Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo


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MALDITA INTERSECCIÓN

MALDITA INTERSECCIÓN

El sotobosque va absorbiendo mis excedentes acuosos y salinos en forma de un sudor que tributará al Mediterráneo. Asciendo, a pasos quedos, como queda es la brisa que me pacifica la epidermis de nitrógeno mayoritario.

Asciendo en solitario, debería precisar que en soledad.

El terreno se vuelve oblicuo, casi escaleno en las proximidades de la cima. Una mar sibilante y conífera reboza de clorofila mis oídos, verdes de tímpanos hacia adentro.

Asciendo más, olímpicamente; más alto, más callado, más sobrio.

El horizonte gana en claridad en la medida que los árboles ralean. Jadea mi organismo, desacostumbrado a la malaria del sobreesfuerzo. Nadie, ni excursionistas, ni extraterrestres, ni dioses; viajo solo, desacompañado de progreso, paleolítico, solo agua y sudor por toda cohorte nutritiva. Mi acuífero de pureza espiritual se va recargando en proporción inversa al vacío demográfico del interior montañoso de Teruel.

Diez metros, seis, dos. Cumbre del Tamborero, 1766 m, un pico anónimo alejado de rutas de navegación senderistas, un éxtasis de naturaleza tan muerta como viva.

Pip, piip, piiip, piiiip y pip.

El sonido de un claxon festivalero se sincroniza con mi llegada pedestre. Y mi virginidad en cimas de segundo anonimato se enturbia primero y se asombra después al comprobar que por otra de las vertientes del montañón trepa una pista forestal apta para el consumo de coches sin siquiera ruedas musculadas.

Ni siquiera saludo cuando ellos lo intentan. Rezo una ecuación, compongo un soliloquio insonoro con los residuos de un soneto de rima roma, admiro la ternura noble del argón atmosférico y estrangulo imaginariamente, con unas garras crecidas de lo súbito, uno por uno, a aquellos homicidas de las catarsis en flor.

No tan imaginariamente…

Saturado de desolación medioambiental, desciendo sin entretenerme de más, pero ya sin mí; solo viaja la carcasa; ese al que tendía durante la subida ha quedado varado en la cima salobre en forma de estatua.

Ni siquiera me flanquean las mariposas.


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OTRA RESURRECCIÓN

Había comenzado a toser. Sin embargo, y pese a que percibía que su temperatura corporal no era la acostumbrada, completó su ritual matutino y se dispuso a salvar a lomos de su infatigable Passat, con más de medio millón de kilómetros en su histórico de revoluciones, los cincuenta y siete kilómetros que separaban su apartamento frente al mar, de su farmacia a mil cien metros de altitud sobre él; en un pueblo con más genealogía que padrón, diseminados sus hábitats para más inri, y que pese a la creatividad de sus munícipes para fijar demografía no pasaban de quinientos y menguando.

La alternativa a dejarse condicionar por aquellos síntomas que bien pudieran obedecer a un resfriado común, de los atávicos, erradicados también por el cobicho del imaginario presente de enfermedades, pasaba por cerrar la farmacia y dejar sin el oxígeno de la química dosificada a una población envejecida que necesitaba de lo farmacológico para extremar lo supervivencial. Y no, no iba a apostar por una primera pusilanimidad disuasoria para emborronar una hoja de servicios de veintidós años de atención ininterrumpida, incluso a domicilio, incluso en vértices remotos de un término municipal sin boutiques ni almirantes.

Marzo había demostrado escasa empatía con la piel y a esas altitudes se había hecho acompañar de la nieve cinco días. Incluso Santi, avezado a las estadísticas climáticas, había perdido la cuenta de los de lluvia; el viento una constante en los árboles cercanos. Aquellos comienzos de abril tampoco habían obsequiado con un solo día de delicadeza epidérmica. Quizá fuera eso, una suma de intemperies incompatibles con el bienestar lo que maltraía sus entresijos con alguna tiritona esporádica.

Pese a no haber computado caso alguno de neopeste en el pueblo, el tráfico de usuarios de la botica se había incrementado sin otro motivo que el de la propia sobreprotección inconsciente, y esa añadidura de afluencia le hizo extremar las medidas de distanciamiento, por un bien biunívoco.

Pero esta mañana de flemas sobrevenidas, apenas abierto, antes de la llegada del primer cliente y aun a riesgo de que el vecindario propagara su súbito avinagramiento de carácter, habilitó una urna doméstica en el zaguán para que los vecinos dejasen receta y tarjeta en su interior y se hicieran a un lado.

Pese a que lo silenciaban, los usuarios interiorizaban que no era necesario tanto ceremonial, que el pueblo estaba limpio. A quienes tuvieron la confianza de trasladárselo, Santi les mintió justificándose en que cumplía órdenes de su Colegio, mientras aceleraba la transacción para que le diera tiempo a toser en el baño a salvo de pulmones netos y oídos chismosos.

A la degradación emocional del confinamiento tenía que añadir el malestar fisiológico y la incertidumbre sobre su condición o no de infectado. Si proseguía su pequeña hecatombe patológica se vería obligado a exteriorizar, coincidentemente ante ese Colegio, su situación clínica y requerir la sentencia probatoria del test.

Solo aspiraba a permanecer anónimo; no precisaba de aplausos ni de reconocimientos populares, no necesitaba catalogación de heroicidad alguna, ni siquiera menor, porque solo cumplía con su determinismo laboral de atender a quienes financiaban todo el año su consumo de queso curado y su jamón de bellota, placeres gastronómicos que unidos a la lectura y a compartir cervezas con los afines, constituían su podio lúdico.

–Esta tarde no regresaré a casa –comunicó a su mujer.

Y le abundó que no solo le había debutado la tos y entrometido un (no tan) leve malestar, sino que se habían acentuado ambos en el transcurso de la mañana. Y que debía preservar a la unidad familiar de potenciales contagios si el nanointruso había anidado en él; que aguardaría dos, tres días agazapado en el zulo para cambiar de pantalla diagnóstica si síntomas persistían o si era algo común, si pudiera ser el resfriado de todos los años.

–Tomaré algo para tratar revertirlo, lo tengo a mano.

Y dejó escuchar una medio carcajada que no sonó lo desparasitadora que pretendía a oídos de Marta.

Se atrincheró en su pequeño refugio de las guardias, pertrechado de Netflix y de la última y voluminosa de romanos de Santiago Posteguillo. Y con el vehículo oculto en la cochera, ningún vecino adivinó que su boticario no había descendido a su costa de cada día sin que mediara retén.

Poca conversación, algún escalofrío disimulado, pero soportando en vertical el horario de atención. No parecía el mismo a ojos de los que sabían de su afabilidad.

Amanecía el domingo de Pascua. Husmeó por entre el postigo para no delatar su presencia y apreció que el ramaje de las acacias de la acera contraria guardaba una casi olvidada inmovilidad. Y pese a que el suelo presentaba trazas de llovizna nocturna, una timidez azul pugnaba por colonizar lo de arriba. Comprobó que su sudario estaba empapado de sudor, que la tos había rolado a cascajosa, que sus articulaciones no demandaban sustitución y que lo turbio había casi desaparecido de su organismo y concluyó que no podía ser el maldito si mejoraba tan abrupto.

Pese a su descreimiento en supersticiones religiosas, evocó la figura de Jesús y entendió la fe del ejército de fieles que no celebraría esta edición de la Pascua más allá de lo interior.

–Volveré mañana. Yo también he resucitado a mi manera.

Y Marta, destinataria telefónica de aquel optimismo y que sí militaba en el escuadrón de los fervorosos, calló que rezaría alguna improvisación agradecida a su Mesías mientras confiaba en que esa tos mimética y quizá sicosomática que también le debutara casi al tiempo que la de Santi, se extinguiera con la buena noticia.

 

 

 


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NUEVOS AIRES

Al principio prospecté Venus, después revisé la oportunidad de asentarme en Mercurio; desestimadas ambas localizaciones por inhóspitas, quise probar en Marte, pero cuando descubrí la hospitalidad de la Tierra, la amabilidad de sus ecosistemas decidí fundar allí mi imperio, crear una civilización, dotarla de vida, escoger a los humanos como sus rectores y me erigí en su único Dios, aun consintiendo múltiples recreaciones de mi personalidad.

Sin embargo, desde hace unos años, la espesura creciente de los gases de la atmósfera me impide moverme con agilidad entre ellos, su densidad me fatiga de más.

Sí, soy Dios, pero mis criaturas, con sus malos hábitos ambientales, han conseguido crisparme y ya he decidido mudarme de sistema solar, a una supertierra virgen de vida.

Antes de marcharme, como castigo, les reduciré un poco, solo un poco, la presión atmosférica, para que se fatiguen al respirar, como yo.

Quizá, si me echan de menos, si detectan que les he abandonado, decida regresar algún eón.


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METAMORFOSIS LÍQUIDA

 

–Cuando yo tenía tus años, los lagos eran azules.

Pero Jona, pese a que había visto alguna de aquellas fotos antiguas, de dos ridículas dimensiones, de lagos ciertamente lo azules que aseveraba su abuela, achacaba a deficiencias en la conservación de las fotografías en el actual ambiente multiholográfico, aquella coloración azulada del agua, muy intensa en algunos, tan alejada del gris ligeramente amarillento de las superficies acuosas que se proyectaban a las retinas de los pobladores de la Tierra en este 2079.

–¿Cuándo comenzó a cambiar el color? –quiso indagar Jona. El coche, autónomo como la práctica totalidad de la flota universal (salvo en países como Sudán del Sur, Bangladés y los recientemente creados en África, Norkando y Tumbu), las llevaba a la playa. Solo ellas dos, despreocupadas de la conducción; la una confesando sus nostalgias, la otra minimizándolas, sin mascarilla en aquel habitáculo aislado del exterior.

Y la abuela le narró que cuando los humanos desatendieron a la atmósfera creyéndola invulnerable, a pesar de todas las intentonas de reducir los gases de efecto invernadero, a pesar de decretar emergencias climáticas y asustarnos con cataclismos cotidianos, lo cierto es que solo unos pocos (globalistas, los motejaron), muy pocos, insuficientes, renunciaron a dejar de vivir como hasta entonces para contribuir a la recuperación de las constantes atmosféricas óptimas en materia de concentración de gases. Y ese decir pero no hacer, de políticos, países y moradores comportó el mantenimiento del crecimiento de las emisiones de GEI’s hasta que un día –debía ser hacia 2040–, súbitamente, sin apenas un periodo de transición, la lluvia comenzó a no ser incolora, a adoptar un tono levemente amarillento, muy tenue, que acabó por sustituir al azul como color de ojos cuando mirabas un lago.

–Y aunque se acabó demostrando empíricamente que las catástrofes climatológicas no incrementaron número, frecuencia o intensidad, lo sorpresivo fue que comenzó a precipitar pigmentado, como hasta hoy, y ya no se volvió a recuperar el cromatismo anterior – concluyó.

Una pausa, si no dramática, sí cuando menos triste, se adueñó del ambiente.

––Casi cuarenta años y no me acostumbro a que no llueva neutro de color.

–Y ya me has contado alguna vez que también la nieve era blanca…

–También, también a ella la tiñó ese mismo tono planetario.

–No puedo acabar de creerme que la nieve fuera tan blanca como mis dientes, según afirmas tú –replicaron los dieciséis años de una nieta que no debía medir menos de ciento noventa centímetros, en concordancia con la estatura media de la población femenina.

Estaba siendo verano y pese a la hipoxia de mares y océanos, bañarse en la playa no constituía una actividad de riesgo si se enfundaban en aquellas membranas tan transparentes, ajustadísimas como una segunda epidermis, que dejaban pasar los ultravioletas y permitían al tiempo exhibir la silueta.

Apenas si había bañistas pese al calor. Las playas, pese a su seguridad, habían dejado de ser un destino masivo de ocio vacacional. De hecho, la atmósfera libre no era demasiado frecuentada por los terráqueos de aquel tercio final del XXI y una acreditada mayoría prefería la virtualidad multifacética de sus domicilios para procurarse diversión. Además, cronificada la vida, detenida la letalidad de todas las enfermedades, solo los traumatismos ponían fin, y abruptamente, a la actividad celular humana y en virtud de esa invulnerabilidad fisiológica se evitaban los desplazamientos, pese a que los accidentes de tráfico se habían reducido en un cinco mil por ciento desde que se prohibió conducir en detrimento de los vehículos autónomos; aun así, la anécdota de algún error provocaba treinta muertes al año en Europa.

Desde la orilla, la abuela, a piel descubierta, sin intención de bañarse pues, observaba las evoluciones líquidas de su nieta en aquella agua de la misma tonalidad gris amarillenta que había acabado por colonizar también el conjunto de ecosistemas marítimos.

Echaba todavía tanto de menos el azul…


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VOLVERÁN LOS MAÑANAS CON PERDICES

Publicado en Levante de Castelló el 18 de junio de 2019

 

Los balances enturbian, mirar al pasado solo conduce a la nostalgia y esta promueve la infelicidad de todo tiempo prescrito cuando se avizora desde lo inamovible. Esta columna debe situarse en un ordinal superior al quinientos en la década larga opinativa de este argumentador de óptica tatuada por lo subjetivo de cualquier ideología, unas 600 000 palabras acumuladas. Confío en que los augurios de monopolio periodístico provincial terminen por no consolidarse y prevalezca esa pluralidad que nos ha vuelto más libres, menos ciegos, menos condicionados por toda sugestión unilateral.

El capitalismo atroz que todo lo subsume bajo su azote de influencia no repara en conservar libertades ajenas, solo se ocupa, a través de la ambición, de hacer procrear al dinero para fortalecer a las élites; no hay espacio pues para románticos que combaten las desigualdades del sistema, para cruzados de la información contrastada; tiempos de simplificar, de no invertir en crear conciencias, de abolir la filosofía como promotora de la reflexión. Reitero mis votos hacia la reversión de esos rumores de cese imperativo de un medio, este, que ha facilitado siempre el camino hacia la disidencia con lo establecido. Su acta de defunción forzosa, por pura estrategia mercantilista, constituiría una agresión, una más, al estadio del derecho a la libertad de expresión. Sigue leyendo