Juanma Velasco

Un espacio sin cortinas de humo

ESCEPTICISMO SONRIENTE

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Publicado en Levante de Castelló

En estos nuevos tiempos de minorías electorales disyuntivas, postularse como absoluto puede resultar ofensivo para quienes nos refugiamos en las matemáticas en sustitución de los dioses. Debe ser estrategia, globo sonda, una más de las técnicas de despiste hacia periodistas y sobre todo hacia los todavía votantes que escogerán en breve a sus alcaldes y a sus eurodiputados –aunque quizá solo constituya prepotencia–, cuando el PSOE afirma su intención de gobernar en solitario, pese a contar con poco más de un tercio de los diputados y con las simpatías en modo papeleta, tercas por numéricas, de un votante de cada cinco si incluimos la abstención.

Pese a su reciente mayoría minoritaria no simpatizo con Pedro Sánchez. La reluctancia no me viene de ahora. Me desmotiva su pose de divo democrático, su oratoria de perdonavidas, sus idas y venidas, su acendrado borbonismo, los tumbos que dio hasta encasillarse en el que más le conviene, su continuismo acomodado, su permanente estado de intención. El madrileño que se las da de reformista solo es un sostenedor de un sistema que debe pesar más, más incluso de lo que los analistas de salón presagiamos.

Sí, en cambio, me motiva el socialismo cuando se ejerce desde la eficacia de sus ideales, apuntando a las bases, pero sin desatender a esas alturas que medran sobre las bases y las contratan para alimentar el capitalismo irreductible, cuando lo ejecutaba Pepe Mujica desde su humildad uruguaya; debe ser que los países chicos no están sujetos a la atrocidad del liberalismo económico. Debe ser también que me inclino por un menor boato en la política, por un predominio de la eficacia sobre la transcendencia, delo anónimo sobre lo propagandístico; debe ser que tengo un poco de saudade del modelo portugués, de la reconstrucción del país vecino sin apenas ruido, y Sánchez solo me transmite hipocresía postural.

Sin embargo, pese mi desencuentro íntimo con Sánchez, celebro la entronización mayoritaria de las fuerzas progresistas en ambas cámaras porque la alternativa se prometía descacharrante para esta España desgastada nominativamente por el abuso particular de pelayos, isabeles y fernandos de la ultraderecha española. Como tantos que convivían con un temor a que tipos enloquecidos como Casado y Abascal, o polichinelas del gran capital como un Rivera en permanente, y sospechoso, estado de euforia, se hicieran con la manija de poder, fui a votar; incluso pese ser un descreído con un sistema que obliga solo a ratificar a quienes los máximos arcontes de cada partido han tenido a bien imponer en listas (el Senado- no me hagan reír- no deja de ser una ridiculez orgánica, un anacronismo cameral de un sistema al que resulta más sencillo dar continuidad que hacerlo evolucionar. Pregúntenle a cualquier senador después de un segundo whisky).

Y voté cordura, frente a belicosidad; diálogo potencial frente al unilateralismo que propugnan quienes no dejan a los diferentes, por su cerrazón al diálogo, otra vía que la desobediencia pacifista. Y aunque voté sin convicción, con el piloto automático de la evitación de males mayores, me sentí integrado, integrador; al menos por un día.

Lo mejor y lo peor de unas elecciones siempre sucede al día siguiente. No tanto, incluso antes de la media noche. Si ya son poliédricas de por sí, la interpretación de los resultados todavía las vuelve más polisémicas. La aritmética sigue siendo terca y las combinaciones parlamentarias no dan para lo plenipotenciario, pero esta debilidad que pretende hacer pasar por fortaleza, el PSOE parece no querer afrontarla hasta después de las inminentes y absurdas elecciones municipales y europeas, fraccionadas no por interés patrio, sino por conveniencia de quien tenía la facultad de convocarlas. Siempre el yo antes que el tú, el nosotros antes que el todos. No importa si se es socialista o tuno, falangista o demóscopo.

Me sigue fascinando, para mal, que salvo algún devaneo de Unidas Podemos, ninguno de los partidos plantee programáticamente una reforma constitucional. Con seguridad, preguntado cualquiera de los líderes sobre la velocidad de crucero del progreso, responderán que es la mayor de todas las épocas (siempre se engrandece el presente por el  reduccionismo humano de vivir tan solo ochenta años), pero cuando se los requiere para pronunciarse sobre la reforma de una Constitución parida cuando se extinguían todavía los último dinosaurios con sable, cuando el airbag constituía un onanismo de fumetas de Caltech, replican que no, que España, que la historia, que la fatigosa patria, que sirve, que viva, que luce, que merece cien años más de esplendor y de soledad sobre la hierba.

Cada “charnego” que fallece en Cataluña, y entrecomillo la expresión para no molestar de más, es repuesto electoralmente por un joven que clama por escoger su propio destino democrático, por desasirse de unas tablas de la Ley arcaica heredada sin masticarla. En un futuro a corto y a medio, la realidad vegetativa va a sumir a este país y a otros semejantes en un baño de realidad vanguardista, nacionalista y conceptual, y no habrá constitución vigente capaz de refrenarlo. Y todo sucederá a posteriori, con el retraso de los países de segunda que todavía viven de los recuerdos de cuando fueron imperio.

El menosprecio belicoso, irreal hasta la náusea para quienes abogamos que cada territorio  elija, con equidad, sus circunstancias de futuro por encima de las leyes, con el que Casado, Rivera y Abascal intentaron someter con sus discursos caudillistas a Cataluña y al País Vasco, ese despreciar a esos casi diez millones de habitantes, ha resultado devastador para el recuento de congresistas y senadores en las filas de la ultraderecha. La España de la concordia no se ha dejado seducir por astracanadas viscerales y ha optado mayoritariamente por el ya se verá, frente a la alternativa de la Legión.

Detalles de borrachos de sí mismo, como situar a una aristócrata argentina al frente de las huestes Populares catalanas para someterlos, ha propiciado que el PP haya pasado de un máximo de diecinueve diputados en Cataluña a un mínimo de uno con una Cayetana tan inteligente como sectaria, tan sensual como venenosa para el arbitraje. Sonrojan las diabluras dialécticas que los dirigentes del PP, que si no vieron que habían escogido a un líder loco, quijotesco, lo sufren ahora; están teniendo que articular tras el descalabro para justificar no solo la derrota, sino para mantener la credibilidad en un tipo jactancioso que me marcó un “Groucho” en su comparecencia postelectoral y rebautizó a su partido como de centro-derecha, pero sin bajarse de la ira hacia lo plural, hacia una concepción monolítica de una España dividida y divisible que le llena la boca de dragones de Komodo y a la que disfrutaría aplastando con sus botas chulescas de patear nacionalistas, golpistas, comunistas, batasunos, chavistas,  negros, emigrados, silbadores de himnos, animalistas y eutanasiadores; ¿qué carajo meas, Casado? ¿qué variedad de infierno personal llevas en la sangre?

De ESO, nada. Mi apuesta personal es no darles pábulo. Ignorar al provocador suele ser la fórmula más hiriente de ningunearlo, con su patria se queden.

No confío demasiado en Pedro Sánchez, pero la misma irreflexión con la que los peperos vitoreaban a su líder hidrofóbico, me sirve para desear que el socialismo acometa las transformaciones pendientes y la revisión de una Constitución y de un modelo de estado que no pueden datar la una de cuatro décadas y el otro de cinco siglos.

Sigo escéptico, pero al menos sonrío.

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