Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

SUCEDIÓ UNA NOCHE

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Publicado en Levante de Castelló el 14 de marzo de 2018

 

Sucedió la del pasado sábado, en una de las muchedumbres que salpicaban las plazas de mi ciudad con motivo de las fiestas de la Magdalena; puede que hubiera tomado tres cervezas y dos carajillos o puede que fuera viceversa, poco importa. Conservaba, creo, todavía, una lucidez locuaz que no restaba convicción a mis argumentos.

En la confluencia de una barra callejera entablé una conversación intergeneracional, debió ser la desinhibición, con dos chicos, universitarios de formación, de veintipocos. El primero de ellos sostenía, con una rotundidad forjada en la academia popular de los neuromitos, que Castellón, su provincia, era la segunda más montañosa de España. Y yo, que me precio de estar hecho a las polémicas bizantinas, siempre desempolvando mi argumentario convincente, le repliqué que no, que eso era, y le insistí con el concepto, un neuromito, extendido como tantos, tenido como dogma entre un amplio número de castellonenses que cuando hurgas en sus conocimientos geográficos y los instas a definir el índice de montañosidad (porque habrá que establecer alguno para formalizar un ranking) se retiran a las posiciones de “yo lo he escuchado siempre” o a las trincheras de “en los libros aparece así”, sin mayores fundamentos científicos, siquiera sociológicos. Me esforcé, tomamos una nueva cerveza y en el transcurso de su ingesta le pregunté si conocía la orografía de Almería, de Guipúzcoa, de Málaga, de Asturias, de Cantabria, incluso la de Tarragona, pero resultó, tras reconocer sus penurias en geografía que su impresión solo estaba fundamentada en una tradición oral que se mantiene efervescente y que, como las canciones de Nino Bravo, saltan de generación en generación.

Tras agotar la cerveza y mi repertorio de pruebas altimétricas, el chico, pese a presentar indicios de duda ante su convicción, no acabó de dejarse talar el árbol de su creencia y no se acabó de mover, deduzco, de su posición de salida, aunque me prometió indagar en Google al respecto. Un neuromito solvente lo es porque no lo derriba una sola sesión de demolición.

A la conversación se sumó un amigo; pelo cuidadosamente moldeado sobre la frente, misma veintena, parecida cordialidad y la conversación roló al asunto de las drogas. Se interesaron por si yo consumía o lo había hecho alguna vez y pese a que no me creyeron de entrada, lo negué con tal fiereza expositiva que terminaron por aceptarlo. Nunca he tomado una sola sustancia psicotrópica, ni siquiera he sabido engullir una sola bocanada del humo de los escasos, en mi caso, porros adolescentes. ¿Moralizador? No, cobarde, repliqué. Hubiera querido experimentar el efecto de ellas en mi organismo, les sostuve, pero el mismo sentido de la cobardía que me incapacita para subir siquiera al barco vikingo de la feria, o para practicar puenting, o para subir por una escalera de caracol (Fadrí, te echo de menos) me ha frenado a la hora de recetarme otra sustancia que no fuera el alcohol en sus mil y una variantes, ahí sí que hemos incurrido, y todavía nos dura, en un continuum social que sin llevarnos a los extremos, ni siquiera a los aledaños del alcoholismo, sí  nos ha depositado en la acera de los bebedores sociales convictos de su rol.

Sin embargo, mi jurisprudencia en consumo de estupefacientes no importa a nadie distinto de los míos y a mi propia salud; si he traído a colación de esta columna semanal el encontronazo con ellos se debe al testimonio de este segundo chico que residía en un pueblo de la provincia y que afirmaba que él, solo él era el único de su cuadrilla que no se drogaba. Mis dudas hacia su negación surgieron del mismo modo que las suyas hacia la mía, pero a la conclusión de su justificación, basada en parecidos conceptos que la esgrimida por mí, le creí, porque a ambos se nos antojó absurdo en aquel contexto de anonimato compartido falsear nuestro histórico de drogadicción. Pero lo desconsolador del relato es que me perjuró por San Nicolás de Bari y por Bola de Drac Z mancomunados que el resto de sus catorce amigos se drogaban, sistemáticamente, cada fin de semana. Los catorce, sin excepciones. Aludió a la coca como agente cohesionador de los estupefacientes, pero sin ocultar que no era lo único ni, por descontado, lo más agresivo con lo que se obsequiaban para camuflar su inseguridad tras esa personalidad ficticia y episódica que conceden las drogas.

No quise hurgar más en la composición del mix psicodélico, a la postre ni yo tengo vocación de guardiacivil ni la noche estaba para tragedias subjuntivas. Debimos pedir otra cerveza y nos disolvimos cada uno con los nuestros, no sin antes mostrarnos uno de esos aprecios espontáneos tan propios de las noches evanescentes.

Lo que se me ha acabado desbordando como introducción pretendía ser el marco referencial para exponer la propuesta del PP de mantener activa esa cadena perpetua que han dado en llamar prisión permanente revisable. El ADN de partido represor, propio de gentes con vocación totalitaria, hijos algunos, nietos otros de aquellos que enaltecían regímenes que oraban y fusilaban a la vez, que invocaban a Dios mientras bombardeaban a civiles, simpatizantes de imponer un sistema restringido de libertades, de censurar al disidente, de castigar primero y educar después, o no educar siquiera después, siempre acaba por aflorar en el PP cuando la coyuntura del clamor ciudadano puede resultar favorable a su eslogan implícito de “represalia que algo queda”.

Recién masacrado el niño Gabriel, que no deja de constituir el episodio uno más de los miles de asesinatos en la historia de España, con el presunto móvil de los celos como inductor moral del crimen, ratificando la propia desviación porcentual de la naturaleza humana, el PP ha decidido, ahora, curiosamente ahora, a instancias de una Mesa del Congreso controlada por ellos, llevar al Parlamento el asunto de esa prisión permanente revisable para extremar su sentido peculiar de una justicia que más cabe asimilar a la venganza que a la regeneración que la cárcel puede ofrecer incluso a especímenes retorcidos y enfermos como la asesina del niño de Almería.

El dolor de los pueblos es directamente proporcional a las horas de televisión dedicadas al caso, y el bochorno de unas televisiones entregadas a lo negro y lo amarillo ha conseguido que España se conduela mucho más por un niño asesinado que por los millares que mueren a diario de malaria, siendo el bueno de Gabriel y los africanos igual de desconocidos para el mismo populacho que ahora se desgañita en pro más de venganza que justicia.

Por muchos grilletes que el PP y Ciudadanos (que de llevar en su programa electoral la derogación inmediata de la prisión permanente revisable ya ha pasado a “esperamos la decisión del Constitucional para ponernos a favor del viento imperante”, como suele) impongan a la sociedad, si catorce de quince chicos de veintipocos se drogan cada fin de semana, el conflicto social para ahuyentar a los futuros asesinos no lo resuelve el endurecimiento del Código Penal, sino una refundación de la educación, de la ética social y la retirada, de una postinera vez, de esos paquidermos de la política que solo se desenvuelven con fluidez en el lenguaje particular de las mentiras leídas y estudiadas y en el arte de concederle al pueblo lo que la colectivización de su histeria demanda: circo, toros, fútbol o crímenes televisados de inocentes explotados para el llanto y la emulsión de la venganza, según épocas y estrategias.

Con esas premisas, cómo no se van a drogar catorce de quince posadolescentes.

 

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