Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

UN PINOCHET LLAMADO GUAIDÓ

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Publicado en Levante de Castelló el 30 de enero de 2019

 

Que Maduro, un ser con más verborrea que preparación, con más banalidad que cultura, ha devenido a dictador, envanecido y sordo como todos ellos, es un hecho reconocido y constatado incluso por quienes algún día fueron sus defensores.

Que Estados Unidos siente un nulo respeto por la democracia en Iberoamérica (y en cualquier territorio del orbe distinto al suyo) resulta un paradigma de la historia de los últimos doscientos años, a la vista de las decenas de presidentes derrocados y encumbrados a la sombra del coloso del norte, no importa cuanta sangre popular se derrame en el trasiego presidencial.

Que el nuevo títere de la administración USA para Venezuela, un sorpresivo para la inmensa mayoría de quienes no somos venezolanos, Juan Guaidó, ha surgido de las catacumbas yanquis para controlar el país y someterlo a la égida de los norteamericanos, parece mucho más que una especulación.

Que los cachorros de la derecha española, Rivera y Casados, tan beligerantes con cualquier derivada de lo comunitario, afectos a las élites y al imperio lascivo del dinero, se han apresurado a reconocer a un golpista de salón como el tal Guaidó, demuestra que su rasero para medir sublevaciones es desigual y que su facilidad para catalogar como golpistas a los catalanes disidentes, a través de las mismas urnas que solicitan para Venezuela, con el orden actual de las leyes, contrasta con las loas encendidas al nuevo, y fraudulento electoralmente, candidato venezolano impuesto por los EEUU.

Que Rivera y Casado son personajes que prescinden de otros principios que los que tienen al dinero y a su plutocracia como los garantes de su permanencia en el poder, produce un hervor maligno a quienes no comulgamos con que el 90 por ciento de la riqueza esté en manos del 10 por ciento de la población, y creo ser generoso con el porcentaje.

Que Rusia y China, como los dos máximos exponentes del bloque de las izquierdas universales, hayan mostrado sus afectos hacia la continuidad, legítima electoralmente si nos ponemos taxativos, de Maduro, despierta un runrún de confrontación, cuando menos diplomática, que no augura el marco de entendimiento o de concordia que requeriría aquel país que puede devenir en fallido de continuar la escalada de intereses, que no de sensibilidad hacia ese 90 ciento también de pobladores que militan en el ecosistema de la pobreza.

Que Sánchez, desde su enanismo político a escala internacional, haya expectorado un ultimátum para que el exconductor de autobús convoque nuevas elecciones en el plazo de ocho días, no deja de ser otro de los sarpullidos de mesianismo risible, contraindicado con su resistencia a convocar él mismo elecciones habida cuenta de su fragilidad parlamentaria, y sabedor de que, pese a ella, el titular de los privilegios de la presidencia, el que viaja, el que se exhibe en foros y se codea, a cosa de papa Estado con los poderosos, sigue siendo él. Justicia, Señor, pero para mi casa no.

Que la masa (y yo con ella) hayamos convertido a Venezuela en una cruzada emocional, que aquel país forme parte del argumentario político y visceral del panorama de fuerzas parlamentarias españolas, da a entender el grado de alienación de la propia masa y de su escasa capacidad para zafarse de la telaraña de la hipnosis y refuerza mi presunción sobre la ausencia de análisis colectivo más allá de lo superficial, el desconocimiento generalizado de la historia contemporánea  y la sumisión a una propaganda que sigue siendo tan efectiva como en episodios infaustos de un pasado no demasiado alejado.

Que Venezuela siga siendo ese soma prioritario que tratan de inocular los medios a la ciudadanía española, cuando cuatro quintas partes de la población patria no sabría identificar otra ciudad distinta de Caracas y aun demasiados ni esta, representa la evidencia del fracaso como sociedad evolucionada.

Que tipos como Trump sostengan a Guaidó debiera hacer meditar sobre la idoneidad del candidato; que el estilo para sostenerlo se ampare en el tradicional matonismo de superpotencia belicosa (“no se atreverán a tocar a Guaidó”), debería bastar para derrocar las inocencias de los españolitos que también quieren que el autoungido presida aquel país en detrimento de su odiado Nicolás.

Que Maduro no se haya atrevido a detener al presidente paralelo da a entender que teme y no solo a los norteamericanos, sino también a sus propias fuerzas militares, inestables de habitual, quizá proclives a escorarse hacia el lado liberal y convertirse en detenido. La bravuconería de Maduro parece solo concebida para exportarla al planeta con los micrófonos abiertos, cuando se cierran, Maduro debe asumir otro tacto que no le emane de la laringe suelta de todo seudoanalfabeto reciclado a charlatán.

Que existan dos presidentes simultáneos en un país terminal, delata que, pese a los palos del pasado, pese a los cientos de millones de muertos habidos en defensa de patrias, ideales, ideologías, facciones, hegemones o familias, la masa continuará muriendo a pie de calle mientras Maduros y Guaidós arengan, desde sus búnkeres, a proseguir la lucha en favor de ellos mismos.

Que la dictadura venezolana sea la única que merezca trato programático y reiterativo por parte de Casados y Riveras como arietes de ese brazo mediático que pretende devolver a España al capitalismo de derechas, que el adjetivo bolivariano se haya convertido en un insulto, denota el grado de toxicidad reflexiva al no tomar partido no ya por Arabia Saudí y su monarquía absolutista, sino por Guinea Ecuatorial, igualmente excolonia de España, como Venezuela (liberada, por cierto del yugo hispano hace dos siglos), donde Teodoro y Teodorín imponen su tiranía desde hace cuarenta años con la anuencia de esta patria tan tuya, y docenas de regímenes dictatoriales en países apestados por la riqueza.

Que a juzgar por el trato deferencial que se concede a Venezuela, parece que todavía pertenezca a la Corona española y que esta tenga, todavía, ascendiente y responsabilidad sobre su andadura como estado.

Y que sí, que quizá, pese a que me resista, también lo hayan conseguido conmigo porque si relees la columna he mencionado ocho veces con esta la palabra Venezuela, por mucho que enumere a Barquisimeto, Maracay o Maracaibo como ciudades distintas a Caracas.

 

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