Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

LA FRAGILIDAD

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Publicado en Levante de Çastelló el 28 de noviembre de 2018

 

No, esta vez el título de la columna no alude a la última novela publicada por el firmante. La fragilidad, esa abstracción inherente que te percibes, ese felino de genética y de la anatomía que se agazapa tras cualquiera de tus enzimas, de tus tendones, de tus circunvoluciones cerebrales, de tu bazo, te salta a la carótida en el departamento de Urgencias de ese hospital al que están adscritos tus mayores cercanos. Y ya no suelta esa presa en la que se acaba convirtiendo tu sentido de la observación cuando la inanición toma el timón de tus horas muertas; muertas no, letárgicas, que en Urgencias el término muerte cobra un sentido muy vívido.

Apenas si se molesta esa fragilidad en revestirse con la cosmética de la dignidad porque se ofrece descarnada, ajena al pudor de miradas todavía plenas. Un desfile de ancianos rodantes envueltos en esos sudarios azules con los que la Seguridad Social identifica a sus víctimas sanitarias se produjo incesante durante un obsceno número de horas de vigilia de espera en el negociado de Urgencias de un hospital con nombre, pero sin identidad periodística para salvaguardar identidades. Obscenidad horaria atribuible a la saturación de afectados por alguna adversidad abrupta, en colaboración con la prolongación de la vida humana y la elevación de la protocolización de la atención médica que concede a cada octogenario o más allá, las mismas oportunidades de seguir viviendo que a un quinceañero. En España, en esta España universal en sanidad, no se practica eugenesia alguna por razones de edad.

Ancianos mayoritarios recubiertos de su epidermis fina, apenas membrana; infértiles sus arrugas, confuso el color de un rostro que no pocas veces parecía de difunto, protagonizando la mayoría de presencias en aquel purgatorio de la fragilidad. Oxígeno supletorio pese a estar a nivel del mar, mascarillas, vías intravenosas como común denominador, colgajos metálicos con frascos plásticos de líquido traslúcido que bajo el aglutinante universal del agua escondían el fruto químico de vidas oscuras dedicadas a investigar para que el número de respiraciones humanas aumente en número y disminuya en frecuencia. Qué alejados los estereotipos silenciosos de la ciencia de la vocinglería feriante de políticos enamorados de sí mismo y del reflejo que les ofrecen los aplausos de los demás.

Asiendo el ingente parque móvil de camillas y sillas de ruedas una cohorte de batas blancas y verdes que hormiguean por el universo paralelo de los hospitales, descubierta tan solo su existencia cuando esa advertida fragilidad taconea en tu bioma o en el de los tuyos más cercanos.

No parece, no suele, el usuario de Urgencias presentarse como un prototipo de la coherencia argumental; transido por un malestar consciente, salvo en casos extremos, se afana en saber, en saberse, en reivindicar el amparo de un personal sanitario desbordado por el continuum: vocacionales, calmos en la explicación, en las zalemas, pródigos en la sonrisa, serviciales los más, solícitos ante las preguntas previsibles de gentes malversadas de fisiología que ansían conocer tanto el alcance de su dolencia como su severidad.

Los boxes como espacios donde la intimidad solo salvaguardada por una crisálida de rieles y cortinas, donde las conversaciones se yuxtaponen y donde lo sencillo de la naturaleza humana excreta en cada ayeo, en cada consulta al reloj, en cada incertidumbre, en cada retortijón, punzada, ahogo o extrasístole; en cada gesto de fastidio por entenderse tan desvalido, tan próximo a ninguno, tan alejado de tres.

Las sillas carentes de ergonomía, la batería de los móviles en declive, la inanición, las idas y venidas, las analíticas, el tránsito a los aseos, alguna urgencia en la atención, algún estallido de impaciencia por víctimas de su propia suficiencia, la vulgaridad de demasiados al servicio de lo estentóreo de conversaciones delatando la cháchara vacía de las intimidades descollando por encima de los susurros necesarios para que la convivencia no traspase el umbral del anonimato, del igualitarismo que concede la enfermedad y la muerte en última instancia.

Afirmó Mark Twain que Dios ama a la gente vulgar y por eso la crea en grandes cantidades. La galaxia de Urgencias me desempolvó la cita y le otorgué la razón al norteamericano; quizá se deba a que la enfermedad vulgariza, que la horizontalidad de una camilla proporciona un plano de igualdad donde no importan las cinturas breves, los bíceps de haltera o la blancura de las dentaduras. Pero sí entreví durante el procesionar inclemente de las horas un amasijo occidental de hombres y mujeres devaluados por la propia vida, con un alarmante sobrepeso, cuando no obesidad en demasiados, unos cutis en exceso avejentados en estos tiempos laborales donde la exposición a la intemperie suele ser voluntaria. ¿Se puede parametrizar con esos umbrales la vulgaridad?

No se entrevió un solo cura en las inmediaciones, ni se escuchó un solo llamamiento a Dios. En urgencias la fe se desenvolvía humana, a ras de hombres. De existir algún dios, llevaba estetoscopio y pronunciaba palabras esdrújulas y repartía pronósticos, tratamientos, esperanzas o no. Los dioses en urgencias, de haberlos, no gozan de preeminencia entre los consumidores crédulo de mitos atemorizadores.

Finalmente, tras una singladura de incertidumbres y diagnósticos escorados al gris, con la madrugada adueñada de un exterior apenas perceptible, uno de esos sucedáneos de dios, pronunció un número de tres cifras equivalentes a una habitación con vistas a la intimidad y desde ese momento, bajo la conducción precisa de un celador, la fragilidad dejó de ser colectiva para retornar a sus moldes individuales.

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