Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

LO HA VUELTO A HACER

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Publicado en Levante de Castelló el 26 de diciembre de 2018

 

Lo ha vuelto a hacer. Sin que sus detractores, que presumo mayoritarios, pero a los que no nos dejan recontarnos, podamos impedirlo. Es lo que tienen los reyes, que además de ser plenipotenciarios, invulnerables, acorazados, también, incluso los constitucionales, son magos. Lo era su padre y lo sigue siendo este, muñecones de un sistema que los ha adoptado como perennes por su maniobrabilidad y que los ensalza apenas dispone de ocasión para ello. Felipe VI, personaje que si mi columna fuera gráfica aparecería cabeza abajo, volvió a dirigirse a España con palabras que jamás escribe, que no sería capaz de redactar él mismo en ningún caso porque el coeficiente de los Borbones no da para hilvanar parlamentos con sentido, siquiera para improvisarlos.

Pero no solo el monarca avejentado lo ha vuelto a hacer, sino que los medios adscritos a la deuda lo han vuelto a entronizar en sus análisis, como si las ideas partieran de su córtex y no del de sus validos o el de los asesores gubernamentales de la palabra escrita, últimos validadores del discurso.

La paradoja de los ropajes de seda que le atribuye la oficialidad española acomodada a un rey desnudo de carisma, soso como tres ñúes, hermético como una logia, constituye un atentado a mi sentido de la percepción y lesiona el de la libertad que emana, precisa y supuestamente, de esa Constitución a la que en su momento el pueblo no pudo decir no, porque la alternativa la constituían los tanques en los bulevares; traía la Ley magna un rey en su articulado, impuesto por un dictador y al que investía como inviolable, condición, mejor desfachatez normativa, que se ha venido manteniendo hasta hoy y que propició que el emérito (al que me niego a escribir con mayúscula), atesorara una fortuna sin rubor alguno (al estilo del resto de Borbones de la historia de España) y cometiera desmanes en camas y bodegas.

Felipe lo ha vuelto a hacer, como cada 24 de diciembre, recitar naderías en abstracto, cursiladas reales con los jóvenes como eje central de la alocución de esta Nochebuena, más bien boutades sin otro valor que el rellenar unos minutos de absolutismo televisivo porque intuyo que el Borbón sabe que los jóvenes no van a esperar de él, de él tampoco, esa ayuda que ha prometido, porque antes de fosilizarse con la espera, migraron o migrarán a territorios donde los liberales no se pronuncien en contra de que el salario mínimo se sitúe en 900 euros mensuales.

Quizá, sin el quizá me atrevería, esa mención  a la juventud obedezca al intento de la Casa Real por contrarrestar el escaso predicamento que la monarquía en general y el soberano en particular tienen entre la población de menos de veinte, treinta, incluso cuarenta años, puesto de manifiesto en los referéndums universitarios que han arrojado resultados superiores a un 80% de rechazo a la Corona y a los que se ha dado nula cobertura informativa por los medios abonados a la generosidad bancaria de las entidades que los tienen secuestrados.

A la monarquía le va a suceder como a los toros, que languidecerá por falta de apoyos a medida que las generaciones que ahora ocupan los puestos cimeros de la pirámide de edad, educados en la hipnosis institucional , en el respeto, per se, a los símbolos patrios, parta a la cara oculta de la vida, porque a pesar del esfuerzo de la Corte de Madrid por prestigiarla, por disfrazarla de eficaz y de ejemplar, esos jóvenes a los que Felipón intentó encelar con zalemas dialécticas le ha dado la espalda y lo que prosigue. Esos jóvenes, mayoritariamente, están hasta las rótulas de que le regalaran al borbonzuelo la carrera al tiempo que lo investían capitán general de los ejércitos en un semestre y de que no haya improvisado jamás un discurso para dejarnos entrever si realmente lo enseñaron a repentizar sin un ventrílocuo cercano.

Hasta las mismas rótulas me tiene a mí también, aunque sea Navidad y la hipocresía social corporativizada aconseje una tregua en los filos, de sus monsergas diplomáticas, de que no aludiera en su lectura a que hay una docena larga de políticos que sin presentar un solo indicio de violencia han sido acusados de golpistas y permanecen en la cárcel un año largo después del intento de referéndum pacifista, de que no mencionara que todavía se imputa a ciudadanos por defecar verbalmente sobre el mito de dios y la puerilidad de la virgen; de que en Alsasua, esos mismos jóvenes a los que desde ahora mismo va a ayudar, personalmente, desde su condición regia, cumplan condenas de entre dos y trece años por una pelea con guardiaciviles de paisano; de que no tienda otros puentes con comunidades autónomas en las que no obtendría ni siquiera ese veinte por ciento de respaldo que los que destila una fatigosa Constitución que recibe el mismo trato empalagoso por parte de quienes les resulta cómoda para el desempeño garantista de sus vidas políticas.

Deberías, hijo de Sofía, de habernos hablado de algo más sólido, dejarte de las mismas vaguedades improductivas salvo para rellenar las cabeceras de los periódicos de todas las navidades, porque la experiencia nos aporta que sí supiste sacar el látigo de la concreción verbal cuando lo aplicaste, con saña, quién sabe si a petición propia o inducido por tus manipuladores, sobre la espalda de una Cataluña que la única violencia que sufrió fue la desplegada por los miles de robocops que tú y los de tu Corte enviasteis para sofocar el pavor que os produce permitir que se cuenten en paz, que solo eso exigen, y que sumen más de los que nos repetís como minoría y a los que aspiráis a anular mediante prácticas de dictadores africanos como ilegalizar sus partidos políticos o intervenir sus televisiones y emisoras.

Tu sentido de la democracia me conmueve, Felipe VI de esa España de pelucones genuflexos que modula despacio, como tú, para hacernos creer que sois doctos siendo ficticios, que sois comprometidos siendo solo elitistas, preocupado porque tus niñas luzcan toisones de oro y tu padre siga compareciendo en los homenajes como si hubiera sido ejemplar.

Lo has vuelto a hacer, rey acomodaticio, te has vuelto a ganar mi desprecio una Navidad más.

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