Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

LO LLAMABAN TEMPORAL

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Publicado en Levante de Castelló el 24 de octubre de 2018

 

Ha vuelto el sol a insistir en los días; se ha recuperado lo celeste como color de tortícolis y ni siquiera hay que mirar ya al suelo para evitar lo líquido en la pisada. Tras un paréntesis entoldado, ha vuelto este Levante de los libros de textos franquistas a recuperar su condición soleada de atractor turístico y las penúltimas oleadas de británicos y algunos alemanes despeinados se siguen sumergiendo por encima de sus genitales para amplificar, a su vuelta, que incluso cuando avanza el otoño sigue imperando la primavera en Benidorm.

A finales de la pasada semana por estos territorios sin fueros, rebautizados oficial y artificiosamente como Comunidad Valenciana, merodeó durante tres días lo de no pocos octubres. Se lo solía llamar temporal y como mucho apellidar “de levante” y su característica más notoria era que llovía, y efusivo, en episodios bíblico, pero siempre recurrente, como otros tantos octubres inmemoriales con aguas ocupando gravedades urbanísticas.

Sin embargo, en este episodio, previo a que aconteciese, con el sol todavía tendiendo a manga corta en las horas centrales de los días, parecía como si los marcianos hubieran invadido de nuevo Nueva York y Orson Welles, renacido, hubiera tomado el control de las emisoras provinciales, de los grupos de whatsapp, de los muros del Face, de los lóbulos frontales de los periodistas y de los responsables de cualquier movilidad humana de esta región y en particular de esta provincia discreta que atiende por Castellón.

Nos dimos a la histeria, al contagio, a actuar como si nuestros territorios fueran Dubai y se presagiara lo de nunca en lugar de un capítulo más de nuestra meteohistoria. Se suspendieron, con dos días de antelación, apelando a la probabilidad, las clases en los colegios, en los institutos (en una primera instancia, ridícula, solo las de los alumnos, no la de maestros y profesoras, revocada la consigna cuando entró en juego la protesta justa), las partidas de guiñote en el hogar del jubilado, las colas en el INEM, incluso los funerales de aquellos que osaran morirse en plena vorágine de las nubes.

Es cierto que la situación, modelísticamente, prometía expectación a quienes nos refocilamos cuando la naturaleza se pone tensa y obsequia con puñetazos atmosféricos. Es cierto que del mismo modo que las fronteras de la alarma del colesterol en las analíticas se han rebajado hasta en un veinte por ciento respecto a hace un par de décadas, también AEMET es más sensible a colorear de rojo lo potencialmente sobresaliente y en esta ocasión advirtió que la provincia de Castellón, al completo, entraba en modo aquaplanning durante dos medios días consecutivos; pero a la postre solo se trataba de las lluvias de octubre, de lo cíclico sobreviniendo de nuevo, del temporal de nuestros abuelos, cuando estaba por inventar lo de la gota fría, incluso lo de la DANA, acrónimo que casi ninguno de los periodistas que la aluden como tal tienen noción de lo que representa ni bajo qué ingredientes troposféricos se cocina.

Y como los tiempos propenden a los superficial, como incitan a la procrastinación y esta a su vez a una saturación de información y, en consecuencia, a una pobreza suprema en conocimiento, la epidemia de histeria meteorológica ante lo inminente presagiado se extendió por todos los hogares provinciales  y hasta los más analíticos en la jurisprudencia de los cielos abiertos se dejaron mecer por una percepción de excepcionalidad que no era sino recurrencia, periodo de retorno, lluvia a la postre, torrencial en algunos casos, pocos, y sostenida, benefactora, vivificante.

Y sí, acabó ocurriendo lo predicho. Con menor vigor, por fortuna, en no pocos lugares, de lo que auguraban los modelos y la provincia se sumió bajo cantidades de lluvia que oscilaron entre los 100 y los 300 mm en apenas un par de días, que siendo merecedoras de apocalipsis en Madrid o Zamora, no han acabado ocasionando en este territorio, avezado al rejoneo airado de las nubes más fieras, más allá de desperfectos locales, cortes de carreteras, inundaciones en las zonas tradicionales y naranjos sepultados por el riego por aspersión vertical. Nada nuevo, nada trágico, nada tampoco extraordinario, o sí, según o quién conceptúe lo extraordinario.

Y los ríos, ramblas, barrancos y torrenteras, desaforados, secos de ordinario en su peregrinaje de secano aledaño al mar, mudaron a objetos de culto fotográfico de los reporteros que ahora habitan en cada uno y exhibida su incontinencia en los escaparates del éxito social falseado de Facebooks e Instagrams. Y un oleaje de dramatismo se extendió por los foros de padres aliviados porque sus hijos no se exponían a la intemperancia de los cielos y porque las autoridades, acojonadas por la malaria de las denuncias potenciales, les habían evitado mojarse los calcetines. Mientras, los servicios de prevención se felicitaban por la ausencia de tragedias personales, lo único no reversible.

Nos hemos idiotizado como sociedad, y pese a que estos cismas de las nubes no me desatan el sarpullido de lo imitativo, no me excluyo. Pese a tener más acceso que en toda la historia de la humanidad a las fuentes del conocimiento, preferimos consumir lo ajeno, lo cocinado, sin cuestionar, sin aplicar nuestro tamiz de cuestionamiento de lo heredado, de lo escuchado; sin adentrarnos en la intimidad de los procesos, sin reparar que ocurrió similar en asuntos de sobredosis hídrica en marzo de 2015, en octubre de 2008, de 2000 (el más relevante del siglo XXI ) y no me remonto más. Incluso dejo de enumerar otros episodios recientes menos extensos, pero más virulentos en determinadas áreas.

No negaré que el pasado se ha erigido en un temporal hormonado, no incurriré en la simplonería de ejemplificar con lo acaecido en Palma para justificar el prurito preventivo, aquello fue otro asunto meteorológico. A la postre, el conocer el territorio que uno habita y el sentido común en el comportamiento cuando adviene lo extraordinario se antojan las herramientas recomendadas para evitar tragedias, pero impera el hábito de dejarnos conducir y nos hemos habituado a que tomen decisiones por nosotros.

Nunca hemos sido tan libres y a la vez tan dependientes, tan propios y tan suyos, tan inconformistas, pero tan gregarios, tan ingeniosos pero tan cosméticos. Acabó lloviendo sí; extenso, incluso voraz, pero de parecido modo a decenas de octubres olvidados, sepultados en la desmemoria por la última serie de Netflix. Acabó diluviando sí, también, pero los beneficios han multiplicado por ene a los inconvenientes. Sin bajas humanas, cualquier conflicto necesita de recursos económicos para restaurarlo y devolverlo al estado de plenitud anterior y eso acaba provocando riqueza.

Ahora solo nos queda esperar a la próxima alerta de nevadas. Conservo la esperanza de que las gentes del Maestrazgo no caigan en la provocación del amarillismo que precede a la inquietud y se conserven recios como los parió la tierra que los sostiene. Pero como de costumbre, algún dominguero quedará atrapado en su impericia nivosa y culpará a las autoridades de no haberle informado ni haberse tampoco coordinado. Lo de siempre, la naturaleza, pero la humana, dándole la razón a Einstein sobre lo de la estupidez.

 

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