Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

A LA CONTRA

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Publicado en Levante de Castelló el 28 de marzo de 2018

 

De que la especie humana transcurre con un gen que la predispone a la domesticación masiva hay múltiples evidencias. Solo hay que acercarse hasta Pisa para contemplar esa variante simplona de la estupidez cuando el personal se hace fotografiar sosteniendo con las manos, o cualquier otro apéndice, su exclusiva torre. La escena, reiterada los 365 días del año, es suficiente para que cualquier publicista avispado, político intuitivo o influencer de nueva generación entiendan que el síndrome del ñu puede proporcionarles los beneficios seguidistas de una masa amorfa y moldeada convenientemente.

La detención de Puigdemont, calculada en lo temporal y en lo geoestratégico, ha supuesto el corolario de una persecución infatigable, sabuesa del Gobierno de España hacia Cataluña, a esa porción de Cataluña que no quiere pertenecer a España por Ley y que se pronunció de ese modo, mayoritariamente en escaños, en unas elecciones autonómicas forzadas porque un Gobierno (y por la escaso talento en el manejo final de los tiempos del independentismo) no quiso saber nada de cualquier aproximación a la negociación de una realidad social distinta por mucho que las leyes (elaboradas por hombres) la repriman.

Desoír, con desprecio, la voz mancomunada de millones (¿cuántos?) de individuos que se sienten más suyos que del país que los contiene, ha sido un ejercicio de arrogancia gubernamental que se inició cuando el PP impugnó el Estatut ante el Constitucional (con recogida de firmas de ñus españoles que ni siquiera, en su mayoría, sabían qué rubricaban) y que denunciaba la inconstitucionalidad del contenido de idénticos artículos que en otras autonomías no habían sido objeto de persecución por un PP al que le importaba un maorí que el Estatut hubiera sido refrendado en urnas por los catalanes. Pero ya el inefable Rajoy de entonces, el mismo que hoy sigue pidiendo altura de miras y sentido común, se desvivía por joder a los catalanes y a Zapatero refugiado bajo el palio español y confortado por una Constitución ya entonces anticuada y que primaba la ambigüedad para poder ser interpretada por juristas afines a sus nombradores

Me gustan los catalanes, hacen cosas…¿se puede ser más cínico y más simple a la vez?

No puedo dejar de reconocer, con el mismo estupor de un elefante moribundo abatido por un rey, la habilidad del pontevedrés repudiado para sobrevivir y seguir imperando en el presente, consumida aquella generación de políticos por el fuego endógeno que desprende la vida pública. Zapatero, Maragall, Montilla, Carod Rovira, Pujol, Fernández de la Vega, Joan Saura, Piqué (Josep) y tantos otros coetáneos a aquel Estatut de 2006, han mordido el polvo del olvido o la derrota mientras que Rajoy sigue rabiosamente pletórico, igualmente desnudo pero mantenido como árbitro de la elegancia por sus pretorianos, elevando el trabalenguas a arte y conduciéndose con las mismas 300 palabras que en sus discursos de mediados de la década anterior. Si sobreviene un holocausto nuclear, climático o de cualquier otro orden, debiéramos buscar la proximidad de Rajoy para sobrevivir, o la de las cucarachas.

He manifestado en reiteradas ocasiones que me importan parecido comino tanto la unidad de España como la independencia de Cataluña. Si no creo en la eternidad divina, menos voy a comulgar con el prurito perpetuador de las élites humanas preponderantes por mantener incólume lo heredado sin cuestionarse íntimamente la oportunidad de su modificación, o si cambiar la organización de los territorios puede suponer un caos emocional e identitario a diez, a cien o a mil años vista. Y no por ese alejamiento de lo tradicional me considero desleal con la evolución. Comulgo, por encima de estrecheces ideológicas, con la libertad de los individuos a producirse como sientan siempre que lo hagan desde el pacifismo, desde las ideas y desde un consenso que pueda ser recontado y aceptado si resulta a la postre mayoritario.

El escaso aprecio por la democracia que parece sentir el PP en determinados contextos se ha puesto de manifiesto con la anulación de cualquier iniciativa surgida de las elecciones que no se ajuste a su ideario españolísimo. Ningún resultado que puedan revertir y que no se adecúe a sus dogmas totalitario es acatado sin recurrirlo, cualquier traba se postula como válida para hacer descarrilar a los infieles.

Resulta del todo insultante para la ecuanimidad de la opinión pública que cada noticia, cada titular, cada aparición de presentadores, tertulianos, predicadores de lo cañí (prácticamente todos los que llegan a diario a las cocinas y a los salones a excepción de algunos medios catalanes) vengan precedida de epítetos  como “huido”, “cobarde”, “separatistas”, “ilegal”, “prófugo” y algunas docenas más tendentes a que una mayoría del rebaño sobre el que recaen bale al unísono de la españolidad manifiesta. Predomina lo tendencioso, se trata de inducir a pensar y no de educar el pensamiento. La retirada de la filosofía de los programas supone una de las tantas evidencias. Sí, sí, las escuelas catalanas también adoctrinan, o eso dicen los medios de aquí.

Reconozco mi simpatía por los débiles, reconozco también el vacío de mimbres que ha demostrado el “procés”, reconozco el derecho de aquellos catalanes que no sienten a “Els Segadors” como su himno  a reivindicar la continuidad institucional y su también continuidad en esta España de la ira y del “a por ellos”, reconozco que la democracia se construye con mayorías y no con el imperio del ley (nada más denotativo de la condición de algunas leyes que aludirlas como imperio, con todas las connotaciones totalitarias que emergen de esta palabra), reconozco que no concilio con lo atávico, que no me dejo seducir por lo que leo, ni por lo que veo, ni por lo que escucho porque la posteridad de ha encargado de desmitificar el pasado y hacerlo aparecer mendaz ante los ojos del futuro; reconozco que las algaradas producidas por la rabia de los manifestantes por ver sojuzgadas sus ideas por ser contrarias, solo contrarias, al país al que repudian, les van al Estado-Gobierno-Justicia-Corona, amalgamados, socios de un mismo negocio pese a esa pretendida delimitación que pregonan para que les creas quienes viven de ti y de mí, a conceder argumentos de base tumultuaria para mantener sus posicionamientos y para conservar en prisión sine die a quienes tachan ya de rebeldes.

Entiendo mucho más esa manifestación de la impotencia ante los bíceps implacables del Estado que a los furgones de la Policía Nacional acelerando para atropellar a cualquier agitador callejero.

Me subleva, y mucho, la ausencia de diálogo, me frustra como individuo presuntamente civilizado esa exhibición permanente de músculo represor de Estado, Gobierno, PP, Ciudadanos y derivados, sin una sola concesión a la negociación, a poner sobre la mesa las diferencias y tratar de erosionar algunas con la palabra.

No ha presentado el independentismo una ejemplaridad admirativa. Salpicado de vaivenes, de inconsistencias, desarbolado por el zarandeo continuado, presenta un mal color de cara que desembocará en cirugía a vida o muerte, pero no voy a ser yo quien, transido de ceguera y de hipnosis colectivizada por la propaganda, arrime el hombro contra su causa sino al contrario. Me solidarizo con los débiles, ya lo he advertido.

A la postre, si los hombres convencidos no se hubieran enfrentado a las leyes que consideraban injustas, todavía seguiríamos, no solo manteniendo una esclavitud que beneficiaba a los poderosos, sino comercializando con ella para beneficio de los aristócratas. Enfrentarse a la ley, paradójicamente desde el orden, es un ejercicio  supremo de libertad evolutiva.

 

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