Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

CONSTATACIÓN

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Para el Certamen “Historias de fútbol”

 

No voy a llegar.

De poco me va a servir mi loado sentido de la anticipación, mi tradicional exquisitez en la colocación, mi reputada visión del juego, los silbidos frecuentes que dirijo a mis compañeros de zaga para alinearlos, la generosidad afectiva del público, el buen trato de una prensa deportiva que no demanda todavía un andador con mi dorsal.

Pero no voy a llegar…

Por primera vez en 36 años, la decrepitud se ha adelantado a mis zancadas y esa velocidad que me ha mantenido como defensa central incuestionable ha migrado al hogar del jubilado repleto de exfutbolistas devenidos a comentaristas.

Mi rival, ese al que debería siquiera hacer trastabillar, no ha cumplido los 22 y sus fibras presentan la potencia de lo que no se ha dividido en exceso celularmente.

Ni siquiera mi máxima exigencia muscular me va a permitir abortar su trayectoria, incluso pese a conducirse con la pelota y yo sin ella.

Le faltan menos de dos metros para acceder a la divisoria del área grande y me ha ganado casi otros dos desde los tacos de salida del medio campo.

Percibo como el público, mi público durante 16 temporadas de zaguero asiste, desconozco si con conmiseración o con esa intransigencia futbolística que caracteriza a las aficiones cuando huelen a frágil, a mi epitafio deportivo en esta carrera que ha derivado en persecución. Infructuosa porque mi suposición de que no voy a llegar se está consumando y no llego.

Él ya dispone de posición de disparo, pero todavía pretende ganar unos metros para burlar a mi portero desde el bocajarro. Sin premeditarlo, solo valiéndose de sus prestaciones, acaba de retirarme. Mis dudas sobre si seguir una temporada más han sido disipadas por la soberbia de sus cuádriceps. No es que el partido sea decisorio, pero la jugada sí se erige como tal en lo que a mí concierne.

En ese lapso de pausa que el delantero requiere para impactar a la pelota a la vez que sortear la presencia de mi guardameta, me arrojo al suelo, con la pierna extendida, persiguiendo interceptar el lanzamiento, pero la distancia resulta insalvable también para mi agonía postrera y lo que no ha conseguido mi rapidez, no lo palía mi aterrizaje acrobático y tampoco llego.

En contra de cualquier pronóstico el disparo no ha terminado en gol. El final feliz de la jugada en lo que atañe a los intereses de mi equipo no se ha debido a mi encimismo, ni a lo defectuoso de su golpeo, ni siquiera a la amplitud del espacio que ha cubierto mi portero. El otro central que me secunda, otro chico que tampoco ha cumplido los 22, ha llegado con la velocidad de un cumpleaños a la zona de conflicto con el balón y desplazando la cantidad de viento suficiente para ridiculizarme ante los ojos de presentes y cámaras ha conseguido desviar la pelota centímetros antes de que pudiera traspasar la legendaria línea de gol de todas las porterías de los estadios de fútbol del planeta Tierra.

Restan quince minutos de juego, dos encuentros para concluir la competición regular y un sucederse eterno de domingos al sol, reciclado por igual a vieja que a gloria.

Me levanto todavía con agilidad y le doy un toque en la espada del delantero rival en modo consuelo ante la ocasión desperdiciada.

–Cuando escuches mi discurso de despedida, nunca olvides que lo provocaste tú.

Pero creo que ni siquiera me ha atendido, menos entendido. Quizá se deba a su insolencia posadolescente, o a que el balón ronda de nuevo la demarcación de nuestras capacidades físicas y técnicas, solo que esta vez, antes de que inicie una nueva estampida hacia mi ridículo, lo derribo sin violencia, con las artes resabiadas de un león con la melena cana.

 

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