Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

“ESO”

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Publicado en Levante de Castelló el 05 de diciembre de 2018

 

De poco sirve la historia, sus cicatrices, algunas supurantes todavía; los centenares, quizá miles, de millones de humanos muertos en pro de un ideal, a menudo de otros; de poco sirven los silogismos de lo atroz, el sometimiento de unos para que otros se eleven sobre ellos, si todavía, a estas alturas ya del XXI y en la Europa cunera y civilizada a la que alardeamos pertenecer, la ira ha impregnado casi 400 000 papeletas en Andalucía timbradas con el logotipo de un partido de tres letras al que aludiré en adelante como “ESO” porque me niego a contribuir a la campaña gratuita que le han diseñado entre los medios y el resto de partidos.

ESO representa la antimateria ideológica de lo que soy, de lo que me activa, la nuevazelanda de mi ideario, aquello de lo que execro, de lo que huyo. Su irrupción en el parlamento andaluz ha puesto a media asta la libertad, la pluralidad y lo diverso, un crespón en mi esperanza de convivencia y un motivo más para que mi subconsciente repudie a la misma bandera que ellos exhiben como tótem de lo español. Por orgullos como ese es por lo que el simbolismo de mi patriotismo no se ciñe a la oficialidad constitucional. Además, la propia Constitución, tan idolatrada por los hipnotistas de la estupidez, me produce la misma urticaria que acceder a los desvanes con polvo acumulado de 40 años.

La ausencia de tapujos, de eufemismos, la convicción fascista de ESO representa el retorno de esos ciclos inherentes a los sapiens, en este caso patrios, en los que demasiados alienados, desconocedores, ciegos o tullidos intelectuales, confían lo que ellos entienden como solución del desorden sociopolítico existente a tipos mesiánicos, que usan la democracia a modo de dictadura y que no dudarían en declarar una guerra para reafirmar supremacías siempre que la sangre a derramar fuera la ajena, la misma que la de todas las contiendas pretéritas: la del populacho.

Pese a que los programas electorales suelen presentarse con la utopía bajo el articulado, solo el que el de ESO recoja su querencia por reintroducir la religión en la vida pública, y deduzco que en la académica y en la familiar, ahora que habíamos logrado sacudírnosla un poco, me asombra y ratifica mi calificativo de tullidos cerebrales a los votantes de ESO.

Esa España que inflama las carótidas a los dirigentes de ESO, la misma para la que quieren recuperar las glorias del imperio, obtenido solo gracias al poder de financiación de los Tercios con el oro y la plata esquilmados a Iberoamérica, no ha sido capaz desde que muriese Fernando V de Aragón, bautizado como “El Católico” nada menos que por el papa Alejandro VI, el Borgia más perverso y fornicador de la saga, de disponer siquiera de una dinastía de reyes propia. Primero fueron los Habsburgo, reconvertidos a Austrias para que el mismo populacho que muere en las batallas, pudiera pronunciarlos sin escupitajos, procedentes del país que les da nombre; después importamos de Francia a los malhadados Borbones (aún perdura su inutilidad, su corrupción y su inviolabilidad), sin olvidar la breve incursión de la casa de Saboya, con el sorprendido Amadeo de ídem como único representante a finales del XIX.

Faltos de una cantera de dinastías, nos hemos visto obligados a importarlas, y reyes sin apego alguno a nuestro país, se dedicaron a folgar, a escuchar misa, a enriquecerse, a conceder regalías y a declarar guerras (perdidas casi todas), demasiadas de ellas con la religión como detonante. No importaba el número de víctimas, ni su procedencia, solo el capricho, el afán de defender con sangre territorios conquistados con esa misma sangre, ajenos los monarcas a otras cuitas que las destiladas de su propio hedonismo, sus propias fobias, sus paranoias. Es por eso que abomino de la religión como cohesionador de sociedades, sin menoscabo del respeto hacia la fe íntima de los creyentes, pero íntima, no más allá.

Ese es el imperio del que presume ESO, el de los Tercios de la Legión, carniceros acolchados por el alcoholismo y la perturbación, por una iconografía fascista y por una concepción dinástica de España; el imperio de la familia numerosa de Franco (y uno más), el de la persecución de los maricones, el de los toros y la caza, el de la triple vírica para la mujer (casa, cocina, hijos), el de la simbología de himnos, banderas y peinetas.

No, liderucho de ESO, tu patria jamás será la mía. No comulgo con quienes quieren resolver mi libertad con las mismas caenas con las que el pueblo vitoreaba al carnicero de Fernando VII a su regreso de Francia; me cisco en vuestro programa, en vuestro sentido de la solidaridad, en vuestros vivas a esa España que debiera estar soterrada en la cuneta de enfrente, pero que sigue no solo activa sino rediviva por una constelación de insatisfechos que ha decidido confiar en los leones para custodiar su ganado.

Sin embargo, la resurrección de ESO no es gratuita. Una corriente de descontento ante la política actual ha motivado a buena parte de esos casi 400 000 andaluces a introducir su esperanza en sus fauces, sin detenerse a contabilizar esos centenares, quizá miles, me reitero, de millones de muertos que los totalitarismos, religiosos, fascistas, supremacistas, han provocado solo en Europa a lo largo de los últimos quinientos años. Cuando el capricho de los látigos indiscriminados que sectas políticas como ESO hacen restallar sin miramientos, alcance a algunos de ellos, será el momento de arrepentirse; mientras tanto queda coreográfico agitar la bandera en público y extender el brazo derecho hacia lo alto en privado.

Muy levemente a la izquierda de ESO, el histrión de Casado descoyunta su retórica para justificar que la lista más votada (PSOE) haya perdido los derechos de formar gobierno que exigía para las suyas hace apenas unas semanas. Sus contorsionismos verbales le hacen justificar igualmente que pactar con el equivalente a los neonazis alemanes equivale a reforzar el cambio, la democracia o la desfachatez de declararse triunfador habiendo obtenido el peor resultado del PP en el histórico de elecciones andaluzas en un órdago de la hipocresía que no admite preguntas. Las controversias de Casado tienden a infinito.

Mientras, en Ferraz, el político que ha cosechado los peores resultados electorales en unas legislativas de su partido, por dos veces, Sánchez, insinúa dimisiones, sin sonrojarse, a quien también ha obtenido los números electorales más aciagos para el PSOE en la andadura democrática andaluza. Las paradojas de Sánchez no conocen límites.

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