Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

QUEDAOS CON VUESTRA PATRIA

Deja un comentario

Publicado en Levante de Castelló el 10 de abril de 2019

 

La patria es un mito. Todas los son. Un mito forjado y consolidado a lo largo de las centurias por los beneficiarios de su explotación, usufructo o tenencia, que la han convertido en un artefacto geográfico con el que medrar sobre las voluntades irreflexivas, un tótem histórico que arrojar al incrédulo, al disidente; una justificación para quemar a quien no la idolatra lo suficiente; un invento histórico-emocional, en suma, que arroja dividendos políticos y económicos a quienes gestionan su supremacía, su absolutismo, su unicidad.

Los estereotipados como patriotas no entenderán este razonamiento porque asumen el concepto de patria, de la que enmarca a España en este caso, como un tercer ventrículo, como una sección más de su aorta, como el cromosoma 24, como un componente epistemológico de esa sangre que no dudarían en derramar si quienes la abanderan les pidieran sacrificio, mientras ellos deciden, desde la comodidad de un despacho, sin el menor remordimiento, a los sacrificables, a los que deben servirla hasta las últimas consecuencias por el bien de su continuidad como ente salvífico.

El mito que articula la patria se revela como una percepción disyuntiva: de un lado por quienes le rinden pleitesía, de otro por quienes lo denuestan. La patria no existe más allá de las percepciones emocionales de los individuos afectos. En concreto la suya (la mía tiene otro acervo), esta confeccionada por demasiados tópicos, por demasiada historia deformada, por un exceso de reyes que la expoliaron en beneficio propio, por marqueses, condeses, baroneses y duqueses que han ido acumulando territorios a fuerza de expropiarlos, en su momento, por la fuerza, a sus antiguos propietarios, o simplemente, auxiliados por ejércitos, asestando un “esto es mío”. Patria de toros y peinetas, de astrofísicos emigrantes, de procesiones y tiro de pichón, de rey y bastos, de constitución polvorienta y chiringuitos de playa. Esa no es mi madre geográfica, pero la tengo que soportar como madrastra, a ella y a las loas que emergen de gargantas demasiado vibrantes para mis oídos dados a lo laxo.

Y aunque no incurriré, para desmitificarla, en el anacronismo justiciero de repugnar a los conquistadores del XV y del XVI en virtud de la moral de ahora, sí conviene añadir que aquello, lo de la hispanización, acabó siendo primero una invasión y después un expolio sostenido -por muchos libros de autoayuda que financie Borrell, como el recientemente publicado por el ministerio de Asuntos Exteriores, “España, una historia global”, para blandirlo en los morros belicosos de López Obrador-,  para justificar el acomodo, patrio, en aquel continente que proporcionó oro y plata a los reyes para sus conquistas y sus vicios, para sus fornicios y sus palacios.

Esa patria de las tres derechas, soflamada cansinamente arenga tras arenga, que en eso se han convertido las intervenciones de cada uno de sus líderes y sus correspondientes palmeros (sin exceptuar las de ese PSOE que pretende ser misa y repique a la vez, cura, muerto, niño y ataúd) solo existe como ejercicio de concienciación colectiva para ser abrazada por todos y por las partes, para señalarnos como leprosos constitucionales a quienes nos resistimos a esa connotación; la patria, pues, es como un dios, pergeñado y solidificado para atemorizar, y ¿qué son los dioses sino mitos?.

Las maniobras para preservar a la patria de la supuesta epidemia de Podemos, concluyeron con la potenciación de la atinadamente llamada Policía patriótica, un ente abstracto que siempre estuvo ahí, constituida la actual facción por pistoleros para contentar a los nietos de aquellos otros que resultaron vencedores en la Guerra Civil y salvaguardar de ese modo, destruyendo a líderes antagónicos, ligeros de patria, la idea de patria que estos profesan.

El intento de dinamitar la reputación de Pablo Iglesias, conjuntamente desde la práctica totalidad de medios y desde la oficialidad de un poder político al que le gusta el barro, ha representado uno de los capítulos más ominosos de la breve democracia española. Es razonable que el perseguido se revuelva y aguijonee a cualquiera que haya tomado el sol en martes. Rajoy registrando, Soraya asesorando, Zoido amnésico, Fernández Díaz rezando entre onanismos; pocos quieren recordar lo que no hace mucho tuvieron a bien ordenar. Ahora les ha dado por sorprenderse, por negar, por acusar, por vociferar, que ese es el orden de las réplicas de los implicados, nada ajeno a la naturaleza humana cuando la acorralan.

A la postre, el Coletas se había ganado a pulso la vigilancia y la calumnia, el levantamiento de un entramado falso de actuaciones sustentadas sobre el cartón piedra de pruebas construidas para dar apariencia de solidez siendo burdas. Qué se joda el Coletas, lo tiene merecido, por Coletas, rojo y contraventor del concepto de patria que tanto nos debiera conjuntar y que tantos millones de muertos en conflicto ha causado a lo largo de las épocas.

Si alguno de los lectores puede trasladarme algún apartado del programa de Unidas Podemos que vaya en detrimento del progreso social de la mayoría, entrego mi nuca para el descabello. Aunque se podría contraargumentar que Madrid o Barcelona se han convertido en ciudades postapocalípticas en las que impera el libertinaje y que incluso han vuelto a reaparecer los velociraptores sus calles desde que son gobernadas por Podemos o derivados. Ah, claro, que Madrid está sucio. Siguiente pregunta…

Había que destruir a Iglesias (pese a que no figure en mi nómina de personajes a reverenciar) porque amenazaba el viejo orden, porque estaba despertando algunas, demasiadas conciencias hibernadas, porque razonaba brillante, porque no leía los discursos, porque parecía preparado por sí mismo y no por la Casa Real. Y Venezuela lo soportaba todo. Leña a Iglesias, sin remilgos con el látigo; chavista, bolivariano, comunista, bolchevique, cabrón…

Si ese supuesto Jesucristo al que aluden los evangelios volviera a resucitar y comprobara quiénes y cómo son los que le rezan con asiduidad, promovería una nueva escabechina de mercaderes con gomina que ahora trafican con la ingenuidad de esa mercancía electoral llamada ciudadanos.

Si la patria española, esa que hace desangrarse de sílabas a Casado, Rivera y al otro en cada intervención es la que hiperbolizan, la misma que pretendían preservar los policías expertos en salpicaduras de mierda invisible pero efectiva, me sigo quedando con la que contemplo desde la Estación Espacial Internacional cuando atardece, con los Pirineos seminevados y Urbión también; sin dioses ni fascistas reivindicando sus etiquetas. Solo la piedra y la clorofila, los trigos medio crecidos, en ciernes de perder la flor los cerezos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s