Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

En defensa de Defensa

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Publicado en Levante de Castelló el 21 de marzo de 2018

Parece un sarcasmo, o una portada de El Mundo Today, pero los más de diez mil millones de euros de inversión en renovación armamentística anunciados por el ejecutivo, que pese a no tener los presupuestos aprobados y gobernar en estricta minoría, maneja a su antojo los tejemanejes de Defensa, son un hecho consumado al que no podrá cojonear Ciudadanos pese a su segura intromisión en el asunto.

Como casi todos los que no tienen una fábrica de balas, de repuestos de fragatas o de periscopios, aborrezco cualquier modelo belicista de país, a los estados que priorizan la defensa sobre el confort de sus ciudadanos más desfavorecidos. Pese a llenarnos la boca de democracia, pese a la concesión populachera del voto, pese al derecho, a regañadientes, a la libertad de expresión, a manifestarnos, incluso el poder contar con la posibilidad impune de prenderle fuego a la foto de un rey o dos, el planeta está en mano de un puñado de individuos a los que bien podríamos calificar como dictadores pese a contar con el refrendo consensuado de unas elecciones.

Tipos tan repugnantes como Trump y Putin ejercen de plenipotenciarios caprichosos en sus respectivas potencias. La que conduce el neozar, Rusia, otrora segunda también, pero desbancada como tal, pretende recuperar a fuerza de rearmarse su antiguo rol de atemorizador de mundos. De igual forma, el chino Xi Jinping se ha ampliado sus años de mandato presidencial hasta lo indefinido y ha sido escogido, casualmente por unanimidad, por los miles de compromisarios con derecho a ello. Si sumamos a la triada de gobernantes militaristas la singularidad del norcoreano Kim Jong-un, obtenemos una mixtura potencialmente explosiva, apta para colisionar en cualquier momento con cualquiera que intente poner en entredicho preponderancias, fronteras y pasteles.

Pero los políticos, incluso los más omnímodos, solo son la proyección visible del poder auténtico, igualmente concentrado en unos pocos centenares de humanos, casi todos hombres, que tratan de obtener un supremacismo universal para sentir la excitación de saberse en el pináculo del mundo, contemplando cenitalmente las penurias apresuradas de las mayorías desde una insensibilidad revestida de oro y con ausencia de empatía hacia quienes viven con dos dólares al mes: son tantos, tan molestos demasiados.

Ese mismo mundo sometido por una élite escogida, muy escogida, avanza sin embargo hacia una minoración de la miseria global, y lo hace, entre otras estrategias, reforzando su militarización. La tenencia de un arma, de un arsenal, de un ejército, confiere a sus poseedores un plus de seguridad en sí mismos, sean individuos, países o ligas, por el añadido de independencia que concede la autodefensa. El disponer de recursos intimidatorios añade un extra de fuerza latente para cualquier negociación: comercial, diplomática o territorial. Nadie con la ITV del equilibrio pasada insulta a la salida de una discoteca a un campeón mundial de boxeo de los pesos pesados.

Quienes no poseen el músculo suficiente como para defenderse solos, se alían. Los países del Golfo, Europa (OTAN, pese a contar en sus filas con EE.UU), algunos africanos. Sin embargo, y es revelador, los países con mayores índices de bienestar, los más evolucionados socialmente, aquellos que figuran en todos los rankings como los más apetecibles para vivir presentan unos índices de militarización escasos. Los escandinavos, algunos estados centroeuropeos y bálticos, Nueva Zelanda y, por tamaño y por la tutela militar de EEUU sobre ellos, numerosos países-isla, países-archipiélago y Japón, quizá el ejemplo más notable de reconversión de un régimen militarista en una nación con uno de los ratio gastos/habitante en armamento más reducidos de la cartografía terrestre.

El caso de España no deja ser anodino. Un país con escaso relieve militar y económico en el contexto internacional, un país mucho más grande, más fuerte, más guapo, más influyente en los telediarios de la 1, en el ABC y en la COPE que en los mentideros internacionales y en los escaños de la ONU. Un país, el nuestro, que descrito por el triunfalismo simplón de Rajoy no se parece en nada al que ignoran Japón, Corea, los habitantes de Texas o los residentes no españoles de Toronto entero. Un país que para no desmerecer en lo defensivo necesita, como otros, asociarse a un club, a la OTAN en nuestro caso.

Volvemos al punto de partida, a esa anunciada inversión faraónica de más de milientos millones en armamento. Lo facilón, lo demagógico, lo instantáneo se antoja la contraposición del exceso del gasto en armas frente al lloriqueo gubernamental de que no se dispone de presupuesto para subir pensiones, salarios o ayudas a la dependencia, pero si me desproveo de esa inquina arrojadiza que profeso hacia el actual gobierno y en general hacia una clase política oportunista, rastrera, rara vez colaborativa, disyuntivas las cuatro fuerzas fundamentales de la indecorosa política española a diferencia de las cuatro fundamentales del universo que se complementan entre sí para organizar la materia, no puedo obviar las seguras servidumbres adquiridas por un Gobierno que representa a un Estado, el español, por esa pertenencia al club de la OTAN que de ningún modo resulta gratuita.

La seguridad es cara. De cualquier índole, desde la tecnológica hasta la privada, desde la domótica hasta la que procura una Guardia Civil que ha exigido, y conseguido, se le suba el salario (para no relajar su capacidad de intimidación) de una manera escandalosa en comparación a ese 0’25 que tanto sigue, estúpidamente, cacareando el Gobierno como eso, como subida a la postre.

Deduzco que la inversión en armas, al margen del prurito autoritario y represor del actual ejecutivo, al que, no obstante, no le habrá supuesto cargo de conciencia alguno el rearmarse, se debe a la contribución española, como socio, a esa alianza militar paneuropea que persigue mantenerse como el tercer bloque en relevancia militar del planeta, tras el norteamericano y el chino, no discierno ya en qué orden, y en pugna con el reflotado ruso.

Estas dependencias, estas pleitesías hacia ligas de países no suelen hacerlas públicas los medios del mismo modo que tampoco se cita, jamás, la aportación en euros a la UE de nuestro país, de la que solo se exporta como noticia las subvenciones y los fondos que recibimos de sus arcas comunes, pero que no son mucho mayores, solo ligeramente en su conjunto, de lo que contribuimos.

No dudo que algunos de los cometidos de los ejércitos están diseñados para el bien de los territorios propios y ajenos, no dudo tampoco que en ocasiones, cuando se presenta la excepcionalidad en forma de tragedia de la naturaleza o inducida por el propio hombre, los ejércitos ayudan a mitigar el olor a catástrofe, pero sigue, pese a lo anterior, sin producirme ningún placer visual la contemplación de un desfile militar, unas maniobras o esa sublimación de la disciplina castrense que emana de los uniformes y que radicaliza las jerarquías y anula aquello de la igualdad y la libertad de los seres humanos que predica cualquier constitución, incluida la española.

No tengo intención de aplaudir el advertido reforzamiento bélico de la patria tuya, pero si aprieto los párpados lo suficiente puedo ahuyentar esa parte cruel y totalitaria de la especie a la que pertenezco, de ordinario presta a la conquista y a la hegemonía sobre sus semejantes más débiles. A la postre, si los sapiens nos hemos producido de ese modo belicoso desde el advenimiento del Neolítico, ¿por qué va a ser diferente nuestra conducta en este tiempo de excesos?

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