigüaldas que todavía penden de las balconadas, ganoso de gritarle al planeta lo muy ibero que suena tu país, España, para sin siquiera analizar la letra  tras leerla en cualquier pantalla, ponerse a mugir como becerros ciegos con solo escuchar el truño de himno que una tal Marta, quizá necesitada de una repercusión musical que sus cualidades vocales ya no le prestan, ha interpretado con un deje marilinesco para que el aborregamiento mediático de esa raza que se peina con gomina y que glorifica mimética a la Guardia Civil y a la Legión, eleve su oportunismo a la categoría de idilio nacional.

Nunca ha sido la otrora más explosiva incluso que rubia, que hizo apología de su imagen de chica sexy, y del deseo masculino su principal activo musical, mi musa carnal o polifónica, pero ahora, con este chute de españolidad superlativa en forma de himno con el que su estratega del marketing ha relanzado su carrera, mi indiferencia hacia ella se ha vuelto un poco más despreciativa.

Subsiste en los ambientes mesetarios, los geográficos y los metafóricos, el espíritu del a por ellos. La cacería sigue presentando ribetes de odio hacia lo catalán y sonroja el constatar como el poder judicial, o se ha arrodillado frente a las exigencias más ultras que postulan el “delenda est Cataluña” o está poseído por parecido furor persecutorio que el gubernamental hacia aquellos que solo propusieron que los suyos pudieran decidir, unilateralmente (lo del referéndum), porque este gobierno de opusianos y a la vez hijos de la estirpe, jamás hubiera permitido un solo intento de prospección de la fortaleza patria en los subconscientes que viven en algunas periferias fronterizas con el mar.

La explosión de júbilo proveniente de los altos muros de las patrias suyas ante un inesperado regalo en forma de letra del himno nacional, el mítico chunda-chunda, ha sido de tal magnitud que personajes tan entregados a la baba azulona como González Pons, Pablo Casado, Albert Rivera y otros adláteres de un populismo español, han desenfundado súbitamente sus alabanzas poseídos por ese superávit de España, para contraponerlo a la sedición rebelde de Cataluña que circula por sus conductos venosos. Solo me conforta el que Rajoy haya manifestado públicamente su adhesión a la causa musical del himno de Marta Sánchez, o de su negro, como hizo con Camps, Fabra, Mata, Rita y tantos otros que ahora vagan por las cloacas de la indiferencia o incluso pacen bajo el mármol gélido del olvido, inminentes las fallas y los balcones atestados.

A mí, que me he ido volviendo, o pretendiéndolo, libérrimo con los años, que me he situado enfrente del sistema si el sistema es este que controla el orden y la intensidad de las noticias, que no solo no condena la mentira, sino que la condecora; el mismo que desatiende al desahuciado social, el que sobrevuela sobre la igualación de la riqueza, el que hace de lo electoral prioridad, el que se ha blindado contra el malestar de quienes apenas si tienen voz, un sistema sordo que aparenta ecuanimidad en los tribunales, pero después de acomodarlos a su antojo ideológico; un sistema que prorroga, sine die, una Constitución adversa para el modesto y tan ambigua que permite desarrollar artículos (155) a criterio de quienes percuten contra los contestatarios sin importarles otros matices que los derivados del aplastamiento; un sistema que posibilita que un tipo tan mediocre, falaz, nepotista y desmañotado como Rajoy encabece un Gobierno; a mí, introducía, me produce uno de esos sonrojos sin retorno el que esta letra de un himno que uno siempre ha asociado con los regímenes totalitarios que han precedido a la democracia y que si ya no me representaba ni me hacía henchir el pecho de orgullo nacional, ahora, letrado, mucho menos.

La Marcha Real, en origen el himno de España, se constituyó como laudo musical a Carlos III, un Borbón más, uno de los tantos que depositaron a España o lo que fuera en aquel 1770, en el atraso como país que todavía persiste en relación a nuestros vecinos occidentales.  Sus notas me siguen produciendo una urticaria espontánea inducida por mi ideario. No soy capaz de vibrar a sus sones, sus acordes no me erizarían la epidermis ni sobre el más prestigioso de los podios. Mis himnos me los he fabricado yo, sin imposiciones, algunos lo ha compuesto Sabina, otros Leonard Cohen, Vicente Fernández, Agustín Lara, Paco de Lucía,  Albéniz, Tchaicovsky, Camilo Sesto, Charles Aznavour y me dejo a demasiados, pero esa  pieza a la que Franco devolvió sus galones de himno no me representa y no por ello dejo de querer a mi país, pero no de la manera que se me exige por estos hijos y nietos del franquismo que todavía se burlan en sus sobremesas de los miles de muertos que alicatan las cunetas. Quizá no baladroneara tanto aquel malnacido generalísimo (me niego a usar la mayúscula) cuando pronunció aquello de todo está atado y bien atado, o parecido, después de haber restaurado a su antojo una corona que aun resiste sin mácula, sin atisbos de dejar de ser el máximo emblema institucional del país.

Pero lo enervante para quien hace, o lo pretende, de la palabra escrita además de una profesión, un arte incluso, cuando menos un vehículo de cultura: el que suscribe, es la nueva letra que ha hecho de la madrileña el centro de gravedad de este neopatriotismo desatado con el asunto catalán. Una letra ñoña, que parece estar compuesta por un emigrante nostalgioso, repleta de cursilerías, de repeticiones, rimando ripioso, reiterativo (corazón, aquí, fin…), en aguda, burdo, facilón, introduciendo los conceptos de Dios y de grande, para que no decaiga ese poso rancio y viejuno, con olor a otros tiempos, que es el mismo que me despierta la escucha, con espontaneidad y me reitero, del himno actual en su versión instrumental.

Estimo que el oportunismo comercial de una señora de la que se rumorea que tiene fijado el domicilio fiscal en Miami, pero que ha calculado con acierto cómo relanzar su carrera en su idealizada España, no tendrá la misma aceptación entre la muchedumbre de milenials que se han visto empujados a abandonar la España feliz y soleada de Marta Sánchez, una España a la que quieren porque están aquí los suyos y lo suyo, porque el clima es benigno y la comida espléndida, pero a la que no sienten como esa patria que se afianza en los estómagos agradecidos de aquellos que hacen de la cólera su principal bagaje cuando les cuestionan sus dioses católicos ancestrales y esas constituciones tan disecadas como útiles a sus intereses.

Puestos a ripiar himnos, yo prefiero entonar aquel que afirmaba que Franco tenía el culo blanco.

 

 

 

 

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