Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

EL APRENDIZ DE FÜHRER

1 comentario

Publicado en Levante de Castelló el 16 de mayo de 2018

 

El límite, los límites parecen estar difusos. Depende de quien los interprete, de quien se abstenga en su delimitación, de quien los muerda, de quien los mueva, pero en definitiva de quien los transgreda. Manifestaciones anteriores, a docenas, de un personaje histriónico en el sentido más peyorativo del término como Federico Jiménez Losantos, un detrito ideológico que hace de cada una de sus declaraciones, una declaración de guerra, confirman que la tolerancia de las autoridades judiciales y gubernamentales españolas es directamente proporcional a la facción que acoge al que las efectúa.

Iracundo, obsesivo, poseedor de uno de esos españolismos furibundos que le hacen a uno abominar de un país al que quiere solo en partes, a fragmentos, a jueces, a sentencias, a montañas y a cercanos, pero no en su integridad, no como diseñan para el amor quienes predican sus aparentes fortalezas históricas y democráticas magnificadas por una resonancia que se extingue apenas cruzados los Pirineos. Tipos como el presunto comunicador, ancho de bilis con el que no entiende a su España como sus flechas y su yugo le señalan, me producen una de esas urticarias irreconciliables con la ecuanimidad, con esa unidad viral y viril de España y con Zoido cuando exhibe su papada feroz y persecutoria de bon vivant entrometido a ministro.

Federico, para mí, siempre será Lorca, el que rugía metáforas discordantes con los antecesores totalitarios de este otro federiquín de arte menor, en minúscula y minúsculo de respeto, poseedor de un látigo reiterativo y sucio por lengua que blande cuando resucitan los que no comulgan con esta España de la rabia extendida aquí y allá. Este, el contemporáneo, un enviado especial de la impunidad al que la fiscalía no se atreve a investigar de oficio como hace sobre en aquellos que manifiestan su aversión a los símbolos patrios, no por lo que son, sino por la apropiación que hizo de ellos aquel caudillo con voz de vicetiple y sus descendientes ideológicos que medran en las instituciones y los parlamentos; este federiquín de guiñol al que aludía, parece gozar invadiendo una polonia cada tarde, y cuando escribo Polonia no me estoy refiriendo a aquella sobre la que Hitler se paseó en aquel infausto septiembre, cuando las noches comenzaban a refrescar en las riberas del Vístula.

Este hitlerín de mercadillo aboga por bombardear Barcelona, como lo hiciera Espartero, como hicieran otros personajes de la Historia relatada en clave de bombardeador. Y cuando emite este juicio desiderativo no lo hace metafóricamente, sino con la carótida inflamada y el orgullo maltrecho porque su idea solo sea una de sus tantas aparentes frustraciones. Postula bombardear, en el sentido más atroz del término, con aviones opuestos a la papiroflexia del diálogo, aviones que dejan rescoldos de sangre más allá de los muertos y de las generaciones. Bombardear al insurgente ideológico, a quienes, desde un primer momento, con mayor o menor oportunidad, con mayor o menor coherencia, solo aspiraban a contarse, a que se lo permitieran, sin añagazas legales obsoletas, acomodaticias a las élites, valiéndose del sí o del no pacifista para iniciarse en solitario o desestimarlo si la proporción de tránsfugas de lo español no se revelaba suficiente. Perseguir la independencia no es un delito, sino un derecho que sobrepasa las leyes imperantes porque encarna el reflejo de una sociedad evolutiva que no entiende como las leyes pueden encadenar de por vida a pueblos disyuntivos solo amparándose en la inercia de la Historia.

Guerra, represión, humillación, entradas a caballo en una sociedad, la catalana, que no debería haber sido acallada mediante aplicación de artículos desarrollados a capricho desde una Constitución de plastilina interpretable y que tras la escucha de proclamas como la de federiquín habrá aumentado la náusea hacia un Estado que finge no escuchar a los verdaderos sediciosos españoles mientras se afana en encarcelar a raperos disolutos que incomodan con meras letras de canciones, a mantener como rehenes ideológicos a jordis, oriols i derivados y a proteger a corruptos flagrantes hasta que la esclerosis de la Justicia haga prescribir sus delitos.

Ya hace un tiempo, cuando la justicia alemana no se avino a entregar a Puigdemont por la debilidad extramuros patrios de las acusaciones de otro licaón de lo catalán como el juez Llarena, la ira estructural del aprendiz aventajado de führer que habita en Losantos surgió de sus abismos de juguete y alentó a tomar como rehenes a los alemanes de Mallorca o a instigar la colocación de artefactos en las cervecerías de Baviera. Sin embargo, los violentos, los comprometidos con la provocación son y siguen siendo en los procesos de instrucción los propios catalanes. Esta paradoja de tachar de agitadores a quienes desde un primer momento han pretendido sacar las urnas -que no los tanques- a las calles, se viene repitiendo sumisamente en los medios de comunicación afines a las deudas contraídas y creando réplicas lobotomizadas del pequeño duce radiofónico que cuenta por centenares de miles, sino millones quienes jalean sus ocurrencias belicosas.

Aquella apología germanófoba no fue tampoco tratada de oficio por la fiscalía y se permitió al apóstata no solo mantener su muecín sino dotarlo de energías para incrementar el grado de exaltación, tildando, ya desorbitado, de cobarde a un Gobierno que a pesar de sus esfuerzos, no da la talla en el índice de fascismo al que aspira el turolense. Federiquín sigue suelto y predicando, envuelto en su propia misa y su propio repique ejemplarizante para demasiados que lo corean

El rey y los de su casta, la Guardia Civil, los ribetes de lo personal de los que medran en los vértices de la pirámide, quizá esos sean los límites difusos que establecen la distancia entre la cárcel y la tolerancia, entre el procesamiento y el aplauso, entre el hostigamiento y el patriotismo. Aparece Leguina y puede llamar gilipollas en antena a Torra, el nuevo diablo, sin secuelas, apareces tú y tildas en el mismo programa del mismo modo a este rey masón y verbalmente hortera ¿tendrías la misma paz judicial? No lo pruebes, intuyo que la España de la severidad y de la naftalina no se pondría de tu parte

Bombardear Barcelona no es nuevo, una ley de la Historia tiende a bombardearla cada medio siglo, solo que el tipo de bombas cambia con los tiempos; el actual viene prologado por un estrangulamiento de las libertades que a tipos fétidos como el pequeño aspirante a führer le parece insuficiente, pero lo más desasosegante lo constituye los millones de “heil” que restallan en una atmósfera donde el odio ha sustituido al oxígeno como gas predominante.

Anuncios

Un pensamiento en “EL APRENDIZ DE FÜHRER

  1. Atrevido, claro, valiente… gracias Juanma!!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s