Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

EL IMPERIO DE LO SIMPLE

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Publicado en Levante de Castelló el 4 de abril de 2018

 

La fragilidad se revela como uno de esos conceptos que mejor le ajustan al ser humano. Vivimos rodeados de dudas, en no pocas ocasiones atenazados por ellas, y por esa mayoritaria ausencia de fe en nosotros mismos buscamos múltiples referentes para que nos sirvan de apoyo, de complemento, de sustituto incluso.

Desacreditados los políticos siquiera como un mero añico de espejo en el que mirarse, aparcados los dioses por su ineficacia, por no haber impedido una sola guerra, el más mínimo genocidio (siquiera el de su pueblo elegido, el dios de los judíos), un solo naufragio de inmigrantes, un solo robo de niños en hospitales o la victoria del equipo rival cuando con más fervor se le ha rezado, cada uno al suyo; olvidados esos dioses más si cabe por las nuevas generaciones por el doble motivo de situarse estas más alejadas, por biología, de la muerte y por el hecho de que Internet se ha convertido en el nuevo Pantocrátor de los tiempos actuales, los influencers han ocupado no solo el espacio situado a la derecha del Padre (en pugna con Ciudadanos), sino el trono del Padre mismo.

Influencers, en inglés, of course. Traducir el término al castellano y dejarlo en influenciadores, no resultaría del todo in, o trendy, y más nos aproximaría el vocablo al XIX y con Rajoy para retrotraernos a lo viejuno del lenguaje ya nos basta.

Son los influencers espejos en los que se inspiran los frágiles para evitarse leer libros que solidifiquen sus conocimientos y para que reduzcan, con su adquisición, el grosor de sus dudas. Los influencers como curas de nueva generación que predican pasivamente desde su habitación con el nuevo modelo, a imitar, de gafas de sol que ellos consumen como complemento de moda y para evitar deslumbramientos del astro, que los suyos, los que se provocan a sí mismos, los mantienen y los alimentan dándole de comer a su ego con los millones de seguidores que les admiran e imitan para gozo de las firmas comerciales que soportan el modo de vivir sin trabajar de estos tipos y tipas que han demostrado ser más listos (no sé si inteligentes) que la masa que los adora.

Hace demasiados lustros que no milito en religión alguna, que no profeso culto a ninguna deidad, que no me inclino ante los reyes ni ante los generales, que no uso gafas de sol pese a tener los ojos claros y deslumbrables y que he desaprendido a rezar incluso en los derbys más comprometidos con la clasificación. Habré escrito algunas veces, quizá docenas, que únicamente admiro a los científicos, mejor cuanto más anónimos, a los cosmólogos, a algunos agricultores, a mi primo Pepe, a Iñaki Azkuna, exalcalde de Bilbao, que el dios de la honestidad política, si es que existe, que lo dudo, lo tenga como lugarteniente; a las mujeres y madres de la posguerra, entre ellas la mía; a un puñado de misioneros que no huyen de África cuando los genocidios y en general a las personas discretas que hacen y callan, que donan y se silencian, y a las que escriben un poco más complejo y arriesgado de lo que exige Planeta para publicar y de ese modo continuar con la domesticación de las masas también a través de la literatura.

Recopilados mis ídolos estoy en disposición de manifestar que no sigo a influencer alguno, que si bien transcurro repleto de dudas, como la práctica totalidad de la especie, no me refugio para mitigarlas, ni siquiera para escoger el color de los calcetines, en una niñata con los labios densos como Dulceida, alguien a quien he descubierto esta misma mañana por hacerse una foto en una bañera repleta de agua en una ciudad, Ciudad del Cabo, y me redundo,  que sufre una extrema sequía que impide incluso a sus habitantes tirar de la cadena de su vater cada vez que lo usan.

La tal Dulceida, vistosa como una inundación, mantiene una nómina de 1.6 millones de seguidores, un número mayor que los votantes del PSOE en las próximas legislativas si Pedro Sánchez sigue un día disfrazándose de carcelero y al otro de reo. Pues eso, esa, Dulceida, y creo que también la idolatrada por Corazón, Corazón, Paula Echevarría, es, son influencers, unos presuntos iconos a quienes los anunciantes les pagan para que esos frágiles, los dubitativos de sí mismos los imiten y adquieran las marcas con las que se visten, se calzan o se nutren. Un chollo de vida, aparentemente, una vida ficticia que deben avivar a diario para que el olvido y la competencia no subsuma a quienes la practican en la depresión de la indiferencia, eso que sobreviene a los cinco minutos de no publicar, de no aparecer en pantalla, de no recibir un millar o diez mil likes.

Sé que la penetración social de este fenómeno influencer es una derivación de los tiempos; entiendo que redes sociales, Google, el giro de los hábitos que ha generado la tecnología, han sustituido los paradigmas clásicos por otros acordes a la idiosincrasia del presente, pero no deja de ser lastimoso que Einstein siga teniendo razón a propósito de lo de la estupidez humana.

Desconozco si fue por falta de sensibilidad o de cultura, presumo que lo segundo, por lo que la chulaza fotografió a su esposa, casi tan llamativa como ella, en una bañera molona y espumosa en la ciudad sudafricana. Y aunque se han alzado voces entre los que frecuentan esos mundos paralelos contra su falta de solidaridad con los sudafricanos, con seguridad, tras una disculpa evanescente, o ni siquiera, su millón muy largo de hooligans seguirá llamándola guapa, estilosa y más allá, Me encantas, tía…

Si Ana Rosa Quintana sigue en primera línea de los magacines después de haber fusilado un libro y hacerlo pasar como suyo, si Cristina Cifuentes se mantiene como presidenta de la Comunidad de Madrid ya no por haber cursado fraudulentamente un máster del que presumía en su currículo, que también, sino por haber mentido y contramentido para justificar su más que desliz, se mantienen en sus posiciones, y en el caso de la primera, el público no le tuvo en cuenta su condición demostrada de falsaria, cómo no van a perdonarle sus hooligans a Dulceida el desacierto de unos litros de más, de unas pompas suplementarias de espuma si todo te queda tan bien, preciosidad…

El imperio de la banalidad, de lo simple, además del manido y atosigante de la Ley, nos sobrevuela y a algunos nos desconsuela, pero no dejo de admitir que le he dedicado una columna a Dulceida ¿quién es el simple? Me inclino, no sin ciertas dudas, por mí.

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