Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

METAMORFOSIS LÍQUIDA

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–Cuando yo tenía tus años, los lagos eran azules.

Pero Jona, pese a que había visto alguna de aquellas fotos antiguas, de dos ridículas dimensiones, de lagos ciertamente lo azules que aseveraba su abuela, achacaba a deficiencias en la conservación de las fotografías en el actual ambiente multiholográfico, aquella coloración azulada del agua, muy intensa en algunos, tan alejada del gris ligeramente amarillento de las superficies acuosas que se proyectaban a las retinas de los pobladores de la Tierra en este 2079.

–¿Cuándo comenzó a cambiar el color? –quiso indagar Jona. El coche, autónomo como la práctica totalidad de la flota universal (salvo en países como Sudán del Sur, Bangladés y los recientemente creados en África, Norkando y Tumbu), las llevaba a la playa. Solo ellas dos, despreocupadas de la conducción; la una confesando sus nostalgias, la otra minimizándolas, sin mascarilla en aquel habitáculo aislado del exterior.

Y la abuela le narró que cuando los humanos desatendieron a la atmósfera creyéndola invulnerable, a pesar de todas las intentonas de reducir los gases de efecto invernadero, a pesar de decretar emergencias climáticas y asustarnos con cataclismos cotidianos, lo cierto es que solo unos pocos (globalistas, los motejaron), muy pocos, insuficientes, renunciaron a dejar de vivir como hasta entonces para contribuir a la recuperación de las constantes atmosféricas óptimas en materia de concentración de gases. Y ese decir pero no hacer, de políticos, países y moradores comportó el mantenimiento del crecimiento de las emisiones de GEI’s hasta que un día –debía ser hacia 2040–, súbitamente, sin apenas un periodo de transición, la lluvia comenzó a no ser incolora, a adoptar un tono levemente amarillento, muy tenue, que acabó por sustituir al azul como color de ojos cuando mirabas un lago.

–Y aunque se acabó demostrando empíricamente que las catástrofes climatológicas no incrementaron número, frecuencia o intensidad, lo sorpresivo fue que comenzó a precipitar pigmentado, como hasta hoy, y ya no se volvió a recuperar el cromatismo anterior – concluyó.

Una pausa, si no dramática, sí cuando menos triste, se adueñó del ambiente.

––Casi cuarenta años y no me acostumbro a que no llueva neutro de color.

–Y ya me has contado alguna vez que también la nieve era blanca…

–También, también a ella la tiñó ese mismo tono planetario.

–No puedo acabar de creerme que la nieve fuera tan blanca como mis dientes, según afirmas tú –replicaron los dieciséis años de una nieta que no debía medir menos de ciento noventa centímetros, en concordancia con la estatura media de la población femenina.

Estaba siendo verano y pese a la hipoxia de mares y océanos, bañarse en la playa no constituía una actividad de riesgo si se enfundaban en aquellas membranas tan transparentes, ajustadísimas como una segunda epidermis, que dejaban pasar los ultravioletas y permitían al tiempo exhibir la silueta.

Apenas si había bañistas pese al calor. Las playas, pese a su seguridad, habían dejado de ser un destino masivo de ocio vacacional. De hecho, la atmósfera libre no era demasiado frecuentada por los terráqueos de aquel tercio final del XXI y una acreditada mayoría prefería la virtualidad multifacética de sus domicilios para procurarse diversión. Además, cronificada la vida, detenida la letalidad de todas las enfermedades, solo los traumatismos ponían fin, y abruptamente, a la actividad celular humana y en virtud de esa invulnerabilidad fisiológica se evitaban los desplazamientos, pese a que los accidentes de tráfico se habían reducido en un cinco mil por ciento desde que se prohibió conducir en detrimento de los vehículos autónomos; aun así, la anécdota de algún error provocaba treinta muertes al año en Europa.

Desde la orilla, la abuela, a piel descubierta, sin intención de bañarse pues, observaba las evoluciones líquidas de su nieta en aquella agua de la misma tonalidad gris amarillenta que había acabado por colonizar también el conjunto de ecosistemas marítimos.

Echaba todavía tanto de menos el azul…

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