Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

LO PRÓXIMO, MANGUITOS

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Publicado en Levante de Castelló el 15 de mayo de 2019

 

Yo quisiera ser amable en mis juicios, protocolario como Doris Day, recién fallecida a los 97, y a la que mi contabilidad en mitos plateados hollywoodienses la había apeado, gratuitamente, del bando de los vivos.

Yo quisiera parecerme al Alfredo Pérez Rubalcaba al que los obituarios han extirpado cualquier vestigio de maledicencia, como si la leyenda de aquel Alí el Químico por el que no quería pasar a la historia y que reclutaba mendigos por Madrid para experimentar con ellos en asuntos de drogas y sus efectos, hubiera sido solo una invención de monologuistas borrachos. Pocas veces la muerte de un político ha despertado tanta contrición colectiva como la de un Rubalcaba al que cuando se vio forzado a dimitir por los malos resultados en 2014, los suyos, los socialistas, ni siquiera el tipo más hipócrita de los albañales de la política española como Felipe González, no le dedicaron los elogios que ahora le ofrendan en competición por ser el más empático. La superficialidad ficticia y empalagosa de las necrológicas desterrando cualquier sospecha de mala praxis humana en vida, de haber pertenecido a las amplísimas cloacas del Estado, de ordinario contingentes, gobiernen populares o socialistas. Pero a mí también me caías bien, Alfredo, lo escribo sin dobleces.

Yo quisiera ser bien pensado, incluso sumiso, con el sistema; presentar mis mejillas otrora cristianas, las dos, para recibir las bofetadas legislativas de uno u otro gobierno, a la postre importa poco su cariz; y en virtud de esa pretensión de buenismo quisiera no tener que asombrarme con la puesta en marcha de la ley de fichar obligatorio y la aludo así por pereza de no googlear su nombre de BOE y porque no estoy seguro de si debo rastrear en el apartado de leyes o en el de las chapuzas ideadas por algún mítico personaje de los extintos tebeos.

Aluden los pretorianos que se ocupan del empleo y sus derivados del actual Gobierno en funciones, ministros a los que presumo más capacidad para obedecer que para legislar, que se aproximan a tres los millones de horas semanales que las empresas ratean a sus empleados ante la inexistencia de control obligatorio en horarios y calendarios. Tres millones de horas semanales divididas entre veinte millones, aproximados también, de trabajadores arroja un redondeo de diez minutos, cortos, laborados de más por trabajador y semana: la estadística desnudando. Sí, ya, me lo sé: generalización en mi análisis, selección interesada de argumentos críticos, presunto desprecio hacia esa minoría que sufre los abusos horarios de sus patrones bajo la amenaza de la no renovación; me sé la letra pequeña de la potencial disconformidad con mi razonamiento, pero la entrada en vigor del reloj laboral universal, patrio si eliminamos la hipérbole, se me antoja uno de los mayores disparates reguladores de los últimos años, ¿décadas?

Imponer la obligatoriedad empresarial de que la totalidad de la plantilla estampe su iris, dáctilo, prepucio o sus humores corporales en un registro acumulable durante cuatro años se me antoja una ocurrencia socialista sin fundamento, precipitada, promulgada sin reglamento, apenas una guía práctica apresurada, una muy española manera de involucionar en lo laboral, un despliegue de la VI flota para acabar con una plaga localizada de cuervos, una exhibición de tremendismo que sin duda entresacará lo más granado de la picaresca española (por ambas partes, contratante y contratada) y que si tiene como objeto crear empleo, sin duda lo va a conseguir en lo tocante al necesario incremento de la policía laboral para ejercer el control y la represión contra los pícaros cazados in fraganti.

No creo ser sospechoso de deslealtad hacia una clase trabajadora a la que pertenezco. Durante muchos trienios, uno fue sindicalista sin carné, de los de ayudar a sus iguales sin atender a siglas y que pese a poder ejercer su derecho a liberarse, no se tomó una hora de menos, de las gratuitas, de las que se conceden los liberados sindicales profesionales para recoger a sus hijos del colegio. Confieso que en su momento incluso sugerí a la dirección de mi anterior empresa la retirada del reloj que reguló siempre, durante más de dos décadas de asalariado, mis horarios laborales antes de ingresar en el purgatorio del autónomo. Obedecía la solicitud de retirada experimental a una apuesta personal hacia la responsabilidad del individuo frente a la presencialidad, a mi bucolismo de trabajar por objetivos sin someterse a la inanición de los minutos de más, al adquirir esa flexibilidad como trabajadores que donaran esfuerzos cuando correspondiera y recibieran compensaciones temporales cuando lo merecieran igualmente. Fue rechazada de facto, sin someterla a análisis. Mi antiguo jefe permanece como factótum plenipotenciario en una empresa a caballo entre lo público y lo privado después de cuarenta años y eso no se consigue innovando sino apretando el puño, aunque debo escribir que he sabido de amos peores en materia de conciliación.

El computar al segundo los minutos de trabajo no parece la mejor medida para situarnos en esa vanguardia del progreso que tanto envanece a quienes ganan unas elecciones cada día antes del desayuno. Converjo plenamente con la finalidad última de la chapuza: la erradicación de la explotación del trabajador bajo la amenaza de la no renovación del contrato; pero no puedo asimilar que el itinerario para erradicar la nueva variante de la esclavitud sea el ampliar las pupilas coercitivas de papá Estado hasta los umbrales del Gran Hermano. ¿No sería más expeditivo establecer un cauce para denunciar anónimamente las explotaciones, a modo de un 016 laboral, y actuar sobre esas empresas con tintes esclavistas?

¿Cuántos inspectores de trabajo serán necesarios de más para absorber el control horario de las empresas? ¿O acaso pueden absorber esta tarea los existentes? Si fuera así ¿han estado hasta la fecha rascándose las liendres? Sonrío, lo intento, pero me surge una mueca anticuada y me pregunto si no estaré comenzando a ver gigantes donde los demás siguen viendo hologramas de molinos, o de aerogeneradores, por evolución.

La complejización laboral del tejido empresarial español, por acotar, ha expandido la casuística de tipos, modos, fórmulas y acuerdos de trabajo entre empresarios y trabajadores, pero esta obviedad la deben conocer sobradamente en la bancada socialista. No obstante a ello, no sé si en un afán infantil de restituir la “O” de “obrero”, el PSOE ha lanzado la ley sin mayor envoltorio que las declaraciones populistas (y aborrezco el término porque quienes lo usan como arma arrojadiza lo son tanto o más que los destinatarios), una ley que nos retrotrae a otras épocas encorsetada, una ley que pretende igualar lo diferente entendido como una diversificación del progreso.

Mi disyuntiva actual se debate entre bajarme una app para fichar a diario, aunque en pijama y despeinado, por pura nostalgia, o poner en marcha una fábrica de manguitos porque presumo pudiera ser la siguiente iniciativa del Gobierno que nos viene para mantener, a cañonazos, la disciplina en empresas y trabajadores.

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