Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

EN TODOS LOS ESTANQUES CUECEN RANAS

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Publicado en Levante de Castelló el 11 de abril de 2018

 

El concepto verdad es algo tan requerido de los demás como antojadizo, difuso en uno mismo. Quizá no exista en el vocabulario de cualquier lengua un término tan inexpugnable para domesticarlo como “verdad”. No hay una sola academia de la lengua capaz de definirlo con la precisión quirúrgico-léxica necesaria para que cuando se le exige lo suficiente no se descosa bajo la tensión de alguna apreciación, bajo el peso y el poso de miradas fieramente disyuntivas.

La verdad se revela como una convención interpretable por un cerebro y una conciencia consciente, y el abanico de resultantes colisiona con la unicidad. Si existiera la verdad como absoluto, no necesitaríamos de la política, ni de dioses que han pretendido arrogársela (yo soy la Verdad y la Vida, el que crea en mí…), quizá ni siquiera de leyes escritas; bastarían las naturales, como las de los gorilas, de los licaones, de los flamencos rosa; pero la singularidad de nuestra condición humana nos ha hecho concebir ese concepto veraz de convivencia para, desde su vigencia, regular nuestras interrelaciones.

Con seguridad, la personaja, por parodiar, del momento, Cristina Cifuentes, esa que se ha roto la voz en decenas de alocuciones afectadas con las palabras “transparencia”, “honestidad” y derivados, anda ahora retorciendo los protones de la verdad para adecuarla a sus circunstancias académicas y declarativas mientras una plebe enrabietada pide su crucifixión por tantas certezas ignoradas por ella sobre su máster, maldita la hora en que decidí engrosar mi currículo con tan solo una llamada, rezonga la todavía presidenta mientras le arranca una nueva capa a la cebolla amatrioskada a estos días de llanto todavía impune.

Sin embargo, y aunque en esta ocasión los hechos y los documentos se manifiestan tozudos y apuntan todos en dirección al madero, quienes nos rigen, quienes detentan los mazos y los BOE, esos en quienes una mayoría ha depositado su fe electoral, sin ambages, el PP gubernamental, el parlamentario y el palmero y asambleario de Madrid, presenta un nulo interés por conocer la verdad, o si lo hace lo esconde sin rubor alguno y con ello muestran un desprecio absolutista incluso por quienes, al menos en su día, se pusieron de su parte ideológica en las urnas.

El culto al líder, al líder consolidado, a ese que, pese a estar en democracia, decide unívocamente entre los suyos, ha venido siendo una constante de la historia. Poco importa si el líder se ha erigido como de izquierdas, de derechas, nacionalista, religioso o social. Un líder siempre acaba imponiéndose en primera persona o de lo contrario no lo es, de ahí que liderazgo y dictadura estén separados por la membrana discutible de la interpretación.

La derecha española ha manejado como nadie ese atavismo y ahora, en plena crisis de sustentación de la Comunidad de Madrid, el PP prescinde de cualquier interés por conocer la verdad y depurar a su infractora y al tiempo lideresa, en aras de mantenerse preeminente y jugar al estratego electoral, sin otros miramientos que los que derivan de su flora intestinal como partido.

No están solos en esta no persecución de ese intangible de la verdad. El recién llegado Ciudadanos, consciente de la debilidad del león dominante, le está retando en sucesivas escaramuzas a pie de acacia y sin entrar en un combate melena a melena le está recortando territorio a fuerza de meadas en los arbustos circundantes. Tampoco a Ciudadanos le importa en demasía el bienestar de las leonas a las que acecha porque solo busca cubrirlas para instaurar una nueva estirpe, la suya, en la genealogía de la democracia española.

El PSOE y Podemos, errante el primero a la búsqueda de un territorio, cualquiera, y ambicioso el segundo por delimitar el suyo, se han apresurado a provocar el conflicto de escaños, no se podía esperar otro comportamiento, han adoptado el rol merodeador que requiere el contencioso.

La podredumbre del sistema se evidencia más que notoria. El PP parecía haber archivado sus cadáveres corruptos en el zulo del olvido progresivo de una sociedad volcada en manifestar una ferocidad inducida hacia Cataluña; la perversión de este sistema de supuesta gestión de personas ha llegado hasta la ocupación del poder judicial mediante conversaciones, promesas y diseños de país a micrófono cerrado, en la sede social de las cloacas del Estado, donde realmente se decide y se programa; pero una nueva generación de zombis fraudulentos Populares amenaza con irrumpir desde el inframundo de las titulaciones académicas cuyo engrose hormonado a fuerza de favores y prebendas solo ha hecho que comenzar porque en estos mismos instantes una estampida de becarios periodistas con hambre de exclusivas está olisqueando currículos y restos de excrementos en las orlas.

Ahora aparece en escena Pablo Casado, uno de los leones con aspiraciones a dominar alguno de los serenguetis exclusivos de la política, y exhibe una idiotez que pretende pasar por desenfado veraz al manifestar que ni recuerda si fue a clase y enarbola sus trabajos, quién sabe si originales, para ser condecorado con un máster. Otro más.

Desmoraliza que la democracia no cuente con mecanismos inmediatos de demolición de quien es sorprendido cazando focas en un agujero practicado en el hielo a pesar de la prohibición flagrante. Desmoraliza que la Cifuentes, con “la”, de quien ya me chirriaba su dicción categórica, sus “nuncas” y sus “siempres”, no se vea abocada a dimitir de inmediato, ya ni siquiera después de tantos hechos probados acerca de las irregularidades acumulativas acerca de su máster, sino por reiterarse en la farsa, por recrearse en su insolencia contradictoria, por su resistencia a ejercer de transparente, eso mismo que alardeaba tan cansinamente de sí misma cuando no había nada que demostrar, desde su boquita de labios de fideo fino.

Rompe cualquier atisbo de optimismo en el sistema que los partidos políticos se centren en sus propios cálculos electorales antes de purgar a quien presenta la hipotermia del in fraganti, por prestigioso que sea. ¿No entiende el PP que la mejor garantía de credibilidad social y política hubiera sido cesar de militancia y desproteger a la todavía presidenta de Madrid para fortalecer su imagen de partido renovado, ejem, y no solo ante los suyos? Lejos de esto, como suelen, han cerrado filas, han desplegado los escudos y han vuelto a resucitar la misma masonería que cuando la Gürtel, cuando el 11M, cuando Púnica, cuando Taula, cuando…:la conspiración de fuerzas izquierdosas para derribar su honestidad en la gestión.

Retumba en los ambientes ciudadanos el mismo estribillo hilarante y descorazonador de todos los episodios de fraude anteriores. Un olor a estiércol político, a connivencia con el dolo, a dilación, a estrategia de autoamparo impregna de nuevo una atmósfera que se ha revelado infecta de tipos y tipas sin escrúpulos, pese a las intentonas de renovación que han resultado ser solo de palabra.

La diferencia de esta erupción respecto de otras anteriores estriba en que la radioactividad de la verdad proviene de fuentes periodísticas no sometidas por el gran capital y no de las judiciales, encorsetadas y manipulables. Esa procedencia le concede el desparpajo de la persistencia y no les será fácil a Cifuentes ni a este PP reincidente en su encubrimiento, librarse de su celo.

Mientras escampa o no, Esperanza Aguirre brinda con Chinchón por cada nueva contradicción de su adversaria mientras teoriza que en todos los estanques cuecen ranas.

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