Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo


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CAMBIO DE REFLEJO

                                         

Érase una tez como de pez, sin el “como”, una tez de pez que los eruditos de las enfermedades raras diagnosticaron como ictiosis de arlequín apenas al nacer, cuanto su inhóspita textura de neonata ensombreció los rostros de los habitantes ocasionales del paritorio en el que boqueó por primera vez aire en lugar de líquido amniótico.

Paula convivía con uno de los peores determinismos visuales porque recaía sobre su fachada exterior, sobre esa epidermis que dificultaba el intercambio con la atmósfera, pero más aún con sus coetáneos. A sus recientes veintidós años había superado, no obstante, la esperanza de vida de la mayoría de los peces.

Tras las tres horas diarias de cuidados paliativos leía, veía series, se anudaba al ocio doméstico y se guarecía del sol enfundada en cualquier variante de lo textil, según estaciones, en el pequeño jardín que escoltaba la casa familiar.

Al perro, a su terrier, lo bautizó como Yukón porque había recorrido el mundo a través de los mapas y le subyugaba lo remoto del norte del (le gustaba nombrarlo con ele) Canadá; tras mamá, o quizá a la par, el animal era quien mejor comprendía sus estados de ánimo, el estadio coyuntural de su piel, según solsticios. Sin embargo, un martes, papá advirtió que traía algo grande, algo irónicamente grande que resultó ser una pecera que pretendía terapéutica en lo emocional.

–Si no te motiva la devuelvo, pero te ayudará a entender que algunos peces están abocados a vivir constreñidos, pero si hay alguien que se ocupa de ellos, también pueden alcanzar una derivada de la felicidad.

Y aunque de entrada Paula se rebeló contra aquel recipiente enorme que venía aliñado con una docena de peces de colores, dos de ellos payasos, acabó por aceptarlo. Fruto de la presencia del acuario en un extremo del salón, ha dejado de mirarse al espejo y sonríe mientras les echa comida a sus prisioneros paradójicos.

Según la luz, a días, a descuidos, se ve reflejada en el cristal de la pecera y no deja de quererse por ello.

Al más glotón lo bautizó como Ellesmere.


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REMINISCENCIAS DE DUCHA

Todavía, cuando los algoritmos señalan qué días debo acentuar la tristeza, cuando el rito de la ducha propicia que restriegue mis manos en las protuberancias de mi hemisferio sur, resurge lo inolvidable de aquellas otras manos que, amparadas en el bien de una sotana docente, restregaban esas mismas orogenias –por entonces menos prominentes– sin la coartada de la ducha.

Aquel padre que me enseñó los ríos, los cabos y los golfos, y las capitales de Europa, me enseñó también a avergonzarme de mi condición de niño asombrado que dudaba sobre si lo que el adulto en el que derivó cataloga en el presente como vejaciones, entraba en el temario. Tres décadas más tarde de aquellos episodios de trombos infantiles aún me resiste agazapado el pudor a confesarlo públicamente.

Y aunque tiembla desde hace algunos años, aquel cura con demonio incorporado todavía reza, todavía mantiene su anonimato en el apartado de la obscenidad infantil. Quizá porque yo, también todavía, lo callo. Y lo propio hacen Miguel y Gerardo y con seguridad algunos otros que, como yo, quizá solo se acuerdan del padre Bernardo cuando se aplican lo higiénico del gel sobre sus genitales reminiscentes.


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ASOMBRO

No hemos cruzado palabra. Los cuatro pasajeros atendemos a nuestros móviles en este ascensor con nula libertad de movimientos.

Pero cuando se produce la inversión brusca del sentido ascensional de la marcha, una sacudida de estupor me entresaca una primera y única manifestación gutural interpretable como grito.

7º piso, 20 metros de despeñe, estimo.

Caemos rápido. Demasiado para que el trío de cautivos que me flanquea se permita algo más que gritar, aunque mi bloqueo evita siquiera que perciba sus alaridos precursores de la probable muerte.  

3º piso, 8 metros aproximados.  

Maldita gravedad insobornable, interiorizo. No rezo. Tampoco me despido de los míos.

Solo un piso. El impacto se promete devastador. Me protejo instintivamente la cabeza.

9º piso. Mi destino. Me apeo del ascensor y el trío me dedica una mirada sincronizada que parece llevar una camisa de fuerza incorporada.

El verismo del nuevo videojuego ha superado mis expectativas.


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EL DORSO DEL FUEGO

Titila la pared. Las sombras titilan igualmente. Falaces, sobre el muro tenaz en el que impactan sus ojos absortos y frontales sin margen para el giro. La nuca como única identidad para curiosos venidos de extramuros.

La vida proyectada, sin amagos de la luz que le brinda el sol. Presunción silente de otros mundos allende la caverna, de otra movilidad que lo chinesco.

Encadenado a lo fijado por los que el cautivo determina como sumos hacedores de movimientos, elucubra sobre los manipuladores de lo móvil, sobre la longitud de sus hilos de mover ideologías, sobre lo dúctil de sus motivaciones para desalentar sus ánimos de huida hacia la plena libertad de sus sentidos que no advierte castrados para el sumun.

Atrapado en la miscelánea de la alegoría de uno al que denominan un tal Platón, filósofo según bisbiseos de cueva oscurecida como efecto especial para el maltrato emocional, pervive intramuros de la verdad de lo soleado, ajeno a lo tangible, idealizando lo nimio y lo troncal; desertizado de mañanas con sonrisa.

Carece de otras ideas que las inoculadas por el desfile de unas sombras arquetípicas; sus retinas toda su casuística, el mar solo un rumor, la nieve una quimera, algún iluminado que comparte destino le habla de Dios mientras arde y arde y arde la hoguera guionizada y él con ella.

Lo ratifico yo, ciertamente ese mismo Platón del que murmuran mis criaturas. Un forjador de mundos en miniatura, un creador de mitos palpables para alertar del peligro de dejarse mecer por mis congéneres con el poder de someter a los crédulos.

Pero añado dos troncos más al fuego y abandono la gruta para que me acaricie el sol, el de verdad.


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ASOMBRO

No hemos cruzado palabra. Los cuatro pasajeros atendemos a nuestros móviles en este ascensor con nula libertad de movimientos.

Pero cuando se produce la inversión brusca del sentido ascensional de la marcha, una sacudida de estupor me entresaca una primera y única manifestación gutural interpretable como grito.

7º piso, 20 metros de despeñe, estimo.

Caemos rápido. Demasiado para que el trío de cautivos que me flanquea se permita algo más que gritar, aunque mi bloqueo evita siquiera que perciba sus alaridos precursores de la probable muerte.  

3º piso, 8 metros aproximados.  

Maldita gravedad insobornable, interiorizo. No rezo. Tampoco me despido de los míos.

Solo un piso. El impacto se promete devastador. Me protejo instintivamente la cabeza.

9º piso. Mi destino. Me apeo del ascensor y el trío me dedica una mirada sincronizada que parece llevar una camisa de fuerza incorporada.

El verismo del nuevo videojuego ha superado mis expectativas.