Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo


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¿TE CONSIDERAS GILIPOLLAS?

Publicado en Levante de Castelló el 18 de abril de 2018

 

Un tuit apócrifo y reciente rezaba, literalmente, “nos toman por gilipollas, y hacen bien”.  Si esta, la que encarna la repelente niña Cifuentes y sus correligionarios, esos que optan por atacar en lugar de ruborizarse, esos que han escogido el afear las pecas ajenas para disimular sus melanomas, es la democracia representativa, yo me bajo en las siguientes elecciones. Y sí, tengo el convencimiento íntimo de que no todos son iguales, que hay quienes desestiman la omnipotencia democrática como doctrina y tienen arranques de dignidad.

La enésima entrega del caso máster evidencia una serie de desazones democráticas que si bien son tan prolijas que necesitarían de una trilogía para desmenuzarlas, pueden ser compendiadas en un decálogo: Sigue leyendo

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EN TODOS LOS ESTANQUES CUECEN RANAS

Publicado en Levante de Castelló el 11 de abril de 2018

 

El concepto verdad es algo tan requerido de los demás como antojadizo, difuso en uno mismo. Quizá no exista en el vocabulario de cualquier lengua un término tan inexpugnable para domesticarlo como “verdad”. No hay una sola academia de la lengua capaz de definirlo con la precisión quirúrgico-léxica necesaria para que cuando se le exige lo suficiente no se descosa bajo la tensión de alguna apreciación, bajo el peso y el poso de miradas fieramente disyuntivas.

La verdad se revela como una convención interpretable por un cerebro y una conciencia consciente, y el abanico de resultantes colisiona con la unicidad. Si existiera la verdad como absoluto, no necesitaríamos de la política, ni de dioses que han pretendido arrogársela (yo soy la Verdad y la Vida, el que crea en mí…), quizá ni siquiera de leyes escritas; bastarían las naturales, como las de los gorilas, de los licaones, de los flamencos rosa; pero la singularidad de nuestra condición humana nos ha hecho concebir ese concepto veraz de convivencia para, desde su vigencia, regular nuestras interrelaciones. Sigue leyendo


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EL IMPERIO DE LO SIMPLE

Publicado en Levante de Castelló el 4 de abril de 2018

 

La fragilidad se revela como uno de esos conceptos que mejor le ajustan al ser humano. Vivimos rodeados de dudas, en no pocas ocasiones atenazados por ellas, y por esa mayoritaria ausencia de fe en nosotros mismos buscamos múltiples referentes para que nos sirvan de apoyo, de complemento, de sustituto incluso.

Desacreditados los políticos siquiera como un mero añico de espejo en el que mirarse, aparcados los dioses por su ineficacia, por no haber impedido una sola guerra, el más mínimo genocidio (siquiera el de su pueblo elegido, el dios de los judíos), un solo naufragio de inmigrantes, un solo robo de niños en hospitales o la victoria del equipo rival cuando con más fervor se le ha rezado, cada uno al suyo; olvidados esos dioses más si cabe por las nuevas generaciones por el doble motivo de situarse estas más alejadas, por biología, de la muerte y por el hecho de que Internet se ha convertido en el nuevo Pantocrátor de los tiempos actuales, los influencers han ocupado no solo el espacio situado a la derecha del Padre (en pugna con Ciudadanos), sino el trono del Padre mismo.

Influencers, en inglés, of course. Traducir el término al castellano y dejarlo en influenciadores, no resultaría del todo in, o trendy, y más nos aproximaría el vocablo al XIX y con Rajoy para retrotraernos a lo viejuno del lenguaje ya nos basta.

Son los influencers espejos en los que se inspiran los frágiles para evitarse leer libros que solidifiquen sus conocimientos y para que reduzcan, con su adquisición, el grosor de sus dudas. Los influencers como curas de nueva generación que predican pasivamente desde su habitación con el nuevo modelo, a imitar, de gafas de sol que ellos consumen como complemento de moda y para evitar deslumbramientos del astro, que los suyos, los que se provocan a sí mismos, los mantienen y los alimentan dándole de comer a su ego con los millones de seguidores que les admiran e imitan para gozo de las firmas comerciales que soportan el modo de vivir sin trabajar de estos tipos y tipas que han demostrado ser más listos (no sé si inteligentes) que la masa que los adora.

Hace demasiados lustros que no milito en religión alguna, que no profeso culto a ninguna deidad, que no me inclino ante los reyes ni ante los generales, que no uso gafas de sol pese a tener los ojos claros y deslumbrables y que he desaprendido a rezar incluso en los derbys más comprometidos con la clasificación. Habré escrito algunas veces, quizá docenas, que únicamente admiro a los científicos, mejor cuanto más anónimos, a los cosmólogos, a algunos agricultores, a mi primo Pepe, a Iñaki Azkuna, exalcalde de Bilbao, que el dios de la honestidad política, si es que existe, que lo dudo, lo tenga como lugarteniente; a las mujeres y madres de la posguerra, entre ellas la mía; a un puñado de misioneros que no huyen de África cuando los genocidios y en general a las personas discretas que hacen y callan, que donan y se silencian, y a las que escriben un poco más complejo y arriesgado de lo que exige Planeta para publicar y de ese modo continuar con la domesticación de las masas también a través de la literatura.

Recopilados mis ídolos estoy en disposición de manifestar que no sigo a influencer alguno, que si bien transcurro repleto de dudas, como la práctica totalidad de la especie, no me refugio para mitigarlas, ni siquiera para escoger el color de los calcetines, en una niñata con los labios densos como Dulceida, alguien a quien he descubierto esta misma mañana por hacerse una foto en una bañera repleta de agua en una ciudad, Ciudad del Cabo, y me redundo,  que sufre una extrema sequía que impide incluso a sus habitantes tirar de la cadena de su vater cada vez que lo usan.

La tal Dulceida, vistosa como una inundación, mantiene una nómina de 1.6 millones de seguidores, un número mayor que los votantes del PSOE en las próximas legislativas si Pedro Sánchez sigue un día disfrazándose de carcelero y al otro de reo. Pues eso, esa, Dulceida, y creo que también la idolatrada por Corazón, Corazón, Paula Echevarría, es, son influencers, unos presuntos iconos a quienes los anunciantes les pagan para que esos frágiles, los dubitativos de sí mismos los imiten y adquieran las marcas con las que se visten, se calzan o se nutren. Un chollo de vida, aparentemente, una vida ficticia que deben avivar a diario para que el olvido y la competencia no subsuma a quienes la practican en la depresión de la indiferencia, eso que sobreviene a los cinco minutos de no publicar, de no aparecer en pantalla, de no recibir un millar o diez mil likes.

Sé que la penetración social de este fenómeno influencer es una derivación de los tiempos; entiendo que redes sociales, Google, el giro de los hábitos que ha generado la tecnología, han sustituido los paradigmas clásicos por otros acordes a la idiosincrasia del presente, pero no deja de ser lastimoso que Einstein siga teniendo razón a propósito de lo de la estupidez humana.

Desconozco si fue por falta de sensibilidad o de cultura, presumo que lo segundo, por lo que la chulaza fotografió a su esposa, casi tan llamativa como ella, en una bañera molona y espumosa en la ciudad sudafricana. Y aunque se han alzado voces entre los que frecuentan esos mundos paralelos contra su falta de solidaridad con los sudafricanos, con seguridad, tras una disculpa evanescente, o ni siquiera, su millón muy largo de hooligans seguirá llamándola guapa, estilosa y más allá, Me encantas, tía…

Si Ana Rosa Quintana sigue en primera línea de los magacines después de haber fusilado un libro y hacerlo pasar como suyo, si Cristina Cifuentes se mantiene como presidenta de la Comunidad de Madrid ya no por haber cursado fraudulentamente un máster del que presumía en su currículo, que también, sino por haber mentido y contramentido para justificar su más que desliz, se mantienen en sus posiciones, y en el caso de la primera, el público no le tuvo en cuenta su condición demostrada de falsaria, cómo no van a perdonarle sus hooligans a Dulceida el desacierto de unos litros de más, de unas pompas suplementarias de espuma si todo te queda tan bien, preciosidad…

El imperio de la banalidad, de lo simple, además del manido y atosigante de la Ley, nos sobrevuela y a algunos nos desconsuela, pero no dejo de admitir que le he dedicado una columna a Dulceida ¿quién es el simple? Me inclino, no sin ciertas dudas, por mí.


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A LA CONTRA

Publicado en Levante de Castelló el 28 de marzo de 2018

 

De que la especie humana transcurre con un gen que la predispone a la domesticación masiva hay múltiples evidencias. Solo hay que acercarse hasta Pisa para contemplar esa variante simplona de la estupidez cuando el personal se hace fotografiar sosteniendo con las manos, o cualquier otro apéndice, su exclusiva torre. La escena, reiterada los 365 días del año, es suficiente para que cualquier publicista avispado, político intuitivo o influencer de nueva generación entiendan que el síndrome del ñu puede proporcionarles los beneficios seguidistas de una masa amorfa y moldeada convenientemente. Sigue leyendo


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En defensa de Defensa

Publicado en Levante de Castelló el 21 de marzo de 2018

Parece un sarcasmo, o una portada de El Mundo Today, pero los más de diez mil millones de euros de inversión en renovación armamentística anunciados por el ejecutivo, que pese a no tener los presupuestos aprobados y gobernar en estricta minoría, maneja a su antojo los tejemanejes de Defensa, son un hecho consumado al que no podrá cojonear Ciudadanos pese a su segura intromisión en el asunto.

Como casi todos los que no tienen una fábrica de balas, de repuestos de fragatas o de periscopios, aborrezco cualquier modelo belicista de país, a los estados que priorizan la defensa sobre el confort de sus ciudadanos más desfavorecidos. Pese a llenarnos la boca de democracia, pese a la concesión populachera del voto, pese al derecho, a regañadientes, a la libertad de expresión, a manifestarnos, incluso el poder contar con la posibilidad impune de prenderle fuego a la foto de un rey o dos, el planeta está en mano de un puñado de individuos a los que bien podríamos calificar como dictadores pese a contar con el refrendo consensuado de unas elecciones. Sigue leyendo


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SUCEDIÓ UNA NOCHE

Publicado en Levante de Castelló el 14 de marzo de 2018

 

Sucedió la del pasado sábado, en una de las muchedumbres que salpicaban las plazas de mi ciudad con motivo de las fiestas de la Magdalena; puede que hubiera tomado tres cervezas y dos carajillos o puede que fuera viceversa, poco importa. Conservaba, creo, todavía, una lucidez locuaz que no restaba convicción a mis argumentos. Sigue leyendo


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LA CENSURA NO ES IGUAL PARA T…

Publicado en Levante de Castelló el 28 de febrero de 2018

 

La censura ha supuesto, históricamente, un mecanismo de conservación patrimonial de quienes detentan el poder, perpetrada con mayor fiereza cuando más absolutista el régimen. Pero pese a los recortes que la popularmente conocida como Ley Mordaza (una ley que refuerza punitivamente comportamientos clasificados, desde la subjetividad del legislador, como libertarios) ha introducido en materia de libertades personales, si aplico un mínimo de honestidad en el  análisis, infiero que gozamos de un marco de expresión amplio y hondo, solo que de tanto en vez el mazo del Estado, bien ejecutado por la Justicia, bien por los poderes que la someten y adjudican los puestos decisorios a sus miembros, golpea sobre algún descamisado escogido para escarmentar y atemorizar a quienes se envalentonan.

El encarcelamiento del tal Valtonyc, un tipo gris sin duda en lo poético, un borroka del rap, autor de una letra repugnante, aunque uno pueda compartir la esencia de su ideario, ha supuesto lo más parecido al bamboleo de un cuerpo colgado de una farola, expuesto a los buitres, para que su escarmiento haga reflexionar a otros artificieros de la libertad de expresión con la finalidad de que no se contagie la presunta impunidad ante unos actos que el poder juzga como atentatorios para la conservación de su autoridad, de su tiranía democrática en países como el nuestro con Gobiernos tan escorados a la represalia como el nuestro también.

Si aplicamos la justicia comparativa, la dureza de la condena del rapero supone una aberración frente a lo aterciopelado en el trato hacia los emepuntos tan presuntamente corruptos como mendaces, o hacia el encogimiento de hombros con aquellas que fingieron ser cariátides, o frente a la dilación casi infinita con la que se conduce la Justicia en determinados asuntos en los que se ven inmersos otrora espaldas plateadas de la política y de los negocios para que la prescripción actúe de oficio. ¿Las palabras hieren, pero los hechos no? ¿Dónde quedaron las tropelías informativas malintencionadas de la ignífuga de Cospedal en su televisión castellano-manchega? ¿En qué artículo quedaron sepultadas las atrocidades a la verdad de Camps y sus metales con Canal 9? ¿En qué olvido sedimentó la perversión de la realidad que practicó la cínica mentirosa de Aguirre en una Telemadrid arruinada como todas las televisiones autonómicas? Sí, incluyendo TV3, solo que allí tenían a Polonia que satirizaba a unos y a otros en un ejercicio de catarsis televisiva que no hubiera tenido cabida en ninguna de las televisiones manipuladas y citadas. ¿Alguien se imagina al Camps, ya perturbado, pero todavía pujante a lomos de ferraris, autorizando un programa del corte de Polonia en “su” televisión, la misma que hizo de la tragedia del Metro de Valencia algo casi anecdótico?

Esa censura oficial que sataniza los hechos y los retuerce para presentarlos distintos, o que obvia aquellos que no tributan en la cuenta de popularidad del líder ¿no es delito? ¿acaso no estaban mintiendo con cargo a cuotas a unos televidentes a los que pretendían zombis, sordos, lelos, legos, autómatas de la papela? ¿El legislador no tipifica como delito esa usura de la verdad y en cambio condena a más de tres años de galeras a un diablo solitario, sin protección, sin aforamiento, aunque con arsénico en la laringe?

Me irrumpe un ejército de terracota de preguntas con sesgo valtonyco ¿Si cien raperos se hubieran puesto de acuerdo en componer letras con igual carga de injurias, la Justicia hubiera dictado cien condenas simétricas? ¿Se hubiera producido de igual modo esa Justicia que jamás se ha planteado ilegalizar a un Partido que perjura hasta 35 veces que yo no fui, si el balear en lugar de arremeter, con escaso gusto pero no exento de aproximación a los hechos reales, contra la corona española se hubiera pronunciado de la misma forma contra la británica, o contra Macron? ¿Y si el objeto de sus pseudoversos cacofónicos hubiera sido la peluca eléctrica de Trump? ¿Quizá algún ministro orondo se hubiera aprendido entonces la letra para cantarla en algún tablao de madrugada?

Defender el honor de una institución que contó con un rey tan crápula y tan comisionista como sus antecesores, algo de lo que es consciente y todavía comadrea en sus sobremesas de Bowmore Darkest, esa aristocracia de Madrid que tan hipócritamente defiende en público a la misma corona a la que despedaza en privado, solo provoca una añadidura de rechazo hacia quienes ya se lo profesamos, más que por quien la detenta, por el hecho de perdurar todavía en un país que hace de la demoscopia un ministerio de la estrategia, reste el tiempo que reste para cualquier elección. Pero la monarquía, resucitada por el cabrón máximo de Franco, una antítesis de la democracia por sucederse a sí misma, una imposición de quienes soplaban tras la nuca de unos padres de la Constitución constreñidos por las fuerzas del momento goza de parecida protección que los linces ibéricos porque a quienes les encaja la pretenden larga y dócil, como esta, sumisa en los discursos, escasa en la improvisación, farsante como ellos mismos.

Sin embargo y tratando de mantener un equilibrio argumentativo, quienes sufrieron la censura franquista, la represión ante las palabras de mariachi valentón, quienes hicieron malabares para protestar en los entrelíneas de poemas, entre las estrofas de canciones, quienes se las ingeniaron para burlar a un vademécum de censores profesionales, nos aleccionan de que esta censura presente es una bendita anécdota comparada con aquellos cenagales en los que zozobraba la libertad de individuos, pueblos, instituciones, la de una nación entera subordinada a un solo hombre. Habrá que saber valorar esa amplitud del actual horizonte y cambiar de patrón, de patrones (no se atisba uno omnímodo para legislaturas venideras, para llanto de Rivera) con el mecanismo del voto (quien lo crea oportuno) para que la próxima singladura venga con menos trabas todavía para la opinión disonante, aunque la confianza en que Sánchez y sus gladiadores de la plebe deroguen leyes como la Mordaza que preservan a quienes se pudieran  topar de bruces con el poder que concede un Estado  es escasa en lo que a mí concierne después de tantas bravuconadas de salón como ha disparado el renovado líder, o lo que sea, socialista,  con escasa traducción en directrices más allá de las dictadas para protegerse de sus potenciales detractores o rivales internos. Toda una declaración de intenciones conservacionistas su otorgamiento de poder a las bases.

China, como nuevo aspirante a hegemón del planeta, para apuntalar esa teoría de que no hay progreso sin censura, la ha fortalecido, ha propuesto la retirada de su Constitución del artículo que limitaba a dos los mandatos de su presidente, un desconocido para el vulgo español Xi Jinping, un risitas que ha venido incrementando los controles sobre la sociedad civil y sometiendo a un estricto control a los medios de comunicación, además de supervisar las redes, cerrar webs y arremeter, incluso con la pena de muerte, contra aquellos que se perciben como una amenaza contra el régimen, incluyendo los defensores de los derechos humanos y de las minorías.

Si relativizamos, si desatrancamos otros ventanucos, nuestra luz opinativa se proyecta con una amplitud de onda considerablemente más esbelta que en numerosas sucursales de lo plenipotenciario. Si alguien derogara la Ley Mordaza, seríamos Utopía y no existen.