Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

NO VOLVERÍA A HACERLO

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Publicado en Levante de Castelló el 12 de junio de 2019

 

Me siento utilizado, Una vez más. Y aunque tengo mis años, mi histórico de votos, abstenciones, pataleos, disyuntivas y decepciones, voté. A sabiendas de que al poco, como constato, me sentiría utilizado, una vez más, que el préstamo electoral que deposité en modo papela en una urna legal, sin rastros de made in China, constitucional y romana pues, hasta cuatro obedientes y cívicas veces, será malversado al antojo de sus usufructuarios por mor de la conveniencia partidista, de los egos que salpican la política y de los trueques mezquinos de territorios, regalías y taifas de guardar.

Excluyo de la zarabanda de diatribas a los munícipes electos porque de ellos es el único reino de afecto a los colores de sus patrias chicas por encima de siglas en no pocos casos, con mayor distancia de la Corte cuando más diminuto el pago y por ende más necesita del altruismo para gestionarlo. No guardo una sola duda de que en la mayoría de ellos reside la verdadera vocación de servicio, esa voluntariedad de prestar sus manos desinteresadas a sus vecinos para posibilitar que la prosperidad no pase de largo y los vacíe un poco más.

No bastará este exorcismo escrito para sacudirme mi inclinación al nihilismo, hacia ese refugio intemporal donde la negación y la desconfianza ganan enteros en mi ideario a medida que cumplo plenilunios y observo las mismas mecánicas poselectorales de los banqueros de mi voto y quizás del tuyo si te percibes próximo a mí abdicación como activista democrático del voto.

Confieso que si tuviese que votar mañana mi urna quedaría vacía. Y aunque el portavoz del PSOE, tan ufano, tan gallo como su líder, baladronee con nuevas elecciones si los demás no se pliegan a sus dictados y sentencie que las urnas tienen memoria, en este caso le replico que memoria tengo yo y que si cometí el desliz de verter alguna papela con una rosa desvaída como icono en la urna de la expectativa, ni recién adquirida condición de nihilista me impediría votar a quienes afrontan el gobierno como si fueran los únicos siendo apenas un tercio, depreciando, con la arrogancia de los distantes, coaliciones con afines ideológicos por le mero hecho de medrar en solitario y posicionar a los suyos en despachos con banderas oficiales, sin oler a otra revolución que la cosmética. Ahora, los asesores de Moncloa lo han bautizado como gobierno de cooperación, pero olisqueando a Sánchez, parece una encerrona.

No, José Luis, Ábalos. Quienes nos dejamos seducir por la reflexión que dimana de vuestras actuaciones no nos sentimos cómodos con divos como presidentes, ni con gobiernos monocolores cuando el espectro es polícromo. Quizá, en esencia, quienes no tengáis memoria seáis vosotros, sin el quizá, porque os amparáis en la fragilidad de la condición humana para volver a teneros en cuenta primero a vosotros mismos y después a vosotros mismos también.

Pero mi nihilismo no sobreviene sobremanera por esa tendencia hacia el totalitarismo gubernamental del PSOE, aunque siempre te daña más quien sientes más próximo. El día que vacunaban contra la triple vírica de la desmesura, la desvergüenza y la miseria personal, a Albert Rivera, el más surrealista de lo cinco líderes (en prieta competencia con Casado), le saltaron el turno porque debía estar “rompiendo a malo”, como el prota de Breaking Bad, o fumando futuros inestables con sus amigos emigrantes de Barcelona, expeliendo volutas de humo en catalán de extrarradio.

Rivera tiene a sus asesores descompuestos por afirmar con la garganta vibrante de los mentirosos compulsivos, que trazaba cordón sanitario con el PSOE primero, con VOX después, con los separatistas, nacionalistas y podemitas coloreados de violeta. Pero llegado el momento de repartirse la túnica no ha dudado en contravenirse a sí mismo, aquí y allá, allá o aquí, donde convenga, por unas migajas de poltrona, para tener argumentos de gobierno que retorcer en cualquier confederación de empresarios o en Antena 3. La veleidad se evidencia como el punto más notable del articulado del personaje que es Rivera, un mediocre con apariencia, un pequeño Nicolás madurado por la ambición, indigno de representar a cuatro o cinco millones (no voy a molestarme en comprobarlo) de españolazos como él, que si lo han escogido como líder de una opción, que lejos ser regeneradora como se promueve, ha nacido ya regenerada y centrifugada por los poderes económicos, no es para que mee por igual en el lavabo de señoras que en el de caballeros o en el de minusválidos argumentando cistitis, o nada, que el rubor y el poder no forman buena pareja.

Ciudadanos en un híbrido entre la degradación de la especie política y la atribución a los demás de las propias miserias. La palabra favorita, por cansina, de los mensajes tristes de tipos tristes, casi de sainete, como Villegas, es populismo. Populismo son los demás, pero cuando Rivera viaja para donar (el barcelonés siempre dona) un mitin en Ugao Miraballes, el pueblo de Josu Ternera, al día siguiente de su detención, y rompe públicamente una foto con su efigie, eso no es populismo sino sentido de Estado, necesidad imperiosa de afirmación de la patria, libertad suprema para pasearse por su España cuando le pase por la uretra. La misma libertad que tengo yo para incrustarme en el Gol Sur del Bernabeu con una camiseta del Barça, una cuatribarrada (sin “estel”) y cantar a capella que tot el camp es un clam, aunque solo esté yo. ¿Tengo libertad para hacerlo? ¿Me ampara tu Consti, Alberto Rivera? El sí se me antoja tan contundente por parte de Rivera como las potenciales hostias de los ultras.

No puedo dejar de sonreír torcido cuando escucho a la troupe de Rivera alambicar la retórica de un modo ramplón para declarar que no han pactado con la formación de Abascal, que solo el PP es su socio. ¿Habrá quien les crea? Su única ventaja es que restan cuatro años para hacer olvidar a la gente su esperpento actual

De Casado y su homónimo, el caudillo de ESO, nada novedoso en el zigzagueo vergonzante de pactos. De nuevo, después del desmarque de campaña del pueblerino Casado del estrujón ideológico de los neofascistas, los dos afines se han vuelto a reencontrar, a exiliar sus pelillos a la derecha de la mar y a entrechocar sus manos para abrazar los mismos iconos bañados en la vieja gomina de la España de la rabia y de la ira.

Solo me resta pues el aludido nihilismo como refugio residual de los desafectos hasta consigo mismos. ¿Me volverán a reformar durante estos cuatro años para que vuelva a sentirme cívico con la artimaña del voto?

 

 

 

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