Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

¿Y TÚ, ESPAÑA, QUÉ OPINAS?

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Publicado en Levante de Castelló en 6 de junio de 2018

 

Un fuego cruzado de paradojas, reproches, declaraciones gruesas, resucitaciones de hemerotecas, satura los cuatro bandos y los carga y descarga de razones, argumentos y rubores, según quien percuta. Porque cuatro siguen siendo las divisorias políticas en las que vierten las aguas ideológicas los españoles aunque temporalmente parezcan tres, reconciliadas por un tiempo incierto en duración las facciones de la izquierda, si es que el PSOE, ese PSOE monárquico, antinacionalista y represor de hasta hace diez días, se puede considerar como tal; si es que la división entre derechas e izquierdas no supone un anacronismo que algunos intelectuales de la teoría política intentan irradiar a un pueblo que lejos de distanciarse de esta división, aun sigue separando por rojos y azules, por fachas y rojos, por rojos y franquistas, pero con lo de rojos como constante.

Y en este punto prematuro de la columna me hallo cuando el rain alarm, la aplicación de radar que advierte de la inminencia de la lluvia, suena en mi móvil. Cuando despliego el mapa y constato que no se evidencian trazas de precipitación cercana, una precisión premium me indica que la incertidumbre de la humedad proviene de los cristalinos de Rajoy que ha decidido impostar unas lagrimillas recopilatorias en un discurso de despedida, leído una vez más, articulado con esa prosa vieja y desmañada repleta de tipismos semánticos y de gracietas ridículas que solo provocan urticaria a la inteligencia.

Se va con el mismo triunfalismo con el que advino y se sostuvo, con su particular concepto de España en los hechos y decisiones y un olor a viejuno en su conducción. Se va como se produjo, con el brillo triste de los aerolitos amorfos, no siendo capaz de ordenar siquiera sus propios sentimientos e improvisarlos con naturalidad en una alocución que debiera surgirle desde las vísceras y no desde la abnegación de sus negros literarios.

Desconozco si la Historia (esa gran vagina en la que demasiados declaran entrar últimamente por cualquier nimiedad) absolverá a Rajoy o no de su propio naufragio como político de cloaca, pero de lo que no me caben dudas es que lo olvidará apenas deje de ser presidente, a pesar de las castizas y reiterativas alusiones de su hasta hoy camada al terminar el anuncio de que se descuelga, sobre lo elegante de su vestimenta siendo esta ninguna.

Su condición de hombre desprovisto de empatía alguna hacia quienes no son como él, como ellos, me hace despedirle con la pedorreta de la indiferencia y con el escupitajo figurado con el que obsequio a los arrogantes con el corazón de plomo.

Y pese a que siempre nos quedará su hemeroteca, le deseo a Mariano que le vaya feo, ni siquiera por resentimiento, sino por justicia poética, que el transcurrir le hurte lo mismo que él hurtó a tantos con su inacción o con sus posicionamientos al lado de los que no necesitan mirar la cuenta cada final de mes.

Entregado a la difusión de sus falacias, cuando no de sus mentiras objetivables, hasta el último día, sin avergonzarse ni un protón por tanta corrupción amontonada, por haber vaciado la hucha de pensiones, duplicado la deuda para obtener una financiación que le permitiera coser, hasta el postrero balbuceo satinado con palabras monótonas, ese mismo discurso, ahíto de vanagloria personal y partidista, repleto de alusiones favorecedoras para España, los suyos y olé.

La deserción forzosa de Rajoy ha propiciado la primera apertura de grietas en la silicona que ha mantenido más o menos hermético al Partido Popular y esquivada la costumbre, hasta en eso, del viejo líder de ungir a la búlgara y con el dedo a su  sucesor, una jauría de licacones, algunos de los cuales incluso aparecen en los papeles de Bárcenas, afila los incisivos para  morder a sus correligionarios con el ánimo de ocupar el espacio que deja el menos alfa de todos los machos que en el Partido han sido, y no, no lo escribo con terceras intenciones. Que alguien como María Dolores de Cospedal aspire a empoderarse en el everest del PP representa un exponente desolador de lo mucho que han luchado desde el Partido y el Gobierno contra la corrupción y carraspeo, y carraspeo aún más cuando escucho de sus bocas palabras tales como regeneración, lucha y sobre todas ellas: dignidad.

Y España muda, impertérrita, trapezoidal, sin pronunciarse sobre todos aquellos que pretenden adueñarse de su espíritu, de su pasado, de su futuro, de sus muertos y de sus monarcas, sin quejarse de que tipos como Rivera, desmadejada su estrategia multiusos de querer ser cura, niño, bautismo, féretro, campana y repique a la vez, la mencione cada tres palabras para mantenerse caliente en el corazoncito de los patriotas con sangre irreflexiva de legionario.

Sonroja cuando Rivera alude, con una frecuencia desasosegante, al peligro que entrañan los populismos y los radicales. ¿Populismo? ¿Acaso no es populismo el apelar al pueblo con llamamientos a lo patrio? Populista en el lenguaje de Rivera es todo aquel que incita al pueblo a revindicar sus derechos como tal, pero cuando el catalán que posó desnudo para salir de su anonimato, como las chicas de Gran Hermano en Interviu, arenga a los que persiguen una España sin identidades territoriales reconocidas más allá del actual consenso autonómico, eso, lo suyo, es neoliberalismo, o patriotismo, o solo una gilipollez sostenida de niño bien que aspira, como Aznar, no solo a dirigir a sus españoles, sino a la humanidad misma.

¿Radical? No atisbo otro radicalismo que el que destila el bienafeitao que insiste en la purga, en la represalia y en hostiar con medidas coercitivas a todos lo que no apuran sus mejillas como él. No quiero ni pensar que la persistencia de sujetos como Rivera y la insolente niña Arrimadas en el callejón de la política me haga desear la vuelta de Rajoy.

Esa misma España que aguarda callada y expectante por descubrir que le deparará un PSOE que manteniendo las hechuras parlamentarias de rana, con menos de un cuarto de los congresistas etiquetados con sus siglas, se pretende buey saciándose de un agua coyuntural que solo hincha pero no muscula.

Mis simpatías por Pedro Sánchez han sido mínimas y prolijamente argumentadas en anteriores columnas ya sedimentadas; y tras no haber recibido esa llamada ministrable, no se ha modificado mi percepción sobre su personalidad giroscópica, repleta de pulsiones y contradicciones que desentonan con los corazones enrojecidos de tantos socialistas de puño igualitario en alto y bandera republicana.

Comienza para esta España siempre aquiescente, el año de la rana buey, o viceversa. Y aunque el equilibrio frágil de la alquimia parlamentaria no augura estabilidad, me felicito por el relevo y no dejo de temer la ira de los desahuciados, que si la han mostrado, y con solvencia, en épocas de paz, ahora que les ha implosionado su guerra, no se abstendrán en emplearla contra esos españoles a los que declaran amar y corresponder.

 

 

 

 

 

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