Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

DESCUBRE ESE SARCÓFAGO, íÑIGO

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Publicado en Levante de Castelló el 23 de enero de 2019

 

No conozco a demasiados de mis contemporáneos con los que me relaciono verbalmente a quienes Iñigo Errejón no les despierte simpatía o incluso admiración, en particular por su elocuencia discursiva que rara vez comete un desliz de dicción o concordancia. Será que no frecuento demasiado tertulias con quienes no contemplan el mundo desde lo que me arrogo como aperturismo, ese no dejar que las leyes promulgadas por las élites decidan por mí y me constriñan hasta los umbrales de su interés.

Será también que Errejón me procura esa admiración hacia quienes cortejan la palabra y la someten para cautivar al destinatario. Debe ser deformación profesional ese valor que le concedo a la ilación, a no incurrir en tópicos, en frases hechas, en muletillas archisabidas, en la mediocridad reiterativa, en definitiva, que canaliza mayoritariamente las alocuciones calculadas y papagayescas (¿te suena niña Arrimadas?) de una infinitud de políticos que hacen, demasiadas veces y de esta democracia, un estercolero electoralista presidido por el yo.

Habré escrito más de una vez que los partidos políticos españoles, que son aquellos de los que poseo, por proximidad, un conocimiento más íntimo (entendiendo por intimidad lo que nos llega de los medios y alguna habladuría secreta de segunda mano), no son, aunque intenten parecerlo ante sus potenciales electores, instituciones democráticas porque a la postre, prevalece, plenipotenciariamente, la voluntad de un solo hombre, apellídese Sánchez, Casado, Rivera, el vasco renegado ese, o incluso Pablo Iglesias pese a que su figura esté avalada por el asamblearismo directo. Y habitualmente sin concesiones a otras corrientes ideológicas de su mismo partido y menos a recomendaciones que no vengan de su propio reflejo en el espejo narcisista en el que se inspeccionan cada mañana, en cada inseguridad, a cada ocurrencia.

Por ese liderazgo entre teocrático y totalitario de escualos de aguas turbias, capaces de dejar los escrúpulos en el último cajón, mi voto no se aviene a descansar sobre ninguno de ellos, porque el sistema es un dragón que abrasa a los individuos y moldea a las colectividades, anulando a los librepensadores eclécticos que se han fabricado su propia ideología a fuerza de lecturas, de curiosidad, de escepticismo y descreimiento,  a los que no execran de la energía nuclear a la vez que exigen que el aborto sea un derecho sin penalizar, a quienes como yo, y me señalo, entienden que el CO2 no es un diablo que nos quieren imponer sin explicar, solo repitiendo consignas que ni ellos mismos sabrían profundizar, pero a la vez propugnan por atender a los inmigrantes, acabar con los toros y equiparar a la Iglesia al resto de las ONG que se preocupan por el prójimo.

Quizá Iñigo Errejón, al no haber ejercido de líder, por haberse mantenido a la derecha, o a la izquierda mesiánica de Iglesias, no haya sufrido, ni en mí, ni olisqueo que ante la opinión pública en general, ese desgaste que produce la arrogancia de liderar con mañas de dictador instituciones tenidas por democráticas.

El eterno adolescente que tatúa el rostro de Errejón, caso de no lograr sus objetivos políticos en su nueva andadura escindida de la corriente de chorro de Podemos, bien podría ocupar el lugar de Jordi Hurtado cuando este acabe de envejecer como modo de ganarse la vida, contradiciendo a Echenique, que parece tener un poso de mala leche pronta, desconozco si solo institucional o también personal. La acción de dejar su escaño sin oponer apenas resistencia ha reforzado su impronta de político íntegro, calificativo con el que no deben estar en absoluto de acuerdo sus compañeros de camada que lo más moderado con lo que lo aluden es “traidor”, aunque cuando se aseguran de que no existen micrófonos delatores de por medio, los términos no deben sonar tan pastoriles.

Ha ejercido Iñigo la estrategia parsimoniosa de los despechados, una venganza sorda ataviada de lucidez, sin pegar un solo tiro. Relegado al anfiteatro del organigrama de Podemos desde la derrota de sus tesis más teóricas y más dialogantes con respecto a las más combativas de Pablo Iglesias, conocedor de su pegada popular, consciente de su potencial, ha buscado y encontrado una aliada caracterizada por encontrarse en la edad de las ambiciones prescritas y que parece divertirse con la política, al estilo de Pepe Mujika y que ha sabido regenerar Madrid y desparasitarlo de la anterior cohorte derechona, nepotista hasta la nuez y corrupta hasta las corvas.

De que el nuevo alimón acongoja por su presunto tirón electoral, da fe la intemperancia en las reacciones de quienes hasta hace nada fingían ser sus coaligados de partido, por encima de la afrenta personal que pretenden hacernos pasar como casus belli; de que el dúo impone algo más que respeto preelectoral da prueba la compunción de Pablo Iglesias que ve socavada su posición en Madrid y no solo frente a las próximas europeas, autonómicas y municipales, él que se las prometía tan perdices con su aval a Manuela y que ahora se va a ver obligado a retirarle el saludo, al menos el político, porque la aliada de mi enemigo es también mi enemiga.

Resta el refrendo de las urnas para ratificar la pericia de la entente de Errejón, pero se huele prometedor el resultado. Incluso el PSOE habrá avivado el fuego de sus estrategias para contrarrestar la fotogenia de la pareja. La izquierda necesitaba, aunque de momento solo circunscrito a Madrid, este tercer partido para equipararse en dispersión con la derecha, para forzar el empate a tres de los bloques y certificar, por si no lo estaba lo suficiente, que el bipartidismo, por mucho goebbelianismo que imprima Casado a sus arengas, ya es pasado, pasado anterior. Los empates con muchos goles son mucho más atractivos que las victorias por la mínima, incluso por la máxima.

Errejón es ese líder sin desgaste que un numeroso colectivo de votantes socialistas hubieran querido para su partido cuando Sánchez y Susana se retaban a navajazos en cualquier esquina con cámaras; Errejón es el yerno ejemplar, el empollón socializado, el gafitas comunicador, el policía educado, el guardiacivil inexistente (porque no parece haber ninguno cordial cuando te paran con el coche), ese político lógico y consistente al que uno sí sería capaz de votar si me coincidiera el padrón, antes de que se le arrugue la utopía y se convierta en ese rinoceronte que topa contra todo lo que no emane de él mismo.

Confío, Íñigo, en que si alguna vez llegas a permear el sarcófago del poder y te instalas en él en primera persona, no te pase como a quienes accedieron por primera vez al de Tutankamón, que comenzaron a morir al poco, quien sabe si por la legendaria maldición del faraón o por la prepotencia de sentirse exclusivos.

 

 

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