Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

ROSAS AMARILLAS EN SIBERIA

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Publicado en Levante de Castelló el 25 de abril de 2018

Cuando huyo de mis circunstancias, me refugio en Siberia. Y como son inseparables de uno, ese yo que se ausenta paulatinamente de la misma sociedad que ha venido desencantando a los inconformistas desde que el hombre decidió asentarse en aldeas y fundar, involuntariamente, el Neolítico, solo deserta de esa cultura de la intransigencia con el diferente, de la incapacidad de quienes mantienen desactivadas las herramientas que abren los diálogos; todavía me quiero bien a momentos, a primaveras, a películas, a poemas, a sonrisas de afines que usan el dentífrico de la amistad; todavía me permito llorar en el cine y no fue con Campeones. Me conmueve que todavía no pueda escoger el detonante de mis lágrimas porque sobrevienen con la misma espontaneidad que las floraciones efímeras de los desiertos sin telesillas.

Transcurren tiempos de monólogos grises, de magisterios cursis, de palabrería tan desasosegante como hueca, de encastillarse en los principios inamovibles del movimiento, de retirarle la sonrisa al discrepante, de desprestigiar al adversario por eso, por adversario; de intentar convencer que la vanagloria propia hilvana mejor que las iniciativas ajenas. Una epidemia de hermetismo sacude las ideologías y eso encabrona los himnos y dota a las banderas con el filo incurable de la división. El odio social establecido no parece tener marcha atrás y las membranas de lo propio se han revestido con esa impermeabilidad que las vuelve prácticas para revolcarse en la propia retórica de la reafirmación, sin concesiones a los ecos ajenos, no fueran a resultar más convincentes que los graznidos propios.

Tiempos de perseguir a rojos y a amarillos, de requisar camisetas con ese celo desactivador israelí, de legislar para que los invernaderos no produzcan rosas amarillas, de hacer de lo unitario lo legal, de no permitir, bajo pena de muerte social, que las leyes puedan ser modificadas por la evolución del pensamiento, de los vaivenes sociales; tiempos de no admitir enmiendas a la totalidad de una España que se desangra de mediocridad cultural, política e institucional; tiempos de abominar de una Constitución validada cuando Internet era mitología del futuro, una Constitución tan anacrónica como generalista como ambigua, que les sirve a quienes la blanden para interpretarla a su gusto y para completar artículos vacíos (155), con el articulado de la represalia. Tiempos pues de retirarse a Siberia porque ella sí es, a diferencia de España, una y grande, muy grande; desconozco si libre, aunque teniendo a Putin como comandante, no le auguro otra libertad que la que proporciona su aislamiento.

En Siberia, en particular la Oriental, todavía no acaba de ser del todo primavera en lo que concierne al modo occidental, españolísimo de entenderla. Las noches todavía se permiten tontear con los -20, incluso con los -25, aunque en los mediodías rebosantes de una luz que roza las 20 horas en los lugares más expuestos al Norte, las máximas se atreven a rebasar, muy tímidamente, los cero grados. La nieve resistirá (desde finales de septiembre) hasta primeros de mayo y en los enclaves más rigurosos hasta junio. No es una rareza, son los biorritmos de la Tierra manifestándose cíclicos, reiterativos, ajenos a catastrofismos de calentólogos de salón y subvención para que los protodioses del calor vayan sustituyendo a los tradicionales por la necesidad ancestral de las élites de mantener a los humanos entretenidos con el miedo a lo que está por venir.

La república de Sajá (qué envidia la palabra primera), Yakutia para los amigos, cuenta con una extensión de algo más de tres millones de km2, unas seis Españas para asimilar proporciones, con una población inferior al millón de habitantes de los que 275.000 viven en una sola ciudad, Yakutsk, en la que no es infrecuente la obscenidad meteorológica de -50. En estos momentos en los que escribo y tras consultar el satélite, toda la república, sin excepción, se encuentra todavía bajo la nieve y con los ríos y lagos resistiendo helados, sirviendo los primeros como ejes de comunicación entre territorios. Yakutia no es sino un parque nacional inabordable que no requiere de figuras de protección porque apenas permite ser visitada, aislada del progreso, inhábil para la especulación, implacable su determinismo climatológico.

La de Sajá es esa república a la que me devuelvo cuando la pretendida mía se estrella contra la severidad de un rey vitoreado por las consumidoras de Tele5 y por una clase política que se siente confortable bajo su dicción obediente de lo que sus escribas le ordenan leer, un monarca que parece moverse a cámara lenta, ceniciento en su poner, consabido de prosa, incapaz de generar un párrafo público sin consultar con su atril de compañía. Se rumorea en los círculos más cotillas de Madrid que cuando se deshace de la sombra oficial de Leticia, con su suéter de cachemira sobre los hombros en su aspiración a “pijo del año”, y adulterado de gintonics, la lengua se le desmanda y recita la etiqueta de la tónica sin recurrir a la presbicia.

Me subleva la reiteración de esa argumentación idiotizada e idiotizante de que los dirigentes sociales y políticos catalanes encarcelados lo están por su peligrosidad, por sus desmanes, por provocar un cisma con la unidad de España, que son políticos presos y no viceversa. Más allá de la hipnosis discursiva de quienes han decidido que España se erija en una sucursal del pensamiento unificado, está su reminiscencia represora, el prurito de sofocar a los insurrectos con medidas algo más que disciplinarias, no fuera que tuvieran razón y fueran mayoría. En virtud pues de ese lema no escrito, mejor enchironar a los cabecillas e impedir a los catalanes contarse de una manera reglada, pactada, civilizada, evolutiva. La opción de enviarlos a la cárcel con ánimo de disuadir a los posibles sucesores de la contravención demuestra que el sentido de la patria de los que se sitúan a la ultraderecha del Padre es el mismo que impera en el presupuesto que Rajoy y sus epifitas destinan a la ley de Memoria Histórica, una cantidad sencilla de recordar: cero euros.

El tratamiento económico-presupuestario que el Gobierno del PP concede a las asociaciones, profesionales, de víctimas de ETA, entidades que ofrecen trabajo a demasiados, muestra y demuestra el escoraje de un Ejecutivo colonizado por lo inquisitorial,, máxime cuando se lo compara con el que ofrece a las víctimas guerracivilistas de ese caudillo ominoso del que no han abjurado públicamente como organización política quienes gozan de una mayoría parlamentaria, cuyos ministros todavía se enervan ante los mismos símbolos que excitaban en el Generalísimo su vocecilla de vicetiple.

Mi columna viene hoy satinada de amarillo solidario, decorada con una rosa de Sant Jordi también amarilla, a medias entre la nostalgia y la resurrección. No está exenta tampoco de exabruptos elididos orientados a esa meca del Estado que consiente y se regodea estabulando a políticos pacifistas en los presidios bajo los epítetos alevosos de supuesta protección a la patria, a la suya, porque la articulada en torno a himnos, tauromaquia y plegarias de más, jamás la asumiré como propia. Aguardaré unas semanas para llevar conmigo esa rosa amarilla a una de mis retiradas siberianas metafóricas; no quisiera que el frío tardoprimaveral pudiera quebrar sus pétalos y mi resistencia, pasiva pero firme.

 

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