Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

SI TE DICEN QUE OPINÉ

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Publicado en Levante de Castelló el 9 de enero de 2019

Opinar, opinar públicamente a través de una columna periodística, supone a menudo un ejercicio de supremacía argumentativa que podríamos correlacionar con ese poso de vanidad (no confundir con egocentrismo) que nos asiste como creadores.

Opinar como eyaculación de un sistema de pensamiento que puede inducir a la reflexión del consumidor de palabras ajenas sobre la opinión vertida. Reforzado por esta metafísica de articulista de fondo, que con este inicia el undécimo año consecutivo de colaboración con ese medio, advierto que tengo la intención de seguir opinando, pasar al limpio de la palabra escrita mis cavilaciones y mi percepción del mundo y sus mariachis, intentando que no pierdan demasiada pureza respecto a como son concebidas, adolezcan o no de fuste o simplismo.

Aunque si me remito a mí mismo, si exteriorizo que apenas veo la televisión salvo algún documental y determinados deportes, ayuno (casi si me pongo riguroso) de informativos como transito, mi opinión puede que no solo sea infundada, sino simple, quizá esencial. Confieso que hace tres días que veo solo algún retazo de telediario, pero mi servicio de redacción está en disposición de elaborar contenidos que no desmerecerían apenas a la realidad, superficial porque en los informativos se nos presenta siempre como tal, pero veraz, o cuando menos diplomática.

El Gordo del Niño ha estado muy repartido. Siempre lo está porque el hecho de que de cada número tenga 45 series y cada una de ellas, diez décimos, arroja un total de 450 fracciones que todavía pueden disgregarse en papeletas. Claro que el de Navidad siempre acaba por repartirse más, en concreto casi cuatro veces más, porque el número de series se eleva a las 170. Fatigosos tópicos anuales que se desmiembran cuando se recurre a la asepsia de las matemáticas, aunque las colas de doña Manolita evidencian que España no es país de matemáticos.

Si descendemos al palenque de la política patria, los blablás de unos y de otros deben seguir en las mismas cerrazones que los del pasado año.

Ciudadanos esta semana se habrá vuelto a redefinir como de centro y habrá completado la primera vuelta de la Excel que recoge sus cambios de orientación en función de encuestas, pactos, entrevistas y tendencias de la moda en sombreros del próximo invierno en el hemisferio sur. Su líder, Rivera, habrá manifestado, con el rostro extrañamente enrojecido, que será inflexible y que no cruzará determinadas líneas rojas.

El PP seguirá también a lo suyo, a regenerar, a regenerarse, o al menos a manifestarlo, que es gratuito; a erigirse como paladín del cambio en una Andalucía en la que solo uno de cada ocho votantes potenciales ha escogido su papela como opción de futuro, pero la sonrisa triunfalista de Casado destella repeticiones de que ellos han sido escogidos para encumbrar a Andalucía a los limbos de la vanguardia. Tanto reiterarlo, que las palabras, y la superchería se han acabado imponiendo a las matemáticas. Ciudadanos y PP sumaron el 39 % de las voluntades electorales andaluces, mientras que PSOE y Podemos se hicieron con el 44. La paradoja, una de tantas, es que Ciudadanos, que también insiste con lo del cambio de la voluntad de los andaluces y tal, execra de ESO y hace como que se mira, incluso que migra, hacia otro lado cuando esta formación, mejor deformación política, le recuerda que sin ellos ninguno de los dos partidos es nada.

ESO encarna ese imaginario español que hiberna pero no muere. Esa España de la caspa y la peineta, de los hombres en los primeros bancos, las mujeres atrás; la España de la alopecia y los Mercedes, de los catetos con banderas, de los que aúllan con los goles de la paradójica Roja, de los que defienden en una casa de putas que los hijos tomen la comunión, ha vuelto a resurgir de sus oseras y se ha hecho con unos pastos estratégicos donde intentan que no se ponga el sol.

Sánchez, con su eterno disfraz de margarita por deshojar, puede que ande declarando hoy que presupuestos sí, para lo contrario declarar mañana, ayudándose de pleonasmos, retruécanos y oxímoron con la dicción despaciosa de quien ha tomado clases caras de elocuencia y entiende que con hablar pausado es más líder. Me consta que ha estado visionando documentales de basiliscos en su afán de caminar sobre las aguas, pero su conflicto radica en que, además, quiere hacerlo con lentitud y la gravedad lo hunde.

Iglesias debe transcurrir con las luces de posición; le escuché algo hace unos días de un permiso de paternidad para retirarse temporalmente a cuidar a sus bebés, algo tan razonable por lo que ha sido vituperado en foros castrenses, alopécicos y evangélicos. No parece Podemos en su mejor forma electoral, varado en la vía muerta del 15 % de voluntades, pese al cataclismo económico profetizado en esos mismos foros cuando Carmena y Colau colonizaron los consistorios de Madrid y Barcelona y al cabo de tres años largos de gestión han reducido la deuda, saneado las adjudicaciones, tomado medidas “populistas” contra la contaminación y erradicado, en buena parte, el mamoneo. Por eso no puede llegar a gobernar Podemos, porque España seguiría el mismo abismo de inmundicia que Madrid y Barcelona, ciudades de las que dicen los detractores gratuitos de Carmelau que están tan sucias como repartido cualquier Gordo.

Y Bolsonaro y su ira apostólico-pueril redecorando la oficialidad brasileira para hacer desaparecer el rojo socialista del cromatismo de los salones. Y Trump, lo acabo de hojear, emperrado en su muro, ahora de acero, para guionizar otra entrega de Los Juegos del Hambre. Y el sempiterno amasijo de migrantes de nuevo erráticos por un Mediterráneo que los repudia. Y la Austria montañosa enterrada bajo la nieve de enero. Y el terror del cambio climático en forma de adelanto en la puesta de huevos del calamar gigante amenazando nuestro planeta. Y Elon Musk enloqueciendo cada día un poco más, una de esas benditas locuras que proyectan a la humanidad por encima de las sandeces políticas. Y los resfriados, y las inversiones térmicas, y la desesperación de los habitantes de las estaciones de esquí españolas porque el paisaje permanece ocre, y las dietas de enero, y las rebajas que cada campaña nos pillan un año más desfavorecidos ante los espejos.

Año nuevo, ciclos viejos, opiniones reiteradas.

 

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