Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

OTRA RACIÓN DE BECERRO DE ORO

Deja un comentario

Publicado en Levante de Castelló el 5 de junio de 2018

 

Tómese un futbolista decadente con un pasado deportivo lustroso, añádasele un siniestro, mejor uno automovilístico, mejor todavía si luctuoso, desestímense los aspectos de la conducción que enturbien la tragedia, ignórese a cualquier acompañante fallecido o chamuscado, alíñese con una iconografía de multitudes, de capillas ardientes rebosantes de gentes con escasa inclinación a mitificar a los astrofísicos, prolónguense tres, cuatro días las exequias periodísticas y ya tenemos leyenda a la que ponerle una camiseta, concederle una medalla póstuma y dedicarle un minuto de silencio o de bullanga, en cada uno de los partidos de su equipo de cabecera.

Lamento la muerte de José Antonio Reyes lo mismo que la de Miguel Damián Pocostales, agricultor de Cervera de Pisuerga, toda una existencia dedicada al trigo y a su pan; que la de Abelardo Macián, exminero y escritor aficionado, que la de Fernando Vicálvaro, exmédico rural de Alba de Tormes, que dedicó sus años profesionales a diagnosticar meningitis y sarampiones en comarcas deprimidas por la demografía. Aunque si me pongo intenso, sí me hurgo los enfisemas, si me araño esa entraña donde reposan las verdades incómodas de exhibición, el dolor es menor, mucho menor, casi es ninguno y no se debe ni a mi condición de insensible con los óbitos de desconocidos, incluso a destiempo biológico, ni a la propia figura del futbolista; lo que ocasiona mi merma sensitiva es el exceso, la enésima tragedia nacional que los medios, sin excepción, se han apresurado a construir en torno a alguien que solo atesoraba talento en los pies, sin otra aportación a la sociedad que regates, eslálones y puntapiés constreñidos en la media hectárea larga de un campo de fútbol.

Obviemos el nombre, dejemos de lado la notoriedad del protagonista y atendamos a los hechos. Un tipo conduce, en compañía de dos familiares, un vehículo de alta gama y en su condición de adicto a la velocidad y de su suficiencia al volante, acelera hasta los 237 km/h. Cualquier levedad en el firme, cualquier menoscabo de las gomas propicia un reventón (o eso se ha difundido) y el vehículo impacta contra Dios mismo y después de descuajaringarse, se incendia hasta lo inhábil siquiera para el reciclaje. En el siniestro fallece el conductor, uno de los acompañantes y el cuerpo del tercero se recubre de quemaduras en un 60% (ese porcentaje entraña secuelas permanentes). Los medios, todos, sin excepción, al trascender la noticia de un accidente de esas características tachan al conductor de kamikaze, de asesino, de suicida, de antiejemplo y de docenas de calificativos más, ninguno de ellos conciliador. Y ya puestos, se exige, como de costumbre, una nueva ley que impida a estos sujetos descansar en paz. Ni una mención a la familia que deja, tampoco ninguna condolencia, sin atisbo alguno de homenaje, tres medallas bajo cero.

Pero sucede, voilá, que el conductor atiende por José Antonio Reyes, que ha sido futbolista de renombre, incluso internacional una veintena de veces y las redacciones comienzan a metamorfosear las reacciones potenciales caso de haber sido anónimo y dotan a la noticia de los laureles del héroe caído. Silencian su temeridad, se encogen de hombros informativos ante la aberración de la velocidad, se desentienden del otro muerto, más todavía del herido y se lanzan a una vorágine laudatoria del que hubiera podido ser un asesino caso de haberse apellidado Martín y llamado Juan Antonio.

Y las televisiones abren con el duelo de paisanos y aficionados. Y los periódicos remarcan sus escorzos y los tres niños que deja. Y las radios aluden a su carisma, a su gracejo, a sus buenas acciones para con los niños con cáncer cuando las cámaras grababan. Azarosamente ha dejado de ser un kamikaze, ya no son necesarias leyes nuevas ni la prisión permanente revisable para los casos en que estos energúmenos de la velocidad sobrevivan. Todo es un crujir de lagrimales derramándose sobre camisetas rojas, blancas, azulgranas, polícromas en definitiva.

Para completar el órdago a la razón, la muy noble y tan Real Federación Española de Fútbol se suma a las exequias y anuncia su intención de conceder la medalla de oro y quilates con triple tirabuzón bordado en hilo de seda a José Antonio Reyes, por su heroicidad en el acto final, por haber sido capaz de no acabar de rematar al tercero de los ocupantes como último gesto del héroe que escondía y que defendió la gloria deportiva de España a razón de cuarenta mil euros por convocatoria, un apóstol de la patria, oigan.

Si ya me desata el estupor la continua entronización mediática de la mediocridad como becerro de oro al que seguir admirando, el condecorar social y póstumamente no solo ya a seres sin relevancia, sino a sujetos rigurosamente peligrosos para la integridad ajena se me antoja un trágala demasiado indigesto para que su muerte me conduela en proporción a lo que tratan de inocularme.

Pero cuando me asiento de reflexiones me hago saber que pertenezco al orden de los primates, a la familia de los homínidos, al genero homo y a la especie de los sapiens, especialista en la fabricación de mitos, en la proyección de ilusiones con ánimo de que trasciendan, de que subyuguen para que quienes las promueven conserven su posición en el vértice de la pirámide. La magnificación de la muerte de Reyes solo ha sido una evidencia más de esa práctica y la de obviar lo sórdido para concentrar la publicidad en lo histórico vibrante.

Sociedades enfermas son aquellas que cortejan a villanos como si fueran héroes; las que ensalzan a Kevin Durant, pero denuestan a los senegaleses miserables; las que sobreseen en unos los motivos que servirían para crucificar a otros por los mismos.

No, no me duele de más la muerte de un futbolista que la de un físico. Acaba de morir Ramón Rodiezmo, un pastor de Duruelo de la Sierra, tras una vida de hielos e intemperies orientada a las chuletas de cordero ajenas y sin necesidad de estímulos mediáticos, el gen de la tristeza remuerde mis anatemas. Tenía todavía un Dyane-6 y nunca pasó de 120.

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s