Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

EN MENOS DE UNA DÉCADA

8 comentarios

Publicado en Levante de Castelló el 17 de abril de 2019

 

Desde aquel que desmoronara las Torres Gemelas, ya en 2001, ningún incendio ha provocado tanta expectación planetaria como el de Notre Dame de París, un emblema del gótico realzado si cabe por emplazarse en la capital francesa, una las ciudades icónicas en monumentalidad que no deja indiferente al visitante.

Acostumbra a ser el fuego el agente de destrucción que más impacta en los ojos de cualquier testigo. Ese afloramiento ennegrecido del carbono, esa desertificación de la vida, a menudo se antoja irrestañable a miradas hechas a lo absoluto, al tenebrismo irreflexivo de lo irreparable.  No obstante a ese primer drama visual, lo verde se acaba por abrir paso entre las ruinas con una celeridad mayor de la que si siquiera se atisba tras ese primer predominio de lo negro.

Muy pocos son los edificios con más de dos milenios de antigüedad que han resistido los embates del devenir y han perdurado lo suficiente como para llegar incólumes a nuestros días. El tiempo devasta y reconduce. El tiempo, y la tectónica de placas, y el fuego, y las bombas y los despropósitos de una especie humana tan aniquiladora con lo ajeno cuando la ira de la guerra, como conservacionista de lo propio cuando la planicie de la paz.

De las antiguamente calificadas como siete maravillas del mundo, solo resisten erectas las pirámides de Egipto; ayudan sus hechuras de piedra. Sin embargo, la desaparición de las seis restantes no despierta un sentimiento de pérdida entre nuestros contemporáneos y solo perduran como mito brumoso arquitectónico, me atrevería a decir que desconocido para un porcentaje muy elevado de la población mundial. No se echa de menos lo que no se conoce y por esa misma razón, el que Notre Dame haya ardido en parte, no habrá provocado en indios o vietnamitas un encogimiento de aurículas como el que ha ocasionado en Occidente, en particular en Europa, o en quienes hemos visitado la catedral y hemos admirado la cintura breve de la nave central, la mirada polícroma del rosetón, la luz inaudible de sus vidrieras, las dos caderas rotundas de su fachada, si estos tiempos feministas de más me consienten la feminización literaria de una catedral de dinastía, preeminente en el ranking de lo sacro.

Para aquellos que sobreestimen el valor del arte atendiendo a su proximidad, me atrevo a plantearles que se pregunten si se empañarían tanto de pupilas si ardiesen los templos de Ekambaranatha, Brihadishwara o Sri Ranganathaswamy. No, no son jugadores de criquet de Calcuta, los tres son catedrales impresionantes y añejas del hinduismo de las que no somos capaces siquiera de deletrear sus nombres. ¿Se nos encogerían los atributos de igual modo si las viésemos envueltas en llamas que tras la contemplación de la pira cristiana? ¿Es la pérdida artística la que nos sobrecoge o la percepción de que se ha quemado una parte de nuestro libro de arte de cabecera? Relativizar acostumbra a ser un verbo poco conjugado del que apenas se enseña su significado en los colegios; su afloramiento ayudaría a no percibirnos tan propios, tan apegados a lo nuestro, tan arrogantes con los semejantes en demasiadas ocasiones, tan poco comprensivos con el concepto de efímero, tan partidarios de perpetuar lo de ahora en detrimento de lo de mañana.

Se ha quemado una porción considerable de Notre Dame y las televisiones y los enviados especiales narran a pie de tragedia los arabescos del humo, pero a diferencia del Coloso de Rodas, o del templo de Halicarnaso, la catedral parisina será reconstruida con mimo histórico, con fidelidad de copista, y en menos de una década, quizá antes de un lustro, lucirá de nuevo su silueta de prima donna gótica para contento de católicos, turistas y franceses enamorados en exceso de lo suyo. Un archipiélago de donaciones en favor de la inmediata reconstrucción reparará la piedra y la madera chamuscadas; las obras de arte perdidas serán reproducidas con tal cuido que el profano no detectará que son réplica y no original, como tantas otras que decoran los espacios urbanos de florencias y berlines. La historia superponiéndose, reconstruyéndose sobre los cimientos de antiguas ciudades y civilizaciones. La Tierra como maestra de tal proceder, proveyendo extinciones masivas y resurrecciones pletóricas, sabia en conservarse hasta que el abrazo del Sol la desintegre.

Una de las grandes paradojas de los sapiens estriba en su generosidad con las causas inertes, como es el caso de la reconstrucción de Notre Dame, y su insolidaridad con los necesitados de tejidos y tuétanos. Los mismos que donarán millones de euros para reerigir el principal icono religioso de París, los negarían para sufragar las penurias de tantos millones de africanos que abandonan sus patrias expoliadas por explotadores occidentales incluidos franceses y españoles. Quienes loan a Nuestra Señora de París, impiden atracar en sus puertos a barcos atestados de miserables sin apenas nombre. Esa esquizofrenia bipolar ha sido una constante en el comportamiento de hombres e imperios. Hitler soñaba grandilocuencias artísticas mientras gaseaba a seis millones de judíos, anteponiendo los sillares a los latidos, las pinceladas a la respiración.

No implica lo anterior una desafección hacia los símbolos de piedra y luz sobre los que se ha forjado la cultura, la historia, la idiosincrasia de mi especie; a mí también me sobrecoge ver consumirse determinadas armonías, pero estoy aprendiendo a relativizar, a no desayunar tostadas untadas con catastrofismos, a no beber leche elaborada con puntos de no retorno, a no tomar el café de la Tierra irreparable. Casi todo es reversible salvo la muerte y aun esta se revela necesaria para la continuidad de la vida. El Liceo de Barcelona exhibe una curvatura más definida que antes del incendio, parecido ocurre con La Fenice Veneciana, incluso las catedrales de Chartres y de Reims, entre otras, incluida la de León, que perdió su techumbre en un incendio en 1966, lucen un esplendor gótico reconstruido que el turista no juzga como tal; solo percibe y se solaza con sus respectivas monumentalidades.

Se ha perdido una buena parte de la historia de París, de Francia misma, lloran los más dados a lo plañidero, pero la primavera amenaza con restituir lo verde y reponer las gárgolas perdidas para que el espíritu de Quasimodo avizore París desde sus equilibrios tan bellos como siniestros.

Las del fuego son siempre victorias temporales. No arderá tampoco del todo París en esta ocasión.

 

 

8 pensamientos en “EN MENOS DE UNA DÉCADA

  1. Pretencioso a más no poder….a partir de ese “encogimiento de aurículas” he dejado de leer

  2. A mì me ha encantado.De hecho,voy a imprimir el artìculo

    • Tengo claro que si lo firma un desconocido, resulta pretencioso; si lo firma uno de los periodistas consagrados es sublime. En cualquier caso, gracias por comparecer. Soy consciente, no obstante, que no se puede agradar a todo el personal. Si alguna vez necesitas un “negro” de confianza, me dedico, también, a ello, pura supervivencia. Afectos

  3. Juanma,no sè si has escrito lo ùltimo por mì.Soy de Sevilla,he llegado a tu escrito por azar,jamàs he leìdo nada de Castellòn,en diarios digitales,y no sè quièn eres.Pero buscaba un artìculo como el tuyo,algo diferente,en todo este caos con lo de Notre Dame,y,pues eso,que me ha encantado.Un saludo

    • Por ti era, Fran, hay mucha hipocresía periodística. Siempre procuro apartarme de ella, Lo de catalogar artículos según la firma lo decía por el anterior comentario. Mis aprecios a ti y a tu sur.

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