Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo


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ASOMBRO

No hemos cruzado palabra. Los cuatro pasajeros atendemos a nuestros móviles en este ascensor con nula libertad de movimientos.

Pero cuando se produce la inversión brusca del sentido ascensional de la marcha, una sacudida de estupor me entresaca una primera y única manifestación gutural interpretable como grito.

7º piso, 20 metros de despeñe, estimo.

Caemos rápido. Demasiado para que el trío de cautivos que me flanquea se permita algo más que gritar, aunque mi bloqueo evita siquiera que perciba sus alaridos precursores de la probable muerte.  

3º piso, 8 metros aproximados.  

Maldita gravedad insobornable, interiorizo. No rezo. Tampoco me despido de los míos.

Solo un piso. El impacto se promete devastador. Me protejo instintivamente la cabeza.

9º piso. Mi destino. Me apeo del ascensor y el trío me dedica una mirada sincronizada que parece llevar una camisa de fuerza incorporada.

El verismo del nuevo videojuego ha superado mis expectativas.


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EL DORSO DEL FUEGO

Titila la pared. Las sombras titilan igualmente. Falaces, sobre el muro tenaz en el que impactan sus ojos absortos y frontales sin margen para el giro. La nuca como única identidad para curiosos venidos de extramuros.

La vida proyectada, sin amagos de la luz que le brinda el sol. Presunción silente de otros mundos allende la caverna, de otra movilidad que lo chinesco.

Encadenado a lo fijado por los que el cautivo determina como sumos hacedores de movimientos, elucubra sobre los manipuladores de lo móvil, sobre la longitud de sus hilos de mover ideologías, sobre lo dúctil de sus motivaciones para desalentar sus ánimos de huida hacia la plena libertad de sus sentidos que no advierte castrados para el sumun.

Atrapado en la miscelánea de la alegoría de uno al que denominan un tal Platón, filósofo según bisbiseos de cueva oscurecida como efecto especial para el maltrato emocional, pervive intramuros de la verdad de lo soleado, ajeno a lo tangible, idealizando lo nimio y lo troncal; desertizado de mañanas con sonrisa.

Carece de otras ideas que las inoculadas por el desfile de unas sombras arquetípicas; sus retinas toda su casuística, el mar solo un rumor, la nieve una quimera, algún iluminado que comparte destino le habla de Dios mientras arde y arde y arde la hoguera guionizada y él con ella.

Lo ratifico yo, ciertamente ese mismo Platón del que murmuran mis criaturas. Un forjador de mundos en miniatura, un creador de mitos palpables para alertar del peligro de dejarse mecer por mis congéneres con el poder de someter a los crédulos.

Pero añado dos troncos más al fuego y abandono la gruta para que me acaricie el sol, el de verdad.


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ASOMBRO

No hemos cruzado palabra. Los cuatro pasajeros atendemos a nuestros móviles en este ascensor con nula libertad de movimientos.

Pero cuando se produce la inversión brusca del sentido ascensional de la marcha, una sacudida de estupor me entresaca una primera y única manifestación gutural interpretable como grito.

7º piso, 20 metros de despeñe, estimo.

Caemos rápido. Demasiado para que el trío de cautivos que me flanquea se permita algo más que gritar, aunque mi bloqueo evita siquiera que perciba sus alaridos precursores de la probable muerte.  

3º piso, 8 metros aproximados.  

Maldita gravedad insobornable, interiorizo. No rezo. Tampoco me despido de los míos.

Solo un piso. El impacto se promete devastador. Me protejo instintivamente la cabeza.

9º piso. Mi destino. Me apeo del ascensor y el trío me dedica una mirada sincronizada que parece llevar una camisa de fuerza incorporada.

El verismo del nuevo videojuego ha superado mis expectativas.


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LA ELECCIÓN DEL DESTINO

Cualquier observador neutral al que le hubiese descrito las características de mi destino vacacional lo hubiera envidiado sin disimulo. Lo obtuve de modo inesperado, por sorteo, uno de esos en los que una no participaba expresamente y cuyo premio me fue comunicado por cauces oficiales merecedores de crédito.

La habitación se orienta en lo visual a una sierra prelitoral que, aunque familiar para mis retinas, ofrece desde mi actual perspectiva un skyline desconocido. Principia agosto, y aunque la primavera se delató lluviosa, favorecedora para la profusión de la vegetación, el verdor de las laderas pierde clorofila a amaneceres vista.

Pese al calor exterior, en este hábitat selecto la temperatura se revela óptima. La comida, en contra de lo que preví al no haber escogido personalmente el destino, si no exquisita, sí convincente al paladar.

La compañía inmejorable porque mi novio accedió a acompañarme en el disfrute de mi recompensa todos y cada uno de los días. Las camas saludables para la espalda; el servicio de habitaciones más que profesional; la limpieza escrupulosa.

Sin embargo, a pesar del despliegue de cordialidad generalizada para que mi estancia resulte inolvidable, se me presentan episodios de insatisfacción desasosegantes que pugnan por derivar a lágrimas, pero que procuro contener en lo íntimo para no exteriorizarme desagradecida con quienes se esfuerzan para que este agosto se eleve como el más particular de mis treinta y uno anteriores.

No obstante, si algún día evidencio cualquier síntoma de fastidio, si pese a la conjunción de comodidades me produzco huraña, incluso con mi acompañante sentimental, nadie, ni siquiera él, me lo recrimina. También la paciencia ajena parece estar integrada en el premio.

Ayuda a la tolerancia colectiva el que me saben aquejada de un cáncer con pronóstico incierto con el que he sido agraciada sin haber comprado boletos bañados de ginebra, nicotina, grasas saturadas, carajillos de ron, cocaína o alguna sustancia incluso más agresiva para organismos con apenas tres décadas de antigüedad sobre la tierra.

Mis visitantes hospitalarios se quejan de que afuera, agosto se produce con la musculatura sudorosa de todos los años.  Jugueteo con ellos y les propongo cambiar el rol, su percepción epidérmica del bochorno por mi malformación celular; la mayoría enmudece.

Al menos, no sudo.


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EL SUEÑO DE LOS CIEN

Calle cuatro. Donde medran los favoritos.

Busco el acoplamiento posicional idóneo en los tacos de salida.

Nada perturba mi concentración. Nada enturbia mi nirvana de tartán. No siento presión alguna; solos mi ergonomía, yo y mis aspiraciones. Las corvas anguladas con precisión eyectora, las yemas sitas en los lindes de la descalificación, las rodillas expectantes, los hombros tensos, como pianos acabados de afinar, las plantas de los pies como ventosas.

Fijo mi mirada de bisonte inminente cien metros más allá, justo cuando finaliza la estrechez atmosférica de un pasillo imaginario al que solo delimitan las dos líneas horizontales de las calles adyacentes, blancas, muros aislantes de los velocistas de magnitud cinco en la escala de los cuádriceps.  Ellas son mis únicos límites en estos Juegos confusos de Tokio. Simetría a disposición de los suelos y los sueños.

Un silencio oriental, muy propio de mi país, respeta mi liturgia para la consumación de ese delirio olímpico que desde siempre significaron los cien metros lisos en el podio de mis utopías.

–Vamos, Daichi…

Daichi soy yo y la voz exhortativa asoma de la laringe de Naoki, jefe de la brigada de limpieza de la pista de atletismo, que resuena con eufonía en la recta de los cien. El estadio se ofrece vacío recién debutado el sol. Abandono mi posición de velocista frustrado por el sobrepeso y me incorporo con dificultad acompañado de una banda sonora de meniscos crepitantes de cuarenta y nueve años de antigüedad y retomo la aspiradora que descansa en la calle cinco con el objetivo de absorber cualquier impureza de la pista para que lo liso tienda a lo impoluto.

Tenemos que apresurarnos, las clasificatorias comienzan a las diez.